Cuando se agita la “gracia de dios” la sinrazón inunda las calles. La rotura de la presa de la cordura hace que las aguas sucias de una historia adulterada embarre los valores de la convivencia.
Por lo que se ve, la casta española, aquella de “cerrado y sacristía devota de Frascuelo y de Maria” añora la leyenda que orlaba la efigie de monarca o dictador en las monedas del pasado y parece querer recuperarla, coreada o más bien vociferada hasta la afonía, por una masa de ignorantes de pensamiento unidimensional.
Deben ser los “humildes ganapanes” de los que hablaba el Maestro Machado que no dudan en adular a sus señores a la espera del mendrugo y el vino que pueda caer de la mesa del rico epulón. Se contentan con escaso alimento: un “dios-patria-rey” o un “una-grande-libre” les sirve para consolar su ansia de trinidades y les da fuerza suficiente para llenar la calle de ignorancia que por su desmesura, es capaz de contaminar hasta “las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Son los paniaguados de las dictaduras. Su mejor sociedad es la de la sumisión, el pan y el circo y cómo de estos dos últimos tenemos en abundancia, la sumisión esta garantizada.
Por poco que guste, el trumpismo está de moda y si a la derecha extrema y a la extrema derecha no le da por pensar un poco, que no parece que este en sus genes, los vamos a tener para rato.
Este espectáculo es recurrente en la historia de la humanidad y de España en particular que tiene una larga experiencia en agitar las masas desde el púlpito que los avances tecnológicos han convertido en masivo y multipresente. Cuando se cree a pié juntillas que el poder viene de Dios, para qué pensar si se puede desfilar y si encima se tienen banderas de añoranzas, crucifijos de tradición y pasados gloriosos, mejor que mejor.
Poco importa que todo este argumentario de la estulticia que sacia a las turbas sea absolutamente falso, lo que parece importar a estos comparsas sumisos a los intereses de la oligarquía es sentirse protagonistas del devenir de su pacata percepción de una historia que embarullan con himnos y leyendas.
Esta masa colectiva de carne sin alma no puede caer en la cuenta, porque viven exiliados de la democracia y el diálogo, de que la razón del poder legislativo es, precisamente, legislar, es decir actualizar las leyes de la colectividad a la realidad que la sociedad demanda a través de sus representante y del tejido social que construye la convivencia. No sabemos si estos ganapanes de hoy se sentirían mejor viviendo bajo el código de Hammurabi o de Justiniano (para los más liberales), aunque seguro que muchos de ellos utilizan con normalidad las leyes que han salido de Las Cortes y que las derechas ultramontanas que adulan y apoyan, tildaron de graves peligro para el estado, la familia y el honor patrio.
Debería ser normal en una sociedad madura que si, en ese proceso de actualización normativa, el cuerpo colectivo del país entiende que es preciso otro modelo de estado u otra forma de relacionarse entre los territorios que forman la nación, se acepte y se ponga en marcha la mejor forma para acomodar las leyes a los tiempos. La Constitución que, por cierto se ha reformado ya en varias ocasiones, no puede ser freno a la convivencia y no deja de ser curioso, por otro lado, que precisamente quienes en su momento no aceptaban la carta magna como herramienta de la transición, ahora la usan como combustible para derrocar la democracia y naturalizar el fascismo.
Ni en el último rincón de las perplejidades se acaba de comprender como una oligarquía que está alcanzado las más altas cotas de riqueza, en detrimento de una gran masa de población empobrecida, se le ocurra agitar las masas de ganapanes contra el mismo sistema que la está elevando a la opulencia. Ha pasado el tiempo en que la clase trabajadora reclamaba su parte en el pastel de la riqueza, ahora algunos prefieren apoyar a sus explotadores. Tantos años de sembrar el individualismo y hooliganismo futbolero tiene sus consecuencias.
De la misma forma es precisamente un partido político pletórico de corrupción el que se atribuya el marchamo de la ética social para destruir el estado de derecho invocando curiosamente su defensa. Alguien como el expresidente Aznar que se inventó unas armas de destrucción masiva para poner los pies encima de la mesa del orden mundial no debería estar mínimamente autorizado para ejercer de ejemplo de virtudes. Pero, sin embargo estos personajes que se niegan a la jubilación se están convirtiendo en gurus de paniaguados.
Con todo este estruendo con que se inunda la calle, producido a ciencia y conciencia por quienes colocan sus peones en la política (local, autonómica y nacional), se pretende deslegitimar el estado de derecho y abrir la puerta a un desorden social que, por otro lado viene bien para evitar cualquier otra crítica al modelo del capitalismo neoliberal. Así se consigue que lo futil, lo falso o meramente anecdótico se convierta en nuclear y ante el embeleco de la ruptura de España y de los valores patrios, las guerras que pueblan el planeta o la menos llamativa pero igualmente peligrosa emergencia climática pasan a un segundo plano y todos tan contentos. Sirva como ejemplo la peregrina idea de poner un tobogán gigante en Panticosa y encima presumir de sostenibilidad porque no consumirá energía. Cuesta abajo, claro, para subirlo se empleará la gracia de dios.
Ante esta escalada de estupidez colectiva que, rota la presa de la cordura, inunda la actualidad, se hace especialmente necesario el funcionamiento del estado de derecho, la legitimidad democrática y la defensa de las instituciones que canalizan la voluntad popular. En ese sentido y de acuerdo al escenario que se determinó en las últimas elecciones, es preciso configurar un gobierno que refleje esa voluntad de acuerdo al equilibrio de fuerzas salido de las urnas. Y si para ello es necesario la promulgación de una ley que posibilite la continuidad del estado de derecho, el poder legislativo deberá cumplir su mandato y hacer que sea factible. Ya se han cometido suficientes desatinos en Madrid, Barcelona y otros paisajes y es hora de pensar y de recordar la idea del común, de aquello que se presumía en la pandemia, más que de gritar eslóganes simplistas y caducos.
La convivencia se construye día a día desde el compromiso y la generosidad compartidos y solo los fanáticos de todos los credos y los intolerantes estorban en una sociedad libre.
Algunos datos más:
https://nadaesgratis.es/juan-luis-jimenez/la-corrupcion-politica-en-espana-2000-2020_capitulo-2

