“Empieza el día con una sonrisa”, nos decían hasta hace muy poco los anuncios de Donuts. Pero en las fábricas de Panrico ya no se reparten sonrisas. De un tiempo para acá, la vida de la plantilla se ha convertido en una ruleta rusa. Ahora en manos de unos, después en manos de otros. La usura, que no conoce límites, ha sido la sentencia de muerte de la compañía y los derechos de sus trabajadores, como nos repiten, el “sacrificio necesario”. Lo que era una empresa familiar líder en la producción de bollería industrial se convirtió en un negocio en …

