Podríamos titular esto, personalizando en el día a día de la compra familiar, macarrones del Mercadona, embutido del BonÀrea o yogures del Alcampo.
Nos preocupa la dieta y muchos somos guay. Consumimos justo, ético y un montón de etiquetas más.
Pero hay millones de personas a nuestro alrededor que, no es que no quieran comer bien, es que no pueden. No hay hambre, pero la cesta básica cada vez tiene más agujeros.
Las modas llegan más tarde por aquí, nos dicen. Y ahora ha llegado la moda de que los pobres coman mal. Como en EEUU, donde los alimentos frescos son prohibitivos y los ultraprocesados son una buena alternativa económica para llenar el buche. De hecho, en el colmo de la perversión del sistema, los cupones de comida de muchas instituciones favorecen ese tipo de consumo. Por lo menos aquí se intenta lo contrario.
Es humor negro. No es una moda, es la solución de quien no tiene alternativa. Sobre todo, porque las cifras son claras: los productos frescos como frutas y verduras han subido solo en las últimas tres semanas un 21%, los huevos un 30% en un año y no digamos ya alimentos como el pescado. Pero algo habrá que comer.
Las precarias no usan oliva virgen extra, ni comen carne bio. Pero esas precarias son legión. Y, en este caso, es más necesario que nunca usar el femenino.
Sí, son las madres las precarias que hacen la compra. Porque los sectores más bajos de las tablas salariales se leen en femenino.
El sector de limpieza de edificios de la provincia de Zaragoza está negociando su convenio, por ejemplo. Un sector que cobra prácticamente el salario mínimo y en el que muchas de sus trabajadoras tienen jornada parcial. No son pocas, son 10.000 en Zaragoza y en todo el Estado se acercan al medio millón ¿Te has preguntado, lector, ¿qué come una familia monomarental cuyo sostén económico es una jornada parcial que se traduce en 800 euros al mes? ¿O cómo se arregla para conciliar una cajera de super que trabaja a turnos, sábados incluidos, por algo más de 1.100 euros?
Podemos hacer un ejercicio, nada científico, pero bastante realista, como es echar un ojo al carro de la compra del vecino. Si es un carro lleno hasta los topes o raquítico, qué lleva y quien lo lleva. Seguro nos dice mucho de nuestras vecinas. Y seguro que ese carro es muy distinto en unos barrios u otros.
También proponemos esto porque los carísimos alquileres son menos tangibles, así como los vicios, la típica frase de cuñao sobre que los bares están llenos. Pero la comida no miente y es una forma de consumo que podemos ver en directo. No está de más echar una mirada.
Sentimos echar un ojo tan feo a la realidad, pero mirarla es saludable, no como mucha comida barata. Sobre todo, cuando hablamos de trabajos de baratillo, de marca blanca.
Acratorial semanal del programa El Acratador de Radio Topo, radio libre de Zaragoza.

