Txell Feixas: “El baloncesto les enseña a ser las niñas que no pueden ser y a soñar con las mujeres que quieren ser”

En ‘Aliadas’, la periodista Txell Feixas narra una historia de desobediencia y ternura en el corazón de Shatila, un campo de personas refugiadas palestinas en Beirut. Allí, un grupo de niñas desafía el patriarcado a base de canastas.

07 junio, 2025. 10:41
Txell Freixas | Foto: Oriol Andrés Gallart

Lo que empezó como un gesto de protección de un padre hacia su hija se convierte en un proyecto feminista sin precedentes. En esta entrevista, Feixas habla de periodismo, feminismo, cuerpos que resisten y la potencia transformadora de las alianzas.

Precisamente, este sábado, Freixas presentó ‘Aliadas’ en el Kiosko de las Letras de la capital aragonesa. La cita fue organizada por la editorial Capitán Swing y las Biblotecas Públicas Municipales de Zaragoza (BPMZ).

Aliadas nace en un entorno hostil, marcado por el patriarcado, la violencia y la falta de derechos. ¿Qué te empujó a contar esta historia desde el baloncesto?

Me impactó la fuerza transformadora e inspiradora que tiene el deporte, en este caso el baloncesto, y como una cancha puede convertirse en un espacio de seguridad y refugio para las niñas de Shatila, en los suburbios de Beirut. Se trata de un campo de refugiados, dentro de la capital libanesa, muy distinto a los que tenemos en mente. Poco más de un kilómetro cuadrado que fue diseñado en 1949 para unos tres mil palestinos que huían de la limpieza étnica de Israel. Un enclave que ahora acoge alrededor de 30 mil personas. Entré en él para hacer una de mis primeras crónicas como corresponsal y cuando lo pisé pensé que era uno de los lugares más duros que había visitado. Shatila parece una cárcel a cielo abierto de callejuelas laberínticas y favelas de cemento que se levantan a lo alto porque no puede expandirse a lo ancho. Mayoritariamente ves hombres, porque las mujeres no ocupan el espacio público mucho rato. En este entorno, me asombró como un hombre, Majdi, se inventaba un intento de pista de baloncesto en la quinta planta de su edificio para que su pequeña Razan no cayese en una espiral de violencias estructurales propias de este campo pero también de otros sitios de la zona: casarse con poco más de diez años, embarazarse siendo aún una niña, engancharse a las drogas para desconectar de la rutina diaria o dejar los estudios y convertirse en esclavas domésticas entre las cuatro paredes de una casa.

En tu crónica aparece una paradoja fascinante: es un hombre, Majdi, quien inicia un proyecto feminista. ¿Qué complejidades encontraste al narrar eso?

Para mi las auténticas protagonistas de ‘Aliadas’ son el colectivo femenino de Shatila pero es verdad que quién impulsa el proyecto central del libro es Majdi. Así, la acción individual de amor y protección de un padre hacia su hija se acaba convirtiendo en una revolución pionera y feminista en el campo. Y este padre, un palestino pintor de fachadas, no tiene un manual de feminismo pero si suficiente sentido común para intentar apartar a su hija y a sus amigas de los riesgos de futuro que las acechan. Majdi, como todos, lo hace lo mejor que sabe, con sus aciertos y sus errores, porque no puede desprenderse tampoco de la presión de la sociedad conservadora y patriarcal en la que vive. La complejidad de narrarlo se desvaneció cuando decidí hacerlo desde la honestidad, con el máximo respeto y contando sus luces pero también sus sombras, como tenemos todos. No quería que fuese un libro de buenos y malos, sino de supervivientes.

¿Qué te hizo volver a Shatila años después? ¿Qué cambió en ti y qué cambió allí?

El equipo de baloncesto ha abierto caminos para las niñas pero también ha cambiado a sus padres y de alguna manera a una comunidad entera. Hace más de diez años, algunos prohibían a sus hijas jugar, a veces las amenazaban e incluso las pegaban. Ahora, sin embargo, cada vez son más los padres que las acompañan a la cancha, aplauden cuando ganan o las llevan emocionados al aeropuerto cuando viajan a otro país, invitadas. El equipo sigue con nuevas generaciones de niñas que tienen a las que lo empezaron, ahora ya mujeres con estudios y algunas voluntariamente casadas, como referentes. Si antes Majdi tenía que suplicar a los padres que dejasen entrenar a sus pequeñas, ahora muchas de ellas se presentan directamente en la cancha para hacerlo.

Has narrado guerras, conflictos y dolor, pero también resistencia y dignidad. ¿Qué lugar ocupa Aliadas en tu trayectoria periodística?

Había contado más crónicas de muerte que de vida. Y es que aun explicamos esta región sólo desde la destrucción y la desesperanza. Haciéndolo -de ello se queja mucha de su gente- la revictimizamos, le arrancamos la dignidad inmensa que atesora y que protege dejándose la vida si es necesario. Intentaba rectificar esta tendencia. A la vez y ahora mismo, con el genocidio de Gaza en marcha, este libro es otra forma de seguir hablando de Palestina, sin deshumanizar aún más a sus vecinos. De hecho, a Shatila le llaman 'la pequeña Palestina'.

