Una mirada desde dentro del incendio de Riglos: “Los Grandes Incendios Forestales son una radiografía del sistema bajo el que vivimos”

Héctor Gisbert Bernal, bombero y secretario general del comité de CNT Aragón-Rioja, reivindica una lectura de los incendios que vaya más allá de la batalla partidista y apunta al capitalismo como raíz estructural de la despoblación, el abandono rural, la precariedad forestal y un modelo territorial basado en el beneficio

26 agosto, 2026. 12:45
Imagen del operativo actuando en el incendio de Riglos | Foto: INFOAR

El Gran Incendio Forestal (GIF) de las Peñas de Riglos no puede analizarse únicamente desde la sucesión de decisiones políticas, la falta de medios para la extinción o las causas inmediatas que provocaron las llamas. Esta es la tesis que plantea Héctor Gisbert Bernal, bombero de uno de los servicios que participaron en el operativo de extinción, antiguo bombero forestal y vecino de uno de los pueblos afectados. En una reflexión publicada tras el incendio, Gisbert, que además es secretario general del comité de CNT Aragón-Rioja, propone ampliar el foco para analizar las condiciones económicas y sociales que, a su juicio, están detrás de buena parte de los factores que favorecen los Grandes Incendios Forestales.

Gisbert escribe desde el dolor provocado por el incendio, que describe como una experiencia compartida por cientos o miles de personas y como la sensación de ver a la “Bestia” devorar el territorio, destruir recuerdos y amenazar pueblos. Sin embargo, explica que su intención no es realizar un análisis sentimental, sino aportar una perspectiva que considera ausente entre la enorme cantidad de información y declaraciones políticas generadas alrededor del incendio.

Héctor Gisbert recuerda que es trabajador de uno de los servicios que intervinieron en el GIF de las Peñas de Riglos. Ha trabajado como bombero forestal tanto en una brigada helitransportada como en una cuadrilla terrestre y, además, reside desde hace años en uno de los pueblos afectados. Subraya que no utiliza esta experiencia para reclamar una mayor autoridad, sino para dejar claro que su reflexión parte del conocimiento directo del territorio y del trabajo de extinción.

“¿Por qué ha ocurrido? ¿no se podía haber evitado? ¿quién es culpable? ¿qué hacemos para que no vuelva a ocurrir? ¿por qué no se pueden apagar antes estos incendios?”, se cuestiona.

El secretario general del comité de CNT Aragón-Rioja recuerda que estas preguntas se han repetido durante 2026 después de los incendios registrados en distintos puntos de Aragón y del Estado español y que, según afirma, a finales de julio se habían superado las 140.000 hectáreas afectadas en el Estado español y las 100.000 personas evacuadas, mientras en nuestro país, Aragón había perdido cerca de 45.000 hectáreas hasta el 15 de agosto. Gisbert destaca que las mismas cuestiones ya aparecieron en los veranos de 2025, 2024 y 2023, pero quedaron relegadas cuando llegaron nuevas noticias y nuevas prioridades políticas.

“El ruido tóxico” después de cada catástrofe

Para Gisbert, uno de los problemas es que, inmediatamente después de cada catástrofe, se desencadena una “lluvia informativa” acompañada de una batalla política que dificulta una reflexión sosegada sobre las causas y las posibles soluciones. Como ejemplo, señala las declaraciones de Carmen Herrarte, directora general de Comercio, Ferias y Artesanía del Gobierno de Aragón, a quien acusa de haber utilizado la catástrofe para responsabilizar a las personas migrantes y al proceso de regularización impulsado por el Gobierno español. Al mismo tiempo, apunta que determinados sectores de la oposición sitúan a Jorge Azcón y Alejandro Nolasco como máximos responsables del desastre.

“Ese es sólo un ejemplo del ruido sobre el que trato de advertir, el que nos envenena, el que nos impide pensar por nosotros mismos, el que cubre con una cortina de humo la verdadera problemática llevándose el debate únicamente al terreno de la política parlamentaria y la solución institucional. Alejando así, la posibilidad de reflexión a la población y procurando sugerir lo que tenemos que pensar. Ese es el ruido tóxico que acaba dividiendo y enfrentando a la gente con oportunismo y electoralismo”, subraya.

