Un elegante antifascista italiano

Giacomo Lauro Matteotti nunca renunció al socialismo como garantía de la lucha contra el fascismo y defensa de la clase obrera. No calló, no miró hacia otro lado y no se doblegó ante el totalitarismo. Sabía que un posicionamiento firme contra el fascismo le costaría la vida. El ejemplo de ese hombre valiente sigue resonando 101 años después de su asesinato.

Portada del periódico italiano Corriere della Sera del 17 de agosto de 1924.

El 16 de agosto de 1924 encontraron un cadáver en avanzado estado de descomposición en un bosque a las afueras de Roma. El cuerpo era de un hombre de unos cuarenta años y mostraba claros signos de violencia. Veintidós meses antes, el 29 de octubre de 1922, tras la marcha sobre Roma, el rey Víctor Manuel III nombró jefe de Gobierno al hombre que se convertiría en el primer ministro más joven de Italia, Benito Mussolini.

Desde 1914, la joven nación de la península itálica estaba dividida en torno al posicionamiento en la Primera Guerra Mundial. A favor de la entrada en la contienda estaban los republicanos, los radicales, los nacionalistas de extrema derecha y el rey Víctor Manuel III. Frente a ellos, el Partido Socialista, la Iglesia católica y los liberales mostraban una posición reacia a participar en el conflicto por las consecuencias nefastas económicas y humanas que podría traer consigo la guerra. A estos últimos poco caso les hicieron y en abril de 1915, tras la firma del Tratado de Londres, Italia entró en la guerra del lado de Francia e Inglaterra.

Italia era, tras 1918, una nación que estaba en el bando vencedor de la Gran Guerra pero que había sufrido numerosas pérdidas humanas —más de medio millón de muertos y un millón de heridos— y unos acuerdos de paz decepcionantes para sus aspiraciones territoriales. Los combatientes italianos que llegaron de los frentes a la retaguardia traían consigo un comportamiento marcado por los traumas y la brutalización de las trincheras que les hizo muy difícil su reintegración en la sociedad civil.

Tras la guerra, algunas ciudades agrícolas del norte de Italia fueron protagonistas de lo que se conoció como el Biennio Rosso (1918-1919). Cientos de miles volvían a la retaguardia y tuvieron que hacer frente a las nuevas dificultades que se encontraron en casa. La presión económica, el alto desempleo y el encarecimiento de la vida hicieron que muchos trabajadores del campo y de las fábricas vieran en la huelga y en las ocupaciones un seguro de vida para mantenerse a corto plazo. El faro al que miraban aquellos trabajadores y campesinos era la Revolución Rusa de 1917 y enfrente tenían a grandes terratenientes y patronos que no iban a permitir que la lucha de clases les alcanzara.

Mussolini había sido expulsado del Partido Socialista en noviembre de 1914 por sus posicionamientos a favor de la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial y fue cultivando en su ideario un fuerte pensamiento antisocialista, anticomunista y antiliberal. En marzo de 1919 creó los Fasci di Combattimento, una organización formada por excombatientes con una fuerte ideología ultranacionalista y antidemocrática que hicieron de la violencia política una forma de acción dentro del sistema liberal italiano para intimidar y eliminar a sus rivales políticos e ideológicos.

En septiembre de ese mismo año, algunos de esos excombatientes, liderados por el militar y poeta Gabriele D'Annunzio, que veían al fascismo como una solución a sus problemas, ocuparon la ciudad de Fiume y establecieron allí su primer ensayo represor con la mirada pasiva de la comunidad internacional. El fascismo seguía trabajando y, en noviembre de 1921, Mussolini y sus hombres más cercanos fundaron el Partido Nacional Fascista. Tras la Marcha sobre Roma, a finales de octubre de 1922, Mussolini era el jefe de Gobierno, en un ejecutivo formado por católicos, liberales, militares y nacionalistas.

Frente a ese gobierno de fascistas y hombres de orden se encontraba el Partido Socialista. El Partido Socialista Italiano había sido el más votado en las elecciones generales de 1919 y 1921, pero se encontraba profundamente dividido en torno a los objetivos por los que debía luchar y por las riñas internas entre sus miembros más notables. Bordiga y Gramsci abandonaron el partido para fundar el Partido Comunista tras el congreso celebrado en Livorno en enero de 1921 y, tiempo después, el ala más moderada del Partido Socialista liderada por Turati fue expulsada del partido. Turati y sus aliados respondieron con la creación del Partido Socialista Unitario (PSU), que iba a estar liderado por un hombre de 37 años llamado Giacomo Matteotti.

