El agua de Zaragoza, independientemente venga del Canal Imperial o del río Aragón presenta, en un sentido metafórico, una alta concentración en dudas. Unas dudas tanto en lo referente a la gestión del abastecimiento cuanto (y en mayor medida) referente a la depuración, generadas por la dilación en la toma de decisiones y por una tradicional falta de información y participación de la ciudadanía que, después de tantos años de pagar, puede que no sepa muy bien qué está pagando.

