Durante dos años y medio no he salido de mi asombro constatando las soflamas guerreras de algunos que se dicen nuestros representantes políticos. Hablo de la guerra de la OTAN contra la Federación Rusa en terreno ucraniano y con muertos ucranianos y rusos.
Algunos de estos generales sin uniforme, de ambos sexos y para más inri, de un género que el castizo llama sociolisto, su ardor guerrero ha ido parejo al de los amigos gallegos de Dorados o de quienes ocupaban chiringuitos sin dar más que palos al agua. Ciertamente entendible, si nos fijamos en su nivel de hipocresía.
De quien no he entendido tal permisividad ha sido de algunos partidos de izquierda, incapaces de levantar la pancarta del “No a las guerras”. Permisividad que ha avalado, por acción u omisión y a lo largo de veintiocho meses, los cánticos militares de Stoltenberg, Vonderleyen, Borrell o de Zelensky.
Pareciera que dichos partidos tuvieran un síndrome vergonzoso, pudor virginal, a decir verdad y que este síntoma paralizara acciones reclamando acuerdos de paz y exigencias que se opusieran a la guerra. Es ahora cuando parecen despertar del letargo, pero tan despacio, tan poco a poco, que sigo asombrado.
La guerra en Ucrania es un conflicto de bloques, atizado desde 2014 y mucho antes, desde los tiempos de Gorbachov, Bush y Yeltsin. En 1991, el único bloque militar ofensivo -el Pacto de Varsovia se había disuelto-, la OTAN, prometió no expandirse más allá de los dieciséis países de entonces (curiosamente, el último país fue la España del señor X que decía “de entrada, no”). Violando las promesas, la lista de países adheridos en cinco sucesivos bloques a este bloque militar, suma treinta hoy. Y querían poner armas nucleares en el treinta y uno, Ucrania, a seis minutos de Moscú. Para comparar, no hay más que recordar la crisis de Cuba en 1963 o preguntarnos qué pasaría si Rusia pusiera armas nucleares en México, la misma Cuba o en Venezuela.
El cerco nuclear a la Federación Rusa, los acontecimientos del Maidán, el golpe de estado que derribó al presidente legalmente constituido, Yanoukovich, la violación de los acuerdos de Minsk uno y Minsk dos por el gobierno ucraniano del golpe de estado, amparado y azuzado por la OTAN, los catorce mil civiles asesinados en las insurrecciones populares de Donetsk y de Lügansk, consiguieron que Rusia moviera ficha: invadir el espacio de un país que nunca existió históricamente. En realidad, este error táctico era el objetivo de la OTAN desde 2014: una guerra enmascarada, con la OTAN detrás, pero con muertos ucranianos, que desgastara a Rusia y debilitara a China con el propósito de entorpecer su carrera de primera potencia mundial. De paso, promover los mayores beneficios para las empresas armamentísticas occidentales (norteamericanas, sobre todo) desde la segunda guerra mundial. Negocios de una cifra próxima a un billón de dólares.
Por si fuera poco, el mercadeo del gas americano estrangulando el ruso era otro caramelo para armar una guerra que, por primera vez en el largo recorrido bélico de los Estados Unidos a lo largo del último siglo, carecería de muertos y ataúdes con la bandera de las barras y estrellas. Aquí, los muertos serían ucranianos y rusos. ¡Champán para todos!
Todo esto no solo lo sabían aquellos aprendices de brujos, sino que se desarrollaba a la perfección: Rusia cayó en una trampa forzada con la invasión y el mundo occidental con una propaganda que, más bien, parecía de Goebbels en vez de un supuesto mundo democrático, entraba a saco en los domicilios europeos.
Rusia era el nuevo monstruo, la lista de las sanciones era infinita y doblaría cerviz y rodillas. Europa quedaba, más que nunca, plegada a los caprichos y exigencias del “amigo americano” y se militarizaría a pasos agigantados. La guerra fue vendida como el nuevo combate entre el bueno de David y el malo de Goliat. En los países europeos, en el Estado español, la desinformación funcionó: medias verdades, censuras al antagonista, bulos a espuertas y mentiras descaradas (recordemos los bombardeos de la central nuclear, los sabotajes de los oleoductos, las muertes intencionadas de civiles, los actos terroristas y muchos etcéteras adjudicados a Rusia, pero con autoría ucraniana). Todo milimétrico y uniformado, con una censura previa en todas las cadenas y medios informativos importantes, rígida y eficaz propaganda de guerra. Y por dos años funcionó.
Dicen que la verdad, tarde o temprano, sale adelante. También que, muchas veces, esa verdad surge muy tarde y lo irremediable ya ha sucedido. Léase la historia de nuestra propia guerra causada por un golpe militar, repásense los prolegómenos de la segunda guerra mundial, las causas coloniales de la guerra de Vietnam, la destrucción de países como Libia, la guerra de Siria, las armas de destrucción masiva de Irak y así tantas veces. Mentiras y falsedades trituradas por la verdad, pero a costa de cuarenta años de dictadura, de dos millones de vietnamitas muertos, de seis millones de sirios refugiados, de Libia en manos de los señores de la guerra, de otro, Irak, convertido en uno más de los estados fallidos y títeres y cien casos más.
