Altavoz

Unión y revolución feminista

Cuando empecé a participar en el movimiento feminista, hace unos siete años, asistí tanto a la nostalgia de los tiempos de asambleas multitudinarias de mujeres, como a la reivindicación de las nuevas formas de organización: “manadas de perras”, feministas autónomas, ciberactivistas, etc. Debatíamos sobre brechas generacionales y sobre el sujeto político del feminismo; las unas...
| 19 abril, 2014 07.04
Ilustración de Isa (en Diagonal).

Ilustración de Isa (en Diagonal).

Cuando empecé a participar en el movimiento feminista, hace unos siete años, asistí tanto a la nostalgia de los tiempos de asambleas multitudinarias de mujeres, como a la reivindicación de las nuevas formas de organización: “manadas de perras”, feministas autónomas, ciberactivistas, etc. Debatíamos sobre brechas generacionales y sobre el sujeto político del feminismo; las unas llamábamos a las otras “clásicas”, y éstas contraatacaban llamándonos “posmodernas”.

Y mientras debatíamos, llegaron los recortes de derechos con la excusa de la crisis, el desmantelamiento de las políticas de igualdad y un rearme de los lobbies más reaccionarios. La restrictiva ley del aborto que pretende apro­bar Gallardón, basada en el discurso autodenominado ‘provida’ –antielección–, es uno de los atropellos de los que urge defendernos, pero es sobre todo un símbolo de esta cruzada ideológica que busca mediante diferentes mecanismos naturalizar y perpetuar la dominación masculina.

Así que entendimos que, por más valiosos que sean los debates internos, ahora la prioridad es consolidar un frente común contra esta ofensiva conservadora. Y aquí vienen los dilemas: ¿quiénes tenemos que estar en ese frente común? ¿Tengo que sumarme a movilizaciones convocadas por las feministas del PSOE? ¿Tengo que aplaudir las acciones de Femen pese a lo turbio que resulta todo lo ligado a su marca? Si soy trabajadora del sexo, ¿tengo que sumar fuerzas con abolicionistas que niegan mi agencia y me victimizan? Si soy transgénero, ¿tengo que sentir como aliadas a quienes aún consideran ilegítima mi participación en espacios feministas?

Cada quién tendrá sus respuestas. Yo coincido con Miriam Solá y Ana Burgos en apostar por “agendas compartidas siempre que se expliciten las desigualdades de poder entre nosotras y se establezcan mecanismos para trabajarlas y eliminarlas”, aunque no sé muy bien en qué se traduce respecto a las decisiones y fricciones concretas. Pero aplaudo que en Euskal Herria –que es lo que conozco– la plataforma Abortatzeko Eskubidea esté logrando consolidar ese frente común, sin necesidad de arrasar con la pluralidad de cuerpos, discursos y formas de organización que conforman el movimiento feminista vasco.

¿Lo­graremos que esta forma de trabajar en red por objetivos, superando choques y recelos, se amplíe más allá de la defensa del aborto libre y gratuito? Yo quiero pensar que sí, que en este salir a la calle codo con codo también se tejen complicidades que van a perdurar.

Me parece importante también que tratemos de aprovechar los ataques concretos, como la Ley Gallar­dón, que sacan a mujeres no organizadas a las calles, para recordar a éstas que el feminismo no es la caricatura que dibujan los conservadores, sino un movimiento que defiende sus derechos y una de las propuestas políticas más sólidas para comprender cómo opera el capitalismo heteropatriarcal y convencer de que una revolución –que será feminista o no será– es posible y necesaria. ¿Lograremos resultar atractivas para mujeres diversas sin descafeinarnos y terminar posando en el Yo Dona? El reto es convencer, sumar y entusiasmar, sin renunciar a nuestra radicalidad –aunque revisando el riesgo de sectarismo–.

Por otro lado, tengamos en cuenta que la crisis/estafa y los recortes de derechos también atraviesan nuestras vidas. Resulta difícil mantenernos fuertes y organizadas cuando la mayoría nos encontramos pluriprecarizadas o emigrando. La precariedad conlleva a menudo frustración y cansancio. Llega el final del día y apetece más distraerse con Break­ing Bad que meterse en una asamblea interminable. Por ello resulta imprescindible –y en Euskal He­rria noto que se está potenciando– alejarnos del modelo de militancia basada en el sacrificio e integrar en el activismo el humor, el placer y los cuidados.

Porque siento que el principal valor del movimiento feminista es que funciona como refugio de reafirmación en el que cargar pilas para que el patriarcado no nos coma en el día a día. Y que el principal valor de las feministas no son las acciones que organizamos, sino lo que transformamos en lo cotidiano, viviendo como seres lo más libres, rebeldes y felices posible.

19 abril, 2014

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