Asimismo, contrapone esta dinámica política y mediática con la realidad vivida durante el incendio, cuando, según describe, se produjo un clima social basado en la solidaridad, el apoyo mutuo y la cooperación entre pueblos, generaciones, oficios, sectores sociales y personas con diferentes ideas políticas. Cientos de personas procedentes de otros valles acudieron con motosierras, desbrozadoras o sus propias manos cuando los pueblos solicitaron ayuda; agricultores movilizaron sus recursos para construir cortafuegos, abrir trochas o colaborar con las cubas y camiones de bomberos, y bomberos y bomberas forestales afrontaron el fuego pese a sus condiciones laborales.

Gisbert también destaca la respuesta vecinal, con pueblos que abrieron sus puertas para acoger a personas evacuadas y familias que proporcionaron comida, café, refrescos y todo aquello que podía aliviar el cansancio. Asimismo, reivindica el papel de la Unidad Militar de Emergencias (UME) y recuerda el fallecimiento de uno de sus integrantes durante las labores relacionadas con los incendios.

“Que intenciones existen, para que tras los ejemplos de humanidad, de respeto y de cooperación que se dan en una catástrofe, la respuesta de nuestros supuestos representantes políticos y medios de comunicación consista en comenzar una nueva batalla, disolviendo nuestra unión y volviendo a enfrentarnos. No vaya a ser que nos entendamos sin ellos…”, destaca.

Frente a las explicaciones únicas, un problema con múltiples factores

La reflexión de Gisbert cuestiona también las explicaciones simplificadoras sobre el origen de los incendios. Enumera algunas de las ideas que, a su juicio, se repiten en el debate público: quienes minimizan la gravedad de la situación afirmando que “incendios ha habido siempre”, quienes responsabilizan fundamentalmente a ecologistas y Agentes de Protección de la Naturaleza por las restricciones a determinadas actuaciones en el monte, quienes señalan a los agricultores como responsables de la mayoría de los incendios, quienes sitúan la causa en la despoblación, en las repoblaciones forestales del franquismo, en la falta de prevención y quemas controladas, en las condiciones laborales del personal forestal, en la privatización de la gestión, en la ausencia de ganadería extensiva, en el cambio climático, en los pirómanos o incluso en intereses vinculados a la recalificación de terrenos.

El secretario del comité de CNT Aragón-Rioja advierte de que muchas de estas posiciones pueden contener elementos de realidad, pero rechaza que cualquiera de ellas pueda convertirse en una explicación única capaz de resolver por sí misma el problema.

“Algunas de ellas las considero factores reales que han contribuido a crear las condiciones actuales que favorecen el rápido desarrollo de GIF’s y el aumento de los incendios. Pero ninguna de ellas es por sí sola la causa de todos los incendios, ni resolverla de forma aislada acabaría con el problema”, recalca.

A su juicio, el problema aparece cuando datos reales se presentan con un determinado sesgo político para construir una “única verdad” y, posteriormente, una “única solución”. Gisbert considera que esta dinámica alimenta la desinformación, el dogmatismo y el enfrentamiento, y dificulta un debate racional sobre una cuestión que considera mucho más compleja.

Despoblación, agricultura, cambio climático y gestión forestal

La reflexión sostiene que la despoblación constituye un factor determinante porque implica un abandono progresivo del cuidado del monte y aumenta el tiempo de reacción de la población rural ante un incendio incipiente. Gisbert relaciona este fenómeno con el fin de determinadas formas tradicionales de aprovechamiento de la madera, la desaparición de la ganadería extensiva y el abandono de tierras de cultivo, elementos que han contribuido a transformar el paisaje y favorecer la acumulación de combustible forestal.

También señala la incidencia de las actividades agrícolas estivales y afirma que una parte importante de los incendios producidos durante el verano tiene su origen en cosechadoras y empacadoras. A ello suma el cambio climático, con veranos caracterizados por temperaturas medias elevadas y escasas precipitaciones, que, según explica, convierten masas forestales en espacios extremadamente vulnerables al fuego.

