Me siento un poco Lisa Simpson en aquel capítulo en el que, al borde del colapso, se levanta de su silla al grito de “Todo este maldito sistema está mal”.
Cada día los y las profesoras nos estamos encontrando con situaciones que, lejos de lo académico, repercuten directamente en ese ámbito y que tienen su origen en la salud mental de los adolescentes y las familias.
Ante estas situaciones se nos exige una actuación inmediata y atinada que no hace sino parchear el problema, prolongar la solución y retrasar que este se ataje de raíz. Se nos exige una prontitud y una excelencia con situaciones ante las que los equipos docentes no estamos preparados por falta de formación, de medios y, por encima de todo, falta de tiempo real y efectivo para tratar al alumnado como se merece.
El trabajo que se ve en nuestras clases es solo la punta del iceberg que le dedicamos a nuestra profesión y que pasa por destinar horas a la formación y actualización constante, a la preparación de las clases y de las tutorías (cada vez más complicadas de dirigir), a asistir a reuniones de coordinación, a gestionar la enorme cantidad de burocracia a la que debemos hacer frente y a resolver los posibles conflictos que puedan surgir en el centro o con las familias (hago un inciso aquí para recordar que el profesorado aragonés es el profesorado del Estado con más horas lectivas y menos salario).
No tenemos ni tiempo ni medios, estamos mentalmente saturados porque vemos que tenemos un alumnado cada vez más enfermo mentalmente, con más problemas para relacionarse con sus iguales, con más problemas para gestionar su frustración y con más problemas para acceder a una educación de calidad.
Ante esto se nos exige (o nos autoexigimos) horas, horas y horas. Muchas veces tenemos que trabajar fuera de nuestro horario laboral (que no, no acaba con la jornada lectiva, como cuenta la leyenda urbana) para ayudar a nuestro alumnado. He visto a compañeras derrumbarse y desmotivarse porque se ven incapaces de afrontar la enorme carga laboral que se nos exige desde la Administración.
Lo que hace falta no es que echemos más horas, es que se dote a los centros educativos de Departamentos de Orientación en condiciones y se pongan medios y recursos al alcance no solo de todos los claustros, sino de toda la comunidad educativa; porque la Educación nos compete a todos y todas.
La realidad, sin embargo, es esta: Departamentos de Orientación que no dan abasto, Equipos Directivos y Docentes desbordados por el papeleo y por no poder afrontar los problemas de cariz mental que nos llegan desde el grueso del alumnado y las familias.
Aquellas que se lo pueden permitir (porque, tristemente, es un lujo), tienen que llevar a sus hijos y/o hijas a psicólogos privados; pero, y aquí está el punto clave, quizá la terapia tendría que hacerse a nivel familiar y no entendiendo el comportamiento de los adolescentes como algo aislado.
Esto no es un dardo envenenado contra las familias, ni muchísimo menos. Es intentar dar una solución a posibles problemas desde la base para evitar que estos lastren, ya no solo la educación, sino la vida de los y las jóvenes.
La situación de las familias no es fácil: unos trabajos en su mayoría precarios (que obligan, a menudo, a pluriemplearse), unos medios cada vez más limitados, una vida cada vez más cara y, por supuesto, la premisa de querer darles la mejor vida a sus hijos e hijas; pero la solución no pasa únicamente por parchear desde los centros educativos: hace falta que nuestro trabajo cuaje más allá de las paredes del colegio y del instituto y que se materialice en los demás entornos del adolescente porque, si no, estaremos intentando apagar un incendio con un único cubo de agua.
Sí, “todo este maldito sistema está mal”: cada vez hay más familias que aunque trabajan, trabajan y trabajan, no llegan; unos equipos docentes cansados porque nos faltan horas: si queremos ayudar a nuestro alumnado (que lo hacemos, y lo mejor que podemos), si tenemos que invertir horas en papeleo que puede ser útil o no, si tenemos que prepararnos las clases desde perspectivas innovadoras, integradoras y transversales (porque nuestra pasión es enseñar y no queremos quedarnos atrás), si tenemos que formarnos y certificar nuestros idiomas, nuestra formación digital, nuestra asistencia a jornadas y reuniones, no me salen las cuentas.
Cada vez se promulgan leyes más enrevesadas y que abogan por saberes más “superficiales”, que vete tú a saber a qué intereses obedecen (a los de construir personas críticas y con criterio, no) y se intenta enterrar bajo burocracia la enorme chapuza que están haciendo en la Educación Pública: ratios de risa, equipos docentes desbordados, recursos fuera del alcance de las familias, medios limitados para garantizar una educación de calidad…
Se les seguirá llenando la boca de ‘salud mental, ‘gestión emocional’ y demás palabras con tirón electoral y muy a la moda, mientras no se ponen las herramientas para cuidar a los equipos docentes ni el foco en las necesidades reales del alumnado y de sus familias.

