El otro día, mientras estábamos vendiendo nuestro mercha en la Cincomarzada, nos ocurrieron tres anécdotas graciosas.
Primero, dos mujeres blancas se acercaron a comprarnos camisetas y, durante la conversación, nos preguntaron: “Os leemos mucho, ¿vais a salir a la calle este 8 de marzo? Porque claro, sois Afroféminas, ¿no?”. Entre la impresión de wtf y la prisa por terminar la venta, nos quedamos pensando en qué sesgo de confirmación racista les impidió ver el nombre del colectivo en el puesto.
El colmo fue cuando un señor blanco se acercó a nuestro puesto y nos preguntó qué ponía en las camisetas. Le respondimos: Acción Colectiva Afrofeminista Bitches. Su reacción fue un “¿‘Afro’ qué?” seguido de una huida inmediata del puesto.
La guinda del pastel del día llegó cuando una de nuestras compañeras se encontró con antiguas compañeras de trabajo del lugar donde la despidieron. ¿El motivo? Según la empresa, ella era “demasiado moderna para ellos, es que son más clásicos” y “no encajaba estéticamente en el lugar”. En otras palabras, una forma muy sutil y muy española de evitar decir abiertamente que la despidieron por negra.
Como mecanismo de defensa, terminamos riéndonos de estas situaciones surrealistas que nos marcan en nuestra vida y que muchas feminidades negras comparten: la experiencia de misoginia y racismo llamada misogynoir.
¿Qué es la misogynoir?
Angel Reese, jugadora de baloncesto de la Universidad Estatal de Louisiana, declaró en una conferencia de prensa que había sido atacada, sexualizada y amenazada de muerte. Tras sus declaraciones, en un programa de Fox Sports, el presentador Emmanuel Acho comentó: "No puedes ser el lobo feroz y luego llorar como Agallas, el perro cobarde". Luego agregó que, al autodenominarse "villana", Reese no tenía derecho a pedir compasión, ya que había asumido ese papel.
Según Acho, estaba ofreciendo una “visión racialmente neutral respecto al género”, al ser él mismo un hombre negro. Su compañera, la copresentadora Joy Taylor, defendió a Reese, planteando que el asunto requería un análisis más profundo. Señaló que el trato que estaba recibiendo Reese era similar al que, de manera sistemática, enfrentan otras atletas negras, quienes son demonizadas y vilipendiadas en mayor medida que sus contrapartes.
Danielle Deadwyler denunció en 2023 cómo la misogynoir influye en las nominaciones al Óscar y cómo tanto ella como Viola Davis fueron ignoradas en la categoría de Mejor Actriz. Además, señaló: "La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha tenido durante mucho tiempo un problema de diversidad y, a pesar de un número récord de nominaciones para actores y cineastas asiáticos este año, la organización fue una vez más criticada por a quién eligió honrar y a quién no"
Viola Davis ha señalado en múltiples ocasiones que ha tenido que esforzarse el doble para recibir un reconocimiento similar al de actrices como Meryl Streep o Julianne Moore y que, aun así, sigue lejos de acceder a las mismas oportunidades o de recibir una compensación económica comparable.
Este es solo un ejemplo de cómo opera la misogynoir. Si analizáramos no solo la raza y el género, sino también la clase, veríamos cómo este fenómeno afecta de manera aún más profunda a la mayoría de las feminidades racializadas que no cuentan con ventajas socioeconómicas.
Aunque estos casos involucren a mujeres negras multimillonarias, reflejan claramente el impacto de la misogynoir, una forma específica de racismo de género dirigido hacia feminidades negras. Es un concepto acuñado por Moya Bailey en 2010 para describir la combinación de misoginia y racismo que enfrentan las mujeres negras.
Hablar de misogynoir implica reconocer cómo las intersecciones de género, clase, raza, religión, orientación sexual y otras dimensiones de identidad interactúan con la misoginia y el racismo, reforzando así las dinámicas de opresión.
Misogynoir y el entorno laboral: aislamiento y falta de reconocimiento
"Si puedes reemplazar a la persona que está siendo atacada por una mujer de otra raza o alguien de otro género, sabes que está en juego la misogynoir". — Moya Bailey.
Un estudio realizado por Runnymede Trust en octubre de 2024 sobre la misogynoir en el entorno laboral recoge entrevistas con mujeres negras cisgénero que comparten experiencias sobre microagresiones racistas cotidianas, la presión constante de esforzarse más que sus colegas masculinos blancos y la experiencia simultánea de "hipervisibilidad" e "invisibilidad": ser vistas como diferentes o fuera de lugar, mientras que su trabajo y contribuciones son ignoradas.
El estudio revela cómo las mujeres negras enfrentan estándares de rendimiento más altos que sus colegas blancos, siendo castigadas con mayor severidad por los errores cometidos y enfrentando trayectorias profesionales más lentas debido a estas barreras estructurales.
Un hallazgo relevante es el fenómeno del "gaslighting institucional", donde las quejas de racismo y sexismo son minimizadas o ignoradas. Las mujeres negras a menudo sienten que deben defenderse solas frente a estas injusticias, mientras el acoso laboral y el trato desigual agravan el agotamiento y la inseguridad psicológica en el entorno laboral.
Además, el impacto emocional y físico de la misogynoir es severo, ya que conlleva sentimientos de aislamiento y una constante lucha por reconocimiento y respeto. Provoca hipervigilancia constante (por miedo a equivocarse o ser juzgada), lo que genera estrés, ansiedad, agotamiento y otros problemas de salud mental.