Incorpora asimismo una crítica a determinadas políticas de protección ambiental que, en opinión de Gisbert, han terminado por romper la relación histórica entre las comunidades humanas y el paisaje. Paralelamente cuestiona la privatización de la gestión forestal, al considerar que introduce una lógica basada en el beneficio económico, los concursos y las subvenciones en ámbitos que deberían responder a las necesidades de los pueblos y de los montes.

“Una de estas consecuencias es la falta trabajos selvícolas (de prevención) en invierno, como limpieza, aclarados y podas que han derivado en bosques masificados con excesos de leña seca acumulada”, asegura.

Gisbert incorpora a este análisis las repoblaciones de pino realizadas entre las décadas de 1940 y 1970. Según recoge, aquella planificación quedó inconclusa y dejó cerca de tres millones de hectáreas de pino de repoblación, superficies que, sostiene, han contribuido a la propagación de numerosos incendios por su consumo de agua y por la acumulación de acículas secas que actúan como combustible.

La raíz: “nuestro sistema económico: el capitalismo”

Reconoce Gisbert que no pretende presentar soluciones técnicas definitivas ni analizar en profundidad cada uno de los factores mencionados. Considera que esa tarea corresponde a profesionales y expertos de ámbitos como la meteorología, la ecología, la ingeniería forestal y agronómica, la biodiversidad, la lucha contra incendios, la geografía o la sociología rural.

Para Gisbert, precisamente la coordinación entre estas disciplinas permitiría construir una visión más amplia de un problema en el que los distintos factores aparecen profundamente relacionados.

La reflexión de Gisbert se centra también en lo que considera la raíz estructural del problema. “A estas alturas, me extrañaría si sorprende a alguien que cuando hablamos de la raíz de los problemas, hablemos de nuestro sistema económico: El capitalismo”.

Gisbert define el capitalismo como un sistema económico y social basado en el lucro privado, la acumulación constante de capital y la mercantilización de la vida, en el que las relaciones humanas quedan subordinadas a la lógica del mercado y de la ganancia. En su análisis, la contradicción central reside en que este sistema necesita mantener un crecimiento económico continuo e ilimitado pese a desarrollarse sobre un planeta con recursos limitados.

Desde esta perspectiva, revisa los principales factores relacionados con los incendios y los vincula con la estructura económica capitalista.

Despoblación y abandono rural como consecuencias del modelo económico

La despoblación, uno de los factores habitualmente citados para explicar el deterioro de los montes, aparece así relacionada directamente con la dinámica de concentración del capital, el empleo, las infraestructuras y los servicios en las ciudades y áreas metropolitanas.

“Los servicios públicos se recortan en las zonas rurales (escuelas, sanidad, transportes) ya que dejan de ser esenciales para la economía del mercado, fomentando así la migración a las ciudades y perdiendo el campo su importancia económica y social. Este fenómeno, a su vez alimenta el abandono agrario, ganadero y forestal, menos pastoreo, menos extracción de leña, menos cultivos que fragmentan la continuidad de masa forestal perdiendo el paisaje mosaico, acumulación de biomasa, cambios de uso, etc.”, destaca.

Sostiene que el modelo agrícola y ganadero también ha sufrido una transformación vinculada a los mercados globalizados. Las formas tradicionales de producción, señala, tienen dificultades para competir con la producción industrial, las importaciones, los bajos precios y la dependencia de insumos, mientras las políticas públicas favorecen a las grandes explotaciones, la mecanización y los monocultivos.

En Aragón, según esta reflexión, una parte mayoritaria de la superficie agrícola se dedica a cereal y otros alimentos destinados a la alimentación animal y a las granjas, generando grandes superficies de material combustible. Por ello critica asimismo la proliferación de explotaciones ganaderas industriales, sus residuos, la desecación de los suelos y el consumo de agua asociado a los grandes regadíos.

Gisbert rechaza, sin embargo, que la responsabilidad de este modelo recaiga sobre los pequeños y medianos agricultores.

