Carreras, palos, materiales robados por los antidisturbios... Detienen a Eduardo, se lía pardísima en pleno centro de Zaragoza. Más detenciones, palos, cristales rotos...
Pero he empezado por el final. Mala idea.
Había un lugar, Sagasta 52, una antigua mansión de lo que hace un siglo era lo que se llamaba gente bien, más descriptivo podríamos decir burguesía, o personas de economía saneada.
Ese lugar quedó vacío, no tenía quien lo quisiera y se lo quedó el Estado, quien quiere todo y nada, aunque no valga mucho, cuando no queda dueño de la propiedad.
Unas décadas después quisimos construir nuestro espacio, nuestros sueños con los límites justos, los que no agredir al/a otr@ nos dijera. Entramos en ese sitio y echamos a las arañas, o aprendimos a convivir con ellas, único habitante, y lo llamamos la Casa de la Paz.
Eran tiempos de decir no a muchas cosas, de crear otras, de querernos, entendernos y a veces discutir entre nosotras.
Los tiempos de colectivos que querían cambiar el Mundo.
De sentimientos libertarios, de marxismos distintos, de feminismos transformadores, de pensamiento diverso, de amores y odios... Del fascismo que nunca se fue y ha vuelto. Que nos quiso partir la cara y ahora también si pudiera lo haría.
Éramos jóvenes pero no inconscientes. Casi sabíamos lo que queríamos y lo tocamos con los dedos, aunque se nos escurría porque, supongo, ese era su destino.
Hacíamos el punk -lo éramos y no-, el amor y la revolución. Consumíamos drogas, quien más quien menos. Redefinimos la vituperada cultura skinhead. Vivimos un ecologismo que llamarían radical. Aborrecimos los ejércitos y preferimos la cárcel antes que la sumisión. Dimos hostias y nos las dieron.
Habrá quien no entienda nada de lo que he escrito. Siempre podréis buscar en Internet, aunque nuestras redes sociales no fueron virtuales.
En cualquier caso. La casa sigue en pie. Lo dijo Monaguillos sin Fronteras.
Casa Okupada de la Paz. Marzo 1987 - 23 de diciembre de 1993.