Lo que no se nombra no existe: ser la “primera” o la “única” negra en el trabajo
"Soy negra, soy mujer y pertenezco a la clase trabajadora. Tengo que intentarlo diez, quince, veinte, veinticinco veces más". Stella, concejala (testimonio sacado del estudio)
La misogynoir no se reduce a prejuicios o estereotipos hacia la feminidad negra; es un problema estructural y profundamente arraigado.
La misogynoir en el entorno laboral en España es un tema tabú. Djamila Ribeiro, en su libro Pequeño manual antirracista, señala cómo, en los espacios profesionales, una de las prácticas más comunes es reservar un único puesto para una persona negra, perpetuando así el fenómeno de la única persona negra dentro de la ya escasa presencia de personas negras en el lugar de trabajo. Es muy común que se reproduzcan frases como el siguiente ejemplo:
“Mira, no somos racistas, tenemos a Fulanita, que es negra y trabaja aquí. De hecho, a Fulanita le encanta trabajar aquí, ¿verdad, Fulanita?”
Y Fulanita, que ha aprendido a reproducir el discurso de la empresa para asegurar su permanencia y encajar en el entorno, asiente y concuerda.
La ausencia o escasa presencia de feminidades negras en puestos laborales de cara al público, o incluso en puestos directivos, refleja cómo algunas deben esforzarse el doble que el resto de sus compañeras para sentirse merecedoras de su puesto de trabajo. Esta desigualdad es una realidad constante que muchas mujeres y feminidades negras enfrentan a diario. La falta de igualdad de oportunidades, provocada en parte por la ley de extranjería, empuja a la mayoría a trabajar en sectores como el campo o los cuidados, donde las condiciones laborales suelen ser precarias y las posibilidades de ascenso prácticamente inexistentes.
¿Y nosotras qué queremos?
Nosotras, desde KEMET, no planteamos que se rompa el techo de cristal porque somos muy críticas con la idea de que, al final, las personas racializadas acabamos siendo las que limpiamos esos cristales rotos. No queremos vivir en un mundo donde las lógicas liberales del capitalismo y el colonialismo sean ejecutadas también por nosotras, ya que el antirracismo también es una postura anticolonial y anticapitalista. La presencia de una única persona negra en determinados puestos de trabajo es, asimismo, una forma de legitimar el sistema de opresión en el que vivimos. Sin embargo, eso no significa que vayamos a dejar de denunciar el racismo.
Nosotras trabajamos para construir un antirracismo y un afrofeminismo desde la raíz. Y eso, a veces, implica un ejercicio difícil para muchas: pasar a la acción revisando el privilegio. No podemos marchar por las mujeres sin reconocer los ejes que nos atraviesan: por ser mujeres, por ser racializadas, por ser precarias y por ser queer. Podríamos seguir enumerando, pero no es necesario extendernos infinitamente para entender la profundidad de estas opresiones.
Esto es algo que las afrofeministas en el Estado español llevan repitiendo durante años. Si realmente queremos marchar juntas, primero tenemos que pasar a la acción y mirar de frente los privilegios que cargan las mujeres que no son negras, y abordar los problemas que afectan a nuestra comunidad. El acceso desigual al mundo laboral sigue condicionado por el estatus de ciudadanía debido a la existencia de la ley de extranjería. Muchas mujeres y feminidades negras están relegadas a empleos precarizados que la mayoría de la población no quiere ocupar. Las mujeres trans enfrentan aún más barreras en el mercado laboral, agravadas por la condición racial. Las mujeres que trabajan en el campo o en el sector de los cuidados siguen siendo explotadas y con sus derechos laborales vulnerados. Las mujeres y feminidades negras vuelven a casas donde la salud mental ni siquiera se contempla porque están demasiado ocupadas sosteniéndose para no romperse — mientras nos matan, nos deportan, nos escupen en la cara y, aun así, esperan que estemos listas para ser el token de turno cada vez que se acerca el 8M para hablar de interseccionalidad y antirracismo.
Todas tenemos boca para hablar, pero no a todas se nos escucha, porque no tenemos el mismo altavoz. Pedimos alianzas reales, donde el debate y el crecimiento sean una realidad y no solo una charla informal que nunca llega a ningún cauce. Queremos que el compromiso vaya más allá del discurso vacío y se traduzca en acciones concretas que realmente transformen las estructuras que nos oprimen.
En KEMET, una de las acciones que estamos articulando es la creación de redes de apoyo donde podamos acompañarnos y escucharnos, validando nuestras experiencias y sosteniéndonos en espacios hostiles. Queremos construir una estructura sólida para proteger a nuestra comunidad, reconociéndonos y valorándonos mutuamente. Si quieres aliarte con nosotras, empieza reflexionando sobre tu entorno cercano. Pregúntate si realmente acompañas y apoyas a las mujeres y feminidades negras. El primer paso es no quedarte en silencio cuando presencies una agresión racista en el entorno laboral y acudir a espacios organizados por afrofeministas para escuchar y aprender.
No nos basta con reconocer las desigualdades; demandamos acciones estructurales que permitan transformar el entorno profesional y social para las mujeres y feminidades negras. Necesitamos cambios reales y duraderos que garanticen igualdad de oportunidades, condiciones laborales justas y el fin de la violencia y la exclusión sistemática que enfrentamos cada día. La verdadera justicia social se construye desde la acción.