“Los pequeños y medianos agricultores sin embargo, no son culpables de este fenómeno como se suele señalar, sino víctimas, al igual que el resto. Han tenido que adaptar sin remedio su trabajo, sus campos y sus herramientas a las necesidades del mercado globalizado para poder vivir, viendo además, como la propiedad de la tierra se concentra y las pequeñas explotaciones tienen cada vez más dificultades para competir”,enfatiza.

La consecuencia que platea es la conversión del medio rural en un espacio destinado fundamentalmente a suministrar materias primas, energía, agua o turismo, cuya relevancia se mide en función de su utilidad para los mercados.

Las obras de la A-132 y el modelo turístico del Pirineo

La reflexión sitúa también el inicio del incendio de las Peñas de Riglos en las obras de la carretera A-132. Gisbert señala que estas actuaciones se desarrollaron después de dos meses y medio sin lluvias y durante un verano con temperaturas medias superiores a los 30 grados.

“Tras dos meses y medio sin llover y temperaturas medias superiores a treinta grados durante todo el verano, las obras no dejaron tregua a los trabajadores ni al monte, necesitan acabar lo antes posible, pues de ello depende el beneficio generado por el turismo”, recalca.

Vincula estas obras con el objetivo de mejorar la fluidez del tráfico y aliviar los problemas de circulación asociados a las temporadas altas en el Pirineo. Y asegura que no se trata únicamente de una infraestructura viaria, sino de una expresión del modelo económico que se está impulsando en el territorio pirenaico aragonés.

“El modelo económico impuesto al pirineo aragonés es el del turismo de masas, convirtiendo el paisaje, la naturaleza y el patrimonio en mercancía, buscando nuevas fuentes de beneficio ante la crisis del medio rural, atrayendo inversión y capital externo y generando competencia entre comarcas y municipios que pelean por atraer visitantes, inversiones y subvenciones”, asegura.

Gisbert considera que esta dinámica implica abandonar o debilitar otros sectores productivos tradicionales y reforzar una lógica de “marketing territorial” asociada al capitalismo.

Bomberos forestales: precariedad laboral y externalización

Otro de los ejemplos centrales de la reflexión es el dispositivo de prevención y extinción de incendios forestales. Gisbert sitúa a los bomberos y bomberas forestales dentro de la misma dinámica de precarización que afecta a otros sectores de la clase trabajadora.

“Este abandono supone una muestra clara del poco interés que existe en erradicar la lacra de los incendios, dañando, denigrando e invisibilizando al dispositivo que se encarga de su prevención y extinción”, enfatiza.

Recuerda que el operativo forestal aragonés depende en buena medida de empresas semipúblicas, contratas, externalizaciones y refuerzos estacionales, algo que presenta como una vía de entrada de la lógica del mercado en servicios de carácter público.

La consecuencia, afirma Gisbert, es un dispositivo precario en el que los bomberos y bomberas afrontan jornadas prolongadas, pocas horas de descanso y salarios que, en su opinión, no compensan adecuadamente la nocturnidad, la disponibilidad permanente, la peligrosidad y la especialización del trabajo. También denuncia carencias de recursos, medios y equipos, así como una inversión insuficiente en prevención e infraestructuras de defensa frente al fuego.

“La prevención de los incendios no genera beneficios inmediatos y por eso se recorta o se externaliza. Solo se invierte de forma visible cuando el fuego amenaza infraestructuras turísticas, urbanizaciones o zonas de interés económico”, detalla.

Establece así una relación directa entre las condiciones laborales del dispositivo y su capacidad de prevención y extinción, y critica que los servicios públicos sean evaluados principalmente por su coste económico y no por su valor social y ecológico.

“Las políticas contra incendios no pueden limitarse a apagar fuegos”

La reflexión amplía finalmente el diagnóstico a otras problemáticas sociales. Gisbert sostiene que la lógica capitalista atraviesa cuestiones como la juventud, las migraciones, la sanidad, las pensiones, la vivienda, la educación, el medio ambiente, el cambio climático, las guerras, la explotación laboral, la desigualdad, la pobreza o los recursos.

