Tristeza cósmica

Las cifras de COVID-19 en Aragón y en España saltan por los aires. Llevo semanas diciendo a quien me quiera escuchar que la única solución posible es (o habría sido, igual llegamos ya tarde) el confinamiento total, otro nuevo estado de alarma. Invariable e independientemente de la ideología del interlocutor de turno, la respuesta que recibo es casi unánime: “No es posible porque la economía...” La economía. Pienso. LA ECONOMÍA. ¡Con la economía hemos topado! La economía es, sin duda, la nueva iglesia. ¿Pero es que acaso nadie piensa que el actual sistema económico (y ya puestos, también el social) …

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Foto: Pixabay

Las cifras de COVID-19 en Aragón y en España saltan por los aires. Llevo semanas diciendo a quien me quiera escuchar que la única solución posible es (o habría sido, igual llegamos ya tarde) el confinamiento total, otro nuevo estado de alarma.

Invariable e independientemente de la ideología del interlocutor de turno, la respuesta que recibo es casi unánime: “No es posible porque la economía...”

La economía.

Pienso.

LA ECONOMÍA.

¡Con la economía hemos topado!

La economía es, sin duda, la nueva iglesia.

¿Pero es que acaso nadie piensa que el actual sistema económico (y ya puestos, también el social) apesta por todos sus costados? ¿Cuántas vidas son prescindibles en pro del mantenimiento de una red corrupta, injusta y oligárquica? Esos “mercados” internacionales, virtuales e inventados, diseñan su camino sin tener en cuenta a quienes arrollan. Nos hacen creer que no es posible cambiar nada, que está bien dejarse llevar por la corriente y no mirar hacia los lados. La tecnología les ayuda mucho manteniéndonos bien agarrados a ese último apéndice humano hipertrofiado que nos ha salido sobre la mano dominante: el smartphone. Se ha convertido en un nuevo órgano que tiene la peculiaridad de desactivar otro viejo, pero más interesante: nuestro cerebro.

Los grandes cambios nacen siempre entre la gente corriente, la comunidad suele ser más rápida que sus representantes, y hace falta un cambio de paradigma económico internacional que debería ser impulsado por cada uno de nosotros dejando de creer en el actual. Comencemos a reconectar el cerebro de nuevo y a usarlo sin accesorios.

Somos nosotros quienes hacemos girar la rueda económica como pequeños hámsteres atrapados en ella, ¡saltemos fuera de una vez para buscar otra diferente!

Soy la primera que no desea un confinamiento con toda la pérdida de libertades que eso implica, pero no encuentro otra posibilidad para intentar frenar esta nueva escalada desbocada que vuelve a poner en jaque, sin tiempo de recuperación alguno, al país (y al mundo entero).

Pero hay que frenar.

HAY QUE FRENAR.

Deberíamos aprovechar para replantear cómo pretendemos gestionarnos en el futuro. Cada uno, en su casa.

Bancos éticos, compañías de luz que únicamente vierten energía verde a la red, compañías de seguros éticas, ropa confeccionada con materia prima respetuosa con el medio ambiente y bajo condiciones laborales dignas, pequeño comercio local, agricultura y ganadería ecológicas.

Deberíamos mirar bien alrededor porque no existe un planeta B al que escapar y, sin embargo, nos estamos encargando de destruir las condiciones aceptables de vida para la especie humana en este, extinguiendo por el camino muchísimas animales y vegetales.

Tengo un amigo que dice recibir la visita de una tristeza cósmica de vez cuando. Le pediría que le silbe, la espante o conjure, porque el otro día pasó por mi lado y todavía la noto cerca susurrando “llegáis tarde”.

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