Con trabajo, de la mano de un periodismo corto en medios, pero honesto, de la mano de docenas de canales nacionales e internacionales, de la mano de personas como Juan Antonio Aguilar, militar y analista de geoestrategia español, de la mano de cientos de videos y noticias irrefutables, va saliendo esta verdad. La de que es la OTAN quien tiene el propósito de continuar la guerra a costa de lo que sea, a costa de bombardear Rusia con tropa, pilotos y armas occidentales y obligar, entonces, a la Federación a pasar a otros mecanismos de defensa que incluirían las armas tácticas nucleares. La OTAN abriría, así, la nueva caja de Pandora.
Hoy, no hay otra posibilidad de parar la guerra que no sea obligar a Zelensky, Biden, Vonderleyen, Stontelberg, Macron…, a aceptar una mesa de negociaciones para llegar a la paz. Pero no a la pantomima intentada el 15 de junio en Suiza y que las principales naciones BRICS del mundo no han aceptado (China, India, México, Sudáfrica, Brasil, Indonesia o Emiratos Árabes Unidos además de la propia Federación Rusa que no fue invitada a la comedia). Caricatura a la que se enviaron 162 invitaciones, respondieron finalmente 90, acudió medio centenar representado a nivel de gobierno (ni siquiera Biden), otros cuarenta a nivel de segundón, de ellos, cuarenta y cinco europeos (OTAN al completo) y representando los firmantes menos de 1.400 millones de habitantes. ¿Imaginamos una propuesta de la que se desmarcan países emergentes, los polos del orden próximo mundial, con un potencial de 3.500 millones de habitantes? Sin contar otro centenar de países no asistentes con una población de 3.100 millones de habitantes. Es ridículo y patético. Quizá hasta cómico, si no fuera porque siguen perdiéndose una media de diez/doce mil vidas a la semana, en su gran mayoría soldados reclutados a la fuerza por un gobierno ilegal, el de Zelensky, agotado su mandato.
Esa posibilidad es la contraria de lo que pretenden los mandos de la OTAN dirigidos por un anciano gobernado, a su vez, por los lobbies americanos y que, para su desgracia, cada día que pasa pierde facultades mentales de manera alarmante. Mandos que siguen con su propósito de rearme hasta los dientes, de pasar por encima de cualquier argumento y poner piñón fijo hacia la conflagración total entre la OTAN y Rusia que, si fuera así, no podría ser de otra forma que nuclear.
Y, ahora, vamos a la reflexión primera. ¿Por qué muchas de las organizaciones de izquierda -no digo el partido socialista ya que, difícilmente, se le puede etiquetar de socialdemócrata en lo importante- se ponen de perfil en este tema, el más crucial que Europa tiene y ha tenido desde la terminación de la segunda guerra mundial contra el nazismo? ¿Por qué dichos movimientos que tendrían que estar activos, reclamando en la calle, en el gobierno, en las instituciones, diciendo la verdad del conflicto a las gentes, actuando en vez de otorgando por omisión, no lo hacen?
Algo difícil de contestar si vamos al proceso histórico para comprobar que el país involucrado en 222 guerras a lo largo de sus 243 años de existencia, el país que ha orquestado golpes de estado cruciales (léase Argentina, Chile, Vietnam, Indonesia…), país que ha matado a millones de personas, nación que tiene el limbo legal de Guantánamo y 254 bases militares, muchas nucleares, repartidas en 80 países, es el mismo que sirve de modelo de neoliberalismo salvaje, capaz de alternar unos pocos personajes multimillonarios con más de una tercera parte de su población en niveles de pobreza. Y el mismo que, por medio de su marioneta, la OTAN, desmembró a Yugoeslavia, la bombardeó, mató miles de personas convirtiendo un país líder de los no alineados en siete diminutos, lo suficiente como para anular su protagonismo. País llamado Estados Unidos.
¿Por qué, entonces, gran parte de los movimientos de izquierda se han puesto de perfil? Solo se me ocurre que haya sido por cálculo político. La creencia de que, diciendo la verdad en este caso, les restaría votos, créditos electorales, diputados, consejeros o ministros, porque los medios les pondrían en la misma orilla que Putin. Es como si, al condenar el genocidio palestino, se aceptase la tesis de Netanyahu y equipo, unos nazis declarados, de ser antisemitas y haciendo el juego a Hamás. Exactamente lo mismo.
Es precisamente lo contrario y las últimas elecciones lo demuestran. Las gentes, escépticas, pasotas, desilusionadas, apáticas, dejan de votar, incluso votan a opciones fascistas como Vox o a quienes ni siquiera son opción como esa de la “Juerga va por barrios”. Lo hacen así cuando sus representantes, las opciones que deben representarlos, se convierten en políticos que fijan más la mirada en las encuestas electorales que en la didáctica a emplear para decir la verdad en todo momento. Políticos que atienden más a sus respectivas “carreras” políticas, a los rifirrafes continuos entre ellos que enmascaran, disfrazan en la mayoría de las veces, una realidad: seguir con los privilegios, en el “machito”, mantener un poder relativo que conduce, conducirá, a esas omisiones, a esas puestas de perfil en situaciones cruciales, a una pérdida de autoridad moral a la hora de las contiendas electorales.
No se me ocurre otro motivo. Ojalá el movimiento ciudadano los empuje a una senda que no debieran dejar: decir la verdad, olvidar las riñas, descalzarse de sus egos y confeccionar la didáctica al margen de las encuestas y de un poder impostado. Es muy posible que, entonces, esa izquierda desencantada vuelva a tener ilusión.