En este marco, considera que el Estado actúa como facilitador del sistema económico capitalista mediante inversiones en infraestructuras, promoción de determinadas actividades, protección de intereses económicos y gestión de las consecuencias sociales y territoriales del modelo.

“Por esta razón, la buena voluntad de las personas que trabajan en cada uno de los sectores intentando aplicar conocimientos que reviertan en mejoras para la sociedad o el territorio, no es suficiente. Si las fuerzas sociales no empujan hacia un cambio de sistema económico, cualquier medida basada en cuestiones técnicas o presupuestarias será un simple parche temporal”, vaticina.

Gisbert no plantea abandonar las reivindicaciones concretas ni las medidas de presión para conseguir mejoras, pero considera que estas actuaciones, por sí solas, no pueden resolver el problema estructural que identifica.

Trasladado específicamente a los incendios, defiende que las políticas públicas no deberían limitarse a incrementar la capacidad de extinción, sino que tendrían que recuperar la viabilidad económica y social del medio rural y replantear la relación entre territorio rural y urbano.

“Las políticas contra incendios no pueden limitarse a apagar fuegos, necesitan devolver la viabilidad económica y social al medio rural, replantearse el papel de lo rural frente a lo urbano, sustituir la economía de la vida frente a la economía de los mercados. Y eso, inevitablemente pasa por un debilitamiento del sistema económico capitalista y la búsqueda de alternativas”, subraya.

“Los incendios no son sólo accidentes”

Concluyendo su reflexión, el secretario general del comité de la CNT Aragón-Rioja cuestiona la idea de que el sistema económico vigente sea imposible de transformar. A su juicio, la sociedad ha terminado aceptando esa premisa y ha sustituido la búsqueda de cambios estructurales por soluciones parciales, cambios de gobierno, mejoras laborales concretas o la búsqueda de responsables individuales.

Gisbert asegura que no pretende decir a nadie qué debe pensar y reconoce que algunas personas pueden interpretar su reflexión de ese modo. Su propósito, insiste, es llamar la atención sobre lo que considera la responsabilidad estructural del capitalismo en buena parte de los problemas sociales y ambientales.

“Muchísima gente se opone y lucha contra las problemáticas que genera, trata de buscar soluciones, y también intenta ayudar y proteger a otras personas de sus consecuencias. Es decir, muchísima gente lucha contra el capitalismo sin tener plena conciencia de ello. De hecho, en muchos lugares la subsistencia misma se ha convertido en una lucha contra el capitalismo”, destaca.

Gisbert sostiene que, frente a quienes consideran que cualquier alternativa al capitalismo podría ser todavía peor, apuesta por aprender colectivamente de los errores y construir modelos económicos y sociales diferentes. Para ello reclama recuperar la capacidad de pensar críticamente, comprender cómo funciona el sistema económico y reconocer la importancia de las personas y del territorio.

“Los Grandes Incendios Forestales y todo lo que arrasan no sólo son accidentes. Son una radiografía del sistema bajo el que vivimos, donde se pueden apreciar sus estructuras, sus articulaciones, sus prioridades, sus heridas y sus roturas”, reitera.

Para Héctor Gisbert, interpretar esa “radiografía” implica mirar más allá de las causas inmediatas y de las disputas políticas que se suceden después de cada incendio. Su propuesta pasa por comprender las relaciones entre modelo económico, territorio, servicios públicos, mundo rural, condiciones laborales, gestión forestal, cambio climático y explotación de los recursos para, desde ahí, imaginar alternativas.

“Si vamos adquiriendo conciencia de cómo funciona realmente el mundo, de qué es el capitalismo, de cómo nos afecta, de cómo somos manipulados, de hacia dónde vamos y hacia dónde podríamos ir, seguramente podremos empezar a imaginar juntos modelos económicos y sociales mas justos, más naturales y más humanos”, asegura.

Gisbert concluye con un reconocimiento a las personas que durante las catástrofes mantienen vivas la solidaridad, la humanidad y la esperanza, y con una reivindicación de esos momentos de cooperación como una posible base para construir otra forma de sociedad.

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