Una educación movilizada

En Aragón, desde hace mucho tiempo, aunque es un fenómeno que se extiende a todo el Estado, la educación pública es como una partida de ajedrez en la que se aspira a hacer tablas. A no perder, ya que avanzar cada vez se pone más cuesta arriba. Desde alumnado a profes, personal no docente o familias se aspira a que, por lo menos, no empeore, dado que la improvisación y los recortes parecen ser marca de la casa. Todos los principios de curso se repite un patrón: se empieza con mucho menos personal del necesario. No hay que ser un …

En Aragón, desde hace mucho tiempo, aunque es un fenómeno que se extiende a todo el Estado, la educación pública es como una partida de ajedrez en la que se aspira a hacer tablas. A no perder, ya que avanzar cada vez se pone más cuesta arriba.

Desde alumnado a profes, personal no docente o familias se aspira a que, por lo menos, no empeore, dado que la improvisación y los recortes parecen ser marca de la casa.

Todos los principios de curso se repite un patrón: se empieza con mucho menos personal del necesario.

No hay que ser un genio para darse cuenta de que esto no es casual. Tampoco lo pone fácil el hecho de que cuando llega el verano se despide a todo el personal interino y luego se les vuelve a llamar (a las mismas o a otras) y redistribuir por el territorio con un tiempo mínimo que, a veces, puede ser un par de días.

Así pues el curso arranca siempre con menos personal, algunas tan fundamentales como la atención al alumnado con necesidades especiales y con unos centros infradotados y con problemas de instalaciones a menudo vetustas o insuficientes.

Pero, añadido a esto, en los últimos años, cada vez suenan más sonidos de privatización. Mediante el perverso sistema de la concertación con centros religiosos pero privatización al fin y al cabo.

La guinda ha sido cuando se habla de concertar un bachillerato para el que hay plazas de sobra en los centros públicos y la educación infantil de cero a tres años.

Hace tiempo que se vivían movilizaciones aisladas pero ha terminado estallando en una huelga convocada por CGT y apoyada por SOA y decenas de AMPAs y colectivos sociales.

La huelga ha desbordado lo previsto, aún teniendo en cuenta que CGT es el segundo sindicato en la enseñanza aragonesa, y es el resultado de un malestar previo y muchas pequeñas reivindicaciones.

Se ha visto una movilización masiva como hacía tiempo, descentralizada en pueblos, capitales, caceroladas a las puertas de los centros, pancartas espontáneas, pitadas... Y un gobierno aragonés sorprendido seguramente y que ha hecho como que no fuera con ellos, ante el evidente éxito.

Pero, más allá del análisis positivo, quedan flecos a tener en cuenta.

El primero el papelón hecho por el resto de sindicatos, más empeñados en la desmovilización que en otras labores. Para algunos nunca es el momento, y así nos luce el pelo a la clase trabajadora.

Su reino no es de este mundo, porque perdieron la calle hace tiempo y confían en unos despachos políticos que hace tiempo que no pertenecen a un pueblo que usa mayoritariamente la pública.

Por otro el mundo paralelo en que parecen vivir quienes, teniendo a su prole escolarizada, deciden quejarse de que tres días no han dado materia. Como si tal cosa fuera tan relevante. El individualismo más atroz gana camino.

El del gobierno aragonés es el papel esperado. Los vientos políticos les favorecen (aunque no olvidemos que fue el PSOE quien montó y luego no desmontó el timo de la concertada) y hacen como que no pasa nada. Para algunos el pueblo es calderilla humana y para la ultraderecha lo público es prescindible.

En las aulas, en las calles es donde la educación pública demuestra que tiene pulso y que hay un trabajo de profesionales y familias por hacerla un poco mejor, una labor que, debemos entender, hacemos la gente. Ahí están las calles, los coles, los institutos. Son nuestras.


Acratorial semanal del programa El Acratador de Radio Topo, radio libre de Zaragoza.

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