Urna

Mientras se acerca las elecciones autonómicas y municipales, los partidos políticos van presentando a sus cabezas de lista. El mismo espectáculo, la misma vaciedad, las mismas palabras, 100 veces repetidas y 99 fallidas. Viene la época de los eslóganes: la credibilidad de la experiencia, la casa común de los aragoneses, por un país feminista y democrático, para escuchar la voz del pueblo,... y así se acumulan todo tipo de frases tan breves y concisas como banales y huecas, porque en un hueco cabe de todo y hace ya tiempo que existen expertos en llenar los huecos con ingentes cantidades de …

jesús samperiz

Mientras se acerca las elecciones autonómicas y municipales, los partidos políticos van presentando a sus cabezas de lista. El mismo espectáculo, la misma vaciedad, las mismas palabras, 100 veces repetidas y 99 fallidas.

Viene la época de los eslóganes: la credibilidad de la experiencia, la casa común de los aragoneses, por un país feminista y democrático, para escuchar la voz del pueblo,... y así se acumulan todo tipo de frases tan breves y concisas como banales y huecas, porque en un hueco cabe de todo y hace ya tiempo que existen expertos en llenar los huecos con ingentes cantidades de nada.

Sombra atada. Pilar Iturralde, 2022.

Vamos a ver repetirse con apenas ligeros matices de color y sonido, numerosas puestas en escena con entradas triunfales de "lideresas y lideresos" en locales repletos de sonrisas de felicidad. De esto no se libra ni Yolanda Diaz que, a pesar de hacer gala de cambios de modelo y paradigma, repite los mismos rituales. Se diría que en esto del espectáculo electoral no hay variación posible, si no haces lo que hacen "todos", se corre el riesgo de que te consideren "nadie". Tristemente el espectáculo está por encima de las ideas, tristemente la mayor parte de los espectadores han dejado de atender a las ideas sin espectáculo y más tristemente aun, cada vez son más quienes no quieren más que espectáculo. Se abre la feria.

Algunos partidos que parecen añorar el movimiento ciudadano que un día los auparon a la representación política, convocan reuniones de escucha con colectivos y asociaciones para construir entre "todos, todas y todes" el mejor programa electoral y seguro que toman puntual nota con una pluma de agua, que lógicamente a no tardar convertirá las ideas en papel mojado. Lo que no parece que pueda tener cabida en el cuaderno de las buenas intenciones es la pretensión de muchos colectivos y personas de que se camine hacia un modelo de alianzas electorales que haga posible que los representantes elegidos sean, lo más proporcionales posible al ideario de la población que los elige y que la tradicional fragmentación de los partidos de izquierda no favorezca a los partidos de la derecha y la torcida.

Una parte de la ciudadanía teme que la plutocracia transnacional que ha prescrito una dieta de retroceso social en el planeta, coloque a sus peones en el tablero político español en posiciones preferentes y que la derecha apoyada en todas sus extremidades, imponga las líneas de la convivencia debido, entre otras causas, al desapego político de la clase trabajadora que se ha embebido de un individualismo con tintes de hedonismo camuflado en palabras como empoderamiento o meritocracia que en su polisemia es capaz de servir para una cosa y su contraria.

Esto que de por si ya sería grave, se complica más en un escenario de emergencia climática y social que precisamente debería demandar una evolución en los modelos vitales que nos han traído hasta aquí. Pero es que además es una estafa para la convivencia en nuestro país, porque la sociedad de verdad, la que va por la calle y hasta puede que sueñe con un mundo más igualitario, es mucho más plural y progresista que lo que se traslada a los órganos de representación política. Por eso la fragmentación de las izquierdas no solo es una torpeza estratégica de cara a alcanzar la capacidad de gobernar, sino también una gran estafa sociológica que, como efecto secundario, acaba por consolidar el desarraigo de las clases trabajadoras y que una parte de gente entienda, por una u otra causa, que las elecciones no son cosa suya.

Este grupo social de alérgicos a las urnas es a su vez, muy variado y puede ir desde el concienciado y activo militante de colectivos autogestionarios que buscan legítimamente su ideal más allá de los límites determinados por la transición de 1978, al haragán macilento, del pueblo y de la ciudad, cuyo pensamiento social funciona como la hojarasca en un día de viento y que lo mismo puede votar a Podemos que a Vox según sople el cierzo ese día.

En cualquier caso y precisamente porque los responsables de los partidos conocen bien esta realidad social, sería de desear que hicieran los esfuerzos necesarios para ponerle fácil a la gente, que va a decidir con su voto el modelo de gestión de nuestros municipios (y con ellos también en las comarcas y diputaciones provinciales), la opción de una candidatura progresista en Aragón que, por encima de todo sea el reflejo de la pluralidad de esta tierra que merece mucho más que una colección de eslóganes.

Nada debería gustar menos a una persona progresista, crítica con la izquierda que parece perderse en el laberinto de lo identitario, que pedir a todos quienes intercambian la fuerza de su trabajo por un salario, la coherencia en su papeleta de voto para que alcancen la capacidad de gobernar quienes, aunque sea a trancas y a barrancas, aun pueden generar espacios de pluralidad y de debate, porque la alternativa que puede llegar desde la simplicidad mental de los peones de la plutocracia triunfante dibujaría un triste escenario para el progreso social y humano.


Entrada originalmente publicada en La Ribagorzana

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