¿Cómo equilibras la empatía con la distancia necesaria al escribir desde contextos tan duros y cómo te proteges del desgaste emocional al enfrentarte a historias tan devastadoras?

Intento no ponerle demasiada distancia, la verdad. A mi me gusta aproximarme al máximo a la gente que entrevisto o con la que hablo. De hecho, creo que todo es más fluido y sincero cuando dejas de ser un poco periodista y eres más persona, cuando dejas de escribir en una libretita y miras al entrevistado a los ojos con un interés genuino. Y en cuanto a protegerme, tampoco lo hago mucho. En el fondo, nosotras somos afortunadas, podemos volver a una estabilidad en todos los sentidos, donde tenemos familia, amigos y si hace falta psicólogo para que nos trate. Ellos, en cambio, se quedan allí después de confiarte su historia. Nuestra responsabilidad es hacer de altavoz de su causa y dar el máximo retorno a su acto de generosidad.

Aliadas nos habla de cuerpos que se rebelan: niñas que botan un balón, que corren, que desafían lo que se espera de ellas. ¿Qué papel juega el cuerpo como territorio político en este libro?

El cuerpo es, como tantas veces, el campo de batalla donde se inician muchas violencias contra las niñas. Una de las jugadoras del equipo de críquet de Shatila me decía que ella prefería sufrir una paliza que quedarse encerrada entre las cuatro paredes de casa, y que si moría sería en beneficio de las futuras generaciones. A menudo iba a entrenar con un ojo morado. No me pararán, gritaba mientras bateaba con todas sus fuerzas. Y ahora es una de las chicas más empoderadas que conozco, ejemplo de cómo el deporte y una inteligencia emocional trabajada pueden cambiar como tratan tu cuerpo y como pasas a percibirlo, protegerlo, respetarlo y hacer que se respecte.

¿Cómo te atraviesa, como mujer, contar historias de niñas a las que se les niega todo? ¿Qué espejo te devuelven?

Me hace comprobar, con dolor, como tantos derechos básicos que damos por hechos no están garantizados sin ir tan lejos. Algo tan ‘normal’ como ser niña… Estas chicas combaten su principal rival, el machismo, a base de 'canastazos'. Pero es aún más profundo: en este caso el baloncesto les enseña a ser las niñas que no pueden ser y a soñar con las mujeres en que quieren convertirse. De hecho, las pequeñas aprenden literalmente a jugar juntas recluidas en la quinta planta de un edificio. Ser testigo de un momento así es emocionante a la vez que devastador.

¿Qué crees que podemos aprender, y especialmente quienes vivimos en privilegio, de estas niñas?

Que todo es posible si, como ellas, buscas aliadas y tejes alianzas… que detrás de todo éxito que parece individual hay un colectivo que lo hace posible. Y me quedo con la generosidad de querer compartir sus testimonios para que nosotras, desde el sofá, por decirlo de alguna manera, podamos comprender mejor su mundo. Siempre me pregunto si yo sería capaz de confiarle mi intimidad a un periodista en la situación en la que ellas se encuentran. Es una lección continua de humanidad y resistencia.

¿Te preocupa cómo pueda ser recibido el libro en países como el Líbano? ¿O incluso por parte de la comunidad palestina?

Aliadas no está pensado, en principio, para que lo lean en el Líbano o lo consuma la comunidad palestina. Lo digo en el sentido que seguro que muchos de ellos no necesitan que una periodista nacida en Barcelona que ha vivido allí unos años les abra una ventana que les es tan conocida y cercana. Pese a esto, para mi ha sido un bálsamo y un privilegio contar con la supervisión, consejos y críticas de su gente.

¿Qué libros o referentes te inspiran como periodista y escritora?

‘La guerra no tiene rostro de mujer’ de la Premio Nobel Svetlana Alexievich… Me enamoró su concepto de ‘historiadora del alma’ y como hace visibles las mujeres en zonas de conflicto. Creo que fue esta lectura la que, sin saberlo, me empujaría a querer contar historias como ‘Aliadas’.

¿Qué historia aún no has contado y te quema en las manos?

Ahora mismo no tengo ninguna historia pendiente pero si un país que me quema por dentro, por la poca cobertura mediática que tiene: Afganistán. Con el retorno de los talibanes al poder, las mujeres sufren una guerra psicológica y silenciosa que las mata en vida o las acaba asesinando. Un apartheid de género del que casi no hablamos porque no es el típico conflicto armado, pese a que de alguna manera lo ha provocado occidente con su retirada. Aunque no veamos mujeres gritando por las calles, porque les arrebatan la vida por protestar, en este país hay una resistencia clandestina admirable, empezando por las escuelas secretas escondidas en los sótanos de centenares de casas particulares. Son otra vez ellas, las mujeres, porque ya no tienen nada que perder, las que desafían un régimen que las desearía muertas.

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