Tarazona se derrumba

Lo reconozco, con el calor del verano ni ganas tengo de viajar. Así que lo mejor es viajar por los parajes que quedan más cerca de tu recorrido vital, porque, cuando una va cumpliendo años, al final te quedas con pocas personas dentro de tu círculo íntimo y pocos recorridos visuales que se convierten en emocionales y reivindicativos si son desdeñados por aquellos que debieran cuidarlos y mimarlos. Pasé en remojo la pasada ola en calor, y es literal, en la piscina municipal La Glorieta. No es que tenga en cuestión nada en especial esta piscina, pero sí que posee …

Lo reconozco, con el calor del verano ni ganas tengo de viajar. Así que lo mejor es viajar por los parajes que quedan más cerca de tu recorrido vital, porque, cuando una va cumpliendo años, al final te quedas con pocas personas dentro de tu círculo íntimo y pocos recorridos visuales que se convierten en emocionales y reivindicativos si son desdeñados por aquellos que debieran cuidarlos y mimarlos. Pasé en remojo la pasada ola en calor, y es literal, en la piscina municipal La Glorieta. No es que tenga en cuestión nada en especial esta piscina, pero sí que posee unas buenas vistas de la parte antigua de Tarazona y del Moncayo en lontananza y, sobre todo, unos árboles que dan una sombra de lo más fetén para nadar, leer y comer un bocata al mediodía.

El río Queiles que pasa al lado de las piscinas era el sonido que te hacía volver hacia la ciudad. Veía unos enormes chalets de construcción moderna que se encaraman sobre las peñas y alguna grúa que ayuda a la construcción de un desaguisado urbanístico porque estos chalets, construidos o construyéndose, rompen la armonía y estética que debiera tener Tarazona. El casco histórico de Tarazona es el ejemplo más flagrante de dejadez, estulticia y falta de interés por el pasado histórico de sus calles. En el pasado ya escribí un artículo sobre el deterioro de esta zona que lleva décadas dejándose caer y que ahora se actúa precipitadamente, deprisa y después de que los vecinos hartos de quejarse se les escuche. Veremos en qué termina todo esto.

Pero la dejadez del legado artístico no termina aquí. Desde el 2001 la Plaza de Toros Vieja posee la declaración de Bien de Interés Cultural y está integrada en la Asociación de las Plazas de Toros Históricas de España. Vendieron como un orgullo la reforma de la plaza en el año 1998. Habría mucho que hablar sobre esta reforma porque ya los vecinos tuvieron quejas cuando no se les ocurrió otra cosa que poner enormes ventanales con un solo cristal pero sin persiana ni nada. Se ve que el calor y el frío no afectaban a las viviendas y menos a sus moradores. Y de qué material pusieron las persianas, siguiendo la línea de despropósitos, pues metálicas que son grandes conductores del calor, sobre todo en olas de calor, y peores aislantes del frío. Cuando pienso en estos promotores urbanísticos, que solo piensan en lo estético pero no en lo funcional y pragmático, tiemblo.

Qué se ha hecho desde 1998, lo diré, nada. Se ha utilizado el espacio como sala de fiestas. Importaba poco colocar grandes equipos de música en los conciertos que hacían retumbar paredes y cristales. Hasta algún vecino en una insigne reunión municipal dijo que tenía medio astillados los cristales del retumbe. Si hablamos de conservación, se ha hecho menos. Vergüenza da que pasen los turistas porque en los altos de los arcos las telarañas y polvo van camino del cuarto de siglo, pero que no decaigan los ánimos, seguro que llega al medio siglo y todo ese polvo y telarañas podrá ser declarado “Bien de Interés Cultural”. Eso sí, no hace mucho el ayuntamiento se gastó más de treinta mil euros en la iluminación externa de la plaza, pero se ve que no tienen unos tristes cinco euros para una escoba y quitar las telarañas. Si descendemos de las alturas, la cosa no mejora. ¡No me sean optimistas en estos tiempos, por favor! En las paredes, los desconchados son visibles; pero qué mas da, es un nuevo concepto de brutalismo decadente.

Para rematar, en otra insigne reunión vecinal, se trató el tema termitas. Si es que esta plaza es como el dicho, a perro flaco... Así que, cuando me preguntan cuántas personas viven en la plaza, contesto pocas personas y millones de termitas. Sí que colocaron unos dispositivos externos para matarlas, pero el problema de las termitas está en los pisos vacíos y en sus propietarios que no quieren invertir ni un euro y al ser los techos de vigas de madera, conectados unos pisos con otros, me imagino paseando a las susodichas de viga en viga haciéndose una ruta del bacalao a lo Chimo Bayo cantando aquello de “Hoo ha! Chiquitan, chiquititan tan tan. Que tun pan pan que tun pan que tepe tepe...”

Para terminar, menciono la gran idea que tuvieron cuando los focos colocados en la parte interna de la plaza en el suelo se fundieron. Qué se hizo, colocar una plancha de metal con cuatro remaches. Otro ejemplo de brutalismo decadente.

Dejamos aparte la contaminación acústica de los conciertos veraniegos, que ha habido durante años, y de las personas que ocupan la terraza de un bar ubicado en la plaza que en los meses de verano no dejan tener las ventanas abiertas porque el ruido externo es tan caótico que pone de los nervios. A esto se añade que los niños utilizan las parte externa de las viviendas sin habitar como portería con lo que los balonazos y machaque de puertas y paredes es visible para cualquiera que tenga una mínima sensibilidad artística.

Eso sí no esperen árboles ni una fuente que como antaño había en la plaza. En estos tiempos donde la arquitectura tiene que ir unida a la naturaleza y a planes medio ambientales que den calidad de vida, tenemos suciedad, contaminación acústica, falta de inversión y pésimas calidades de una reforma del siglo pasado que brilló por su falta de firmeza. Digo bien, firmeza porque, si esta no existe tanto en la ejecución técnica como en la sensibilidad artística y, diría, humana que todo monumento debe tener, entonces tenemos la decadencia en su injusta medida de unos ojos cegados al buen gusto y al respeto hacia el pasado.

Esa falta de respeto y de sensibilidad que se ha tenido hacia el pasado monumental de una ciudad, Tarazona, que promociona el turismo entre un casco histórico que se está cayendo y unas obras que no se ejecutan y no será por falta de dinero o tiempo que a mí me provocan vergüenza ajena y eso que no soy de ahí. Cuando se quiere, se logra. Y pongo como ejemplo Alquézar; desde los años ochenta llevan recuperando con excelente gusto toda su arquitectura tanto civil como religiosa que lo han convertido en un pueblo que recién visité hace unos meses después de años sin verlo.

Esperemos que Tarazona siga su senda y que recupere el esplendor que siempre tuvo que tener.

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