Si ya alzaron la voz en Valdefierro y Enlaces cuando quitaron el autobús 24, merecen hoy espacio las personas usuarias habituales de las líneas 38 y 21.
En Zaragoza tenemos dos recorridos que resultan agónicos a cualquier persona que los transite a diario: las eternas rutas 38 y 21. Llenas desde la segunda parada, la entrada de un carrito de bebé hace temblar a los que están abordo. No cabemos, y tampoco nos podemos bajar porque al siguiente autobús le faltan 10 minutos para llegar a la parada.
¿Qué sentido tiene quitar una ruta que funcionaba como era la 24 y alagar la 38? Peripecia realizada para el nacimiento de una ruta ci4 que vertebre la estación con el centro de la ciudad. Fomentando el turismo mientras se olvida a los barrios, donde viven los que lo sostienen. El resultado, una línea 38 infinita.
Ajeno a estos cambios, el 21 sigue como siempre. Salvando vidas a quienes ir desde Delicias al Coso, Plaza España o al Pilar cuando cortan César Augusto y el 33 no llega hasta Escolapios. De Miralbueno hasta el Barrio Jesús se supone que cabemos todos sentados y de pie, yendo y volviendo de trabajar, con el carro de la compra, bolsos grandes, mochilas... caldo de cultivo para las discusiones que a menudo se dan.
Sería más afable un transporte público que hiciera a la ciudadanía más leve la urbanidad. Autobuses articulados para las líneas 38 y 21, que no los hay. Mayor frecuencia y, me atrevo a decirlo, rutas más cortas y que funcionen de verdad.