Matteotti (Fratta Polesine, 1885) nació en el seno de una familia bien posicionada y no tuvo problemas para acceder a la educación universitaria. Desde joven se interesó por los asuntos políticos que envolvían al Reino de Italia y su posicionamiento por defender la neutralidad en la Gran Guerra le llevó a pasar por prisión una larga temporada. Tras la guerra, consiguió el acta de diputado y en la Cámara de los Diputados defendió a las clases trabajadoras y llamó a la unidad de los militantes de la izquierda para hacer frente al fascismo.

Para las elecciones de 1924, Matteotti era el líder del Partido Socialista Unitario. En ese proceso electoral se había puesto en marcha la ley Acerbo, aprobada por Mussolini, por la cual se otorgaban dos tercios de los escaños del Parlamento al partido que obtuviera el 25% de los votos. La Listone, liderada por Mussolini, en coalición con liberales y algunos exmiembros del Partito Populare Italiano, financiada por industriales ricos y grandes propietarios, consiguió el 66% de los votos y 374 diputados.

Las listas del Partido Socialista Unitario consiguieron el 5,9% de los votos. Matteotti, lejos de mostrar conformidad, denunció ante la Cámara las irregularidades del proceso electoral y la violencia que habían sufrido militantes izquierdistas, delegados o miembros de las mesas electorales por parte de los camisas negras a lo largo de la jornada. Ante ese escenario de miedo e intimidación, el líder socialista no dobló la frente y mostró una valentía feroz, porque mientras unos callaban y otros miraban hacia otro lado, Matteotti sabía que estaba firmando su sentencia de muerte. Tras su histórico discurso del 30 de mayo de 1924 en el Parlamento italiano, en el que cuestionó la mala praxis de los seguidores de Mussolini, comunicó a sus compañeros de partido que fueran preparando el discurso de su entierro.

Por si fuera poco, Matteotti también tenía conocimiento sobre la corrupción que envolvía al Duce y a sus allegados. En abril de 1924 había viajado a Londres para reunirse con algunos miembros del Partido Laborista, que en ese momento gobernaba en minoría y Matteotti los veía como una esperanza para frenar las aspiraciones totalitarias de Mussolini. Los laboristas proporcionaron a Matteotti pruebas sólidas sobre los sobornos realizados por la empresa Sinclair Oil. La petrolera estadounidense había firmado un acuerdo con el primer ministro italiano por el que obtenía el monopolio y la extracción de petróleo en distintas ciudades de Italia a cambio de un soborno por el cual Mussolini recibiría dos millones de dólares. Matteotti iba a poner todas esas cuestiones en conocimiento del Parlamento en junio, pero el 10 de junio desapareció.

Un grupo de hombres, liderados por un "asesino de socialistas" llamado Amerigo Dumini, cabeza de la Ceka de Vimili —dependiente del Partido Nacional Fascista—, secuestró al líder socialista a la salida de su casa. La reacción de Matteotti fue tirar sus credenciales de diputado al suelo para dar una pista de lo que le podría haber pasado. Muy pronto la noticia sobre el secuestro se extendió por todo el país provocando una oleada de descontento que se tradujo en manifestaciones espontáneas y disturbios en varias ciudades. En las grandes ciudades industriales los periódicos hablaban sobre la desaparición de Matteotti y muchas personas comenzaron a cuestionar al fascismo. Parecía que una parte de la población comenzaba a perder el miedo.

Para callar a la disidencia, algunos líderes fascistas implicados en la desaparición del líder del PSU como De Bono —jefe de la Policía y de las camisas negras— o el mencionado Dumini fueron juzgados pero recibieron el indulto de la mano del rey Víctor Manuel III. La monarquía necesitaba al fascismo para sobrevivir. Muchos diputados comenzaron a abandonar el Parlamento y, en diciembre de 1924, el ejecutivo de Mussolini eliminó a la oposición de la Cámara. Para enero de 1925 Italia ya era un Estado totalitario fascista y Benito Mussolini iba a ser la cabeza del régimen que iba a eliminar toda disidencia.

Mussolini y Matteotti pertenecían a la misma generación de italianos que habían nacido en una nación joven, en la que los sentimientos identitarios y nacionalistas eran fuertes. Interpretaron el socialismo de dos formas distintas a lo largo de su juventud. Benito Mussolini pronto abandonó las filas del socialismo para abrazar al fascismo. Por el contrario, Giacomo Lauro Matteotti nunca renunció al socialismo como garantía de la lucha contra el fascismo y defensa de la clase obrera. No calló, no miró hacia otro lado y no se doblegó ante el totalitarismo. Sabía que un posicionamiento firme contra el fascismo le costaría la vida. El ejemplo de ese hombre valiente sigue resonando 101 años después de su asesinato. Nunca más.


Fuentes:

Casanova, J. (2011). Europa contra Europa: 1914-1945.

Scurati, A. (2019). M. El hijo del siglo.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para más información.

ACEPTAR
Aviso de cookies