Sobredosis de superhéroes

No sé si me estoy haciendo viejo y cascarrabias o el cine es cada vez peor. Hace unos días fui a ver “The Brutalist”. Con tantos comentarios positivos, algunos hasta panegíricos: “una obra maestra de dimensiones colosales”, Luis Martínez, diario El Mundo, “toda una catedral cinematográfica”, Tomasso Koch, diario El País o “La podredumbre del sueño americano”, Manuel Ligero, diario La Marea. O el 7,2 de valoración en FilmAffinity. No me quedaba más remedio que ir a verla. Ya me escamó que la proyectaran en un cine de centro comercial, donde sólo echan películas de entretenimiento. Y efectivamente, eso es. …

Foto de Carlos J López para ilustrar los artículos entre ellos: sobre Arabia Saudí

No sé si me estoy haciendo viejo y cascarrabias o el cine es cada vez peor.

Hace unos días fui a ver “The Brutalist”. Con tantos comentarios positivos, algunos hasta panegíricos: “una obra maestra de dimensiones colosales”, Luis Martínez, diario El Mundo, “toda una catedral cinematográfica”, Tomasso Koch, diario El País o “La podredumbre del sueño americano”, Manuel Ligero, diario La Marea. O el 7,2 de valoración en FilmAffinity.

No me quedaba más remedio que ir a verla. Ya me escamó que la proyectaran en un cine de centro comercial, donde sólo echan películas de entretenimiento. Y efectivamente, eso es. A pesar de las cuatro horas de duración, con intermedio incluido, no se hace muy pesada. Y esto, ya de por sí, es una proeza.

Una familia judía intenta huir de la Europa de posguerra. Han sufrido duramente la persecución nazi, algo que intuye alguien que conoce la historia europea del siglo XX, pero que no se menciona en la película. Sin embargo sí se menciona al comunismo, lo que puede llevar a equívocos a personas poco doctas en historia. Es el principio y ya empiezo a pensar que está hecha para agradar a los norteamericanos Oscar.

Las penalidades se apoderan del protagonista (y de su familia, mera comparsa prescindible en este guión) hasta que conoce, fortuitamente, a un adinerado empresario (esto sí es la base del sueño americano: ¿quién no se merece un futuro de abundancia si es un trabajador aplicado?).

Obviamente, esta familia adinera hace lo que saben y suelen hacer los ricos: lo que les da la gana, duela a quien duela. Esto sí lo sufre la mayoría de población mundial y podríamos pensar que entonces nos adentramos en la reivindicación de la lucha de clases y la resistencia frente a la explotación. Pero, entonces, ya corremos el riesgo de no ser seleccionada para los Oscar.

Es verdad, que el papel de Laszlo, el arquitecto, está pensado para el lucimiento artístico, algo que el actor Adrien Brody consigue notablemente. Es verdad que aparece la dominación económica y humana del hombre sobre el hombre, con sexo no consentido incluido. Pero se hace más reprobable por ser homosexual más que no consentido. Y aquí es donde la película más patina, al hacer pagar a Harrisson, el empresario endiosado y caprichoso (tal vez una alusión a Trump o a Musk) por algo que en la vida real no tendría consecuencia alguna (¿recuerdan el caso Epstein?).

Pero donde menos se fija el público es en la hiperreligiosidad, especialmente judía que recorre toda la cinta, llegando a ser una crítica aguda al radicalismo religioso, en una pequeña escena, cuando la sobrina (único familiar de la pareja) abandona la familia en una agria discusión, por su laxitud moral (a pesar de cumplir los preceptos judíos) y emigra a Israel, donde su deber de engrandecer el país la llama. Y de aquellos barros vienen los lodos actuales que anegan Palestina.

La obra acaba con una frase lapidaria: “No importa lo que los demás intenten venderte, es el destino, no el viaje”. Por eso, esta cinta pasa cuatro horas contando el viaje (se podía haber contado lo mismo en 90 minutos, pero entonces no tendría ínfulas de obra maestra). Porque lo importante para este sistema es que tengas siempre fe en el destino y no en el viaje. Si no llegas al destino ya será tarde para reclamar otro camino.

Tan decepcionado salí del cine, que pensé que esta película no podía triunfar en los Oscar. Y así fue, aunque no del todo. La desbancó “Anora”. Con comentarios algo inferiores: “El resultado roza el entusiasmo”, Luis Martínez, diario El Mundo, “La nueva joya de Sean Baker”, Elsa Fernández, diario el País o “Anora, la Cenicienta Objetiva”, Manuel Ligero, diario La Marea. Así que acudí a verla inmediatamente. Se proyectaba en las mismas salas. Malo.

La cinta comienza con una ambientación “hiperrealista” de un burdel exhibicionista que no admite el sexo explícito. No sé si existen. Uno de esos días entra un joven que te recuerda a Elon Musk de chaval, aunque más pasado de juerga. Va muy sobrado porque es muy rico y puede hacer lo que le de la gana, para eso paga. Y, de nuevo, la casualidad hace que sea Ani, la protagonista, quien lo atienda.

Ani es el prototipo de chica joven a la que todas aspiran hoy: morena, pelo lacio, labios carnosos, pómulos afilados y curvas. ¿Es una crítica a la autoclonación a la que impulsa la sociedad consumista?

