Trumpismo, hooligans y ventrilocuos

No son pocos quienes consideran que el éxito evidente del trumpismo como estrategia de comunicación que cada día se afianza en la convivencia ciudadana, representa un grave peligro de salud mental colectiva. Qué la falsedad, moldeada desde viscerales sentimientos y la ramplonería como argumentación contaminen el ánimo colectivo que respiramos, es muy mala noticia. Una desafortunada nueva, amplificada hasta el estruendo conforme aumenta el número y los gigas de los ordenadores de youtubers e influecers que para regocijo de la casta dominante, han prostituido el periodismo hasta el nivel de la nausea. Ejemplos humanos de ignorancia elevados a los altares de …

No son pocos quienes consideran que el éxito evidente del trumpismo como estrategia de comunicación que cada día se afianza en la convivencia ciudadana, representa un grave peligro de salud mental colectiva.

Qué la falsedad, moldeada desde viscerales sentimientos y la ramplonería como argumentación contaminen el ánimo colectivo que respiramos, es muy mala noticia. Una desafortunada nueva, amplificada hasta el estruendo conforme aumenta el número y los gigas de los ordenadores de youtubers e influecers que para regocijo de la casta dominante, han prostituido el periodismo hasta el nivel de la nausea. Ejemplos humanos de ignorancia elevados a los altares de lideres de opinión, todólogos de la nada, que exprimen al internauta que busca entre las redes los secretos de la causa primera, el móvil perpetuo de primera especie o la solución al cuestionario de las preguntas sin respuesta. El miedo al vacío que harían mejor en buscar entre la filosofía ya que las iglesias hace tiempo que dejaron de cumplir ese oficio.

Este librepensador, poco adicto a las conspiraciones, quiere creer que vivimos en una sociedad, al menos, translúcida ya que no transparente y que episodios como los protagonizados por el pequeño Nicolás o el comisario Villarejo son anomalías contra las que el sistema jurídico-político es capaz de actuar para volver las aguas a su cauce. Sin embargo y sin caer en los protocolos de los sabios de Sión, resulta sorprendente constatar como una parte de la población, incluso en círculos de gente razonablemente formada, se desligan de la creencia en una sociedad democrática y participativa y al grito de "todos son iguales" se naturalizan en un indiferentismo que les aleja del contrato social de la posguerra y de los valores de la socialdemocracia europea de los años 50/60 para abrazar el neoliberalismo como herramienta de progreso. Peligroso derrape que desde la (razonable) crítica a la democracia puede alcanzar la dictadura pasando por todas las fases de la trivialidad.

En este camino y procedente del planeta del futbol, se produce la extensión del hooliganismo a todas las esferas de relación humana y como en el futbol también se establecen divisiones en las que cada "equipo" se integra en función de sus merecimientos. En la división de honor tenemos a los superclase, los modelos a seguir: políticos de relumbrón a los que se les han arrebatado las selecciones, políticos de medio pelo que consideran que solo el grupo social al que sirven está autorizado desde la moral y la costumbre a detentar el poder y políticos de absoluta alopecia intelectual que se empeñan en justificar su modelo de gestión social en una falsa historia de España construida a la medida de su arrogante ignorancia.

Por no abusar de taxonomías intermedias, acabaremos en los hooligans de tercera división que mirándose en el espejo de sus lideres no dudan en tomar la calle ilegalmente a insulto pelado y contenedor ardiente, bien sea para rezar el rosario con unas muñecas hinchables o para pasear sus opulentos tractores exigiendo los recortes en garantías medioambientales que, curiosamente, reclama también la patronal globalizada de su sector. Y claro está, cuando el hooliganismo lo impregna todo, no faltará algún imbécil con vocación de alumno aventajado que estampará cualquier maquinaria pesada que tenga a mano contra la sede del partido objeto de sus odios. Contaminar la atmósfera vital hasta estos extremos, generalizar el odio como argumento y el insulto como expresión debería estar castigado por la ley o, al menos, sancionado éticamente por una ciudadanía adulta.

Dicho esto, sobre los hooligans de ambos sexos que se reparten el pastel de la notoriedad cotidiana en la que se confunde el ejercicio de la política con la telerrealidad, queda por describir, aun a riesgo de ser tildado de conspiranoico, la función que tienen los que coordinan a sus hooligans respectivos para que en sus manifestaciones, redes sociales o apariciones en medios de comunicación, presenten una coherencia que dé atisbos de cierta verosimilitud con la que se puedan alimentar sus respectivos estadios.

Desde que Steve Bannon pusiera en marcha su catecismo para adoctrinamiento trumpista no han parado de salirle discípulos entusiastas que se comportan como verdaderos ventrílocuos. Están ahí, pero las luces y las cámaras solo enfocan al muñeco o muñeca que manejan con total soltura hasta el punto que incluso los propios muñecos se creen dotados de vida como afortunados pinochos que pueden lucir los barnices con que cubren la rigidez de un cuerpo sin alma. Como los ventrílocuos de los espectáculos de variedades, no mueven la boca para hablar, su voz sale de sus intestinos, de la alcantarilla del pensamiento, por lo que dado su origen, no es de extrañar que los discursos que escuchamos sean pura defecación. Sin embargo en el vodevil de la política, estas actuaciones tienen el éxito garantizado y cuanto más estridente, histriónico, esperpéntico y fuera de toda cordura sea el discurso del Pinocho de turno, mayor calado y credibilidad tendrá en la triste nómina de espectadores que optan por una huida constante de la racionalidad hacia el brillo de la falsedad.

Y si además se promete un campo de futbol nuevo más grande, más lujoso y más luminoso mejor que mejor.


Artículo publicado originalmente en el blog La ribagorzana.

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