El sueño americano comienza a mover su engranaje. Ella lo atiende muy bien, incluso transgrede las normas del local y le da un servicio con sexo explicito. El chaval vive de fiesta en fiesta y, en una de ellas acaba con Ani en Las Vegas, donde puedes casarte cómodamente. Ay, pero se enteran los padres del chico y mandan a sus esbirros a desfacer el entuerto. Aquí aparece el pequeño fragmento cómico con unos esbirros humanizados y poco agresivos (una licencia poética) ya que los malos, malos, deben ser los padres, especialmente la madre. Y es ella la que desarrolla el auténtico papel de rico mafioso (valga la redundancia) cuando rompe todas las esperanzas de Ani de seguir casada con el chaval y llevar una vida de lujos y desenfreno: si obstaculizas, ni tú ni tu familia podréis vivir decentemente nunca más.

La película se alarga innecesariamente para mostrar la angustia de un cura mafioso que quiere agradar a sus jefes (la familia rica) y una joven pobre que aspira a tomar ya su derecho a ser rica (el sueño americano, de nuevo). Y en este camino maltrata a sus iguales hasta el punto de culparles del fracaso de su sueño. Y la película acaba como empezó: los ricos son ricos y los pobres son pobres pero, ahora, además destrozados.

La vida es como es y el sueño americano es sólo una mentira que mantiene tu esperanza vital. No cabe la rebelión, la lucha o la exigencia. El sistema es inmutable y no lo cambia ni dios.

Salí, de nuevo, decepcionado. ¿Son, realmente los Oscar unos premios al buen cine? ¿Ya no hay buen cine? ¿El buen cine se mueve en otros ámbitos?

Y, tras esto, recordé “El 47” la película patria que recrea muy bien el ambiente de los barrios urbanos en la Transición española, pero que crea una figura heroica (Manolo Vital, interpretado por un creíble Eduard Fernández) al estilo americano, el héroe solitario contra las injusticias. La lucha contra la policía franquista que derribaba chabolas o los políticos de la Transición que tenían los barrios desatendidos no fue un heroísmo individual. Estaba organizado en torno a la oposición al franquismo que representaban el Partido Comunista y las Comisiones Obreras. No contar esto es hurtar la historia a las personas que no la conocen pero, eso sí, hubiera impedido una nominación a los Oscar, algo que, finalmente, tampoco ocurrió.

Lo que no se cuenta no existe y los poderes que dominan el mundo no pueden permitir que la idea de organización, colaboración o exigencia de una vida digna puedan iluminar las mentes.

Así que, decidido a olvidarme un poco de estos amargores, acabo de ir a ver “Mickey 17”, una película que no irá a los Oscar por lo que leerán ahora. Las críticas: “Un festín sublime de pura ridiculez”, Luis Martínez, diario El Mundo; “una obra decepcionante”, Javier Ocaña, diario El País o “el manifiesto anti-millonarios dementes y déspotas”, Begoña Pina, diario Público. Una historia con el sello cómico y surrealista surcoreano de Bong Joon-Ho, el director de “Parásitos”, que pretende reproducir la temática de las diferencias sociales, pero desde un punto de vista mucho menos amargo.

Un magnate endiosado y caprichoso a la par que egocéntrico y estúpido (¿Trump, Musk?) decide conducir su nave espacial a otro planeta donde creará una raza humana pura, asesorado por su incapaz Menguele particular (me ha recordado a los catedráticos promocionados por grandes empresas) y rodeado de un plantel de figuras que nos recuerdan que la estupidez humana es lo único infinito: el ayudante ambicioso y pelota, la población acrítica e indiferente, incluso ante la estupidez (con mayor motivo si proviene de un rico que nos paga un sueldo), de aquellos que ven imperfecciones o chapuzas pero no se atreven a comentarlo y, al final, un motivo pequeño, personal, que provoca una revolución: el esclavo que se niega a morir para que todo siga el camino previsto.

“Este es un cuento de personas tontas”, comenta Bong. Y aquí radica el sarcasmo de esta obra, porque reconocemos una sociedad muy parecida en nuestro entorno. Pero los tontos de Bong acaban siendo adorables, pues, en el fondo adoramos a las buenas personas, a los ingenuos.

Así, esta cinta comienza criticando el juego, esa “industria” usurera, inmoral y prohibida hasta que los gobiernos decidieron legalizarla, que arruina la vida de personas y familias. Esa ruina es la que obliga al protagonista a ser un paria, para mayor gloria del magnate. Critica, después, la situación de los trabajadores, que deben dar, incluso, la vida. “Acostúmbrate a morir, ese es tu trabajo. Demuestra que tienes fe en el sistema”. ¿Quien no ha escuchado una frase parecida en su entorno laboral o en las tertulias políticas? Plantea, también, la libertad sexual como un derecho popular e, incluso, como una fuerza de unión contra la dictadura.

Los ademanes dictatoriales, con simbología filonazi, de los empresarios que dominan el mundo y cuya violencia lleva al desastre al resto de población, provocando un genocidio en la población oriunda del planeta (¿Palestina?) que es salvada in extremis por una revolución (con reminiscencias soviéticas – la rebelión de los soldados rusos en el frente alemán) que tumba la dictadura e instaura una democracia de iguales, que sigue siendo amenazada por el regreso del cacique dictador, hasta que se destruye la máquina de hacer esclavos. La crítica al sistema capitalista actual y su deriva hacia los monopolios, las dictaduras y la violencia, es evidente.

Pero, como en los casos anteriores, se trata de héroes individuales. Sobredosis de superhéroes. Ese Superman o Spiderman que te salvará de los malos y que te permite seguir en tu sillón viendo series y pidiendo comida a domicilio o tomando una caña en la libertad de una terracita para que “No mires arriba” (Adam McKay, 2021), pues nada debe cambiar, porque todo es inmutable en la sociedad actual, cuyo grado de perfección no puede ser superado. Incluso, la licencia poética de viajar a otro planeta nos sitúa en un aura de creencia en la ciencia como solucionadora de todos los posibles problemas. Descuidémonos, vivimos en el paraíso.

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