Si es nuevo no es normal

Una vez que se van concretando las fases de desescalada se empieza a hablar de la salida de la pandemia. De cómo saldremos de esto y de cómo volveremos a reorganizar nuestras vidas, de cómo volverá a funcionar la economía o de cómo recupera su funcionamiento la administración. Se empieza a instalar en el imaginario colectivo esa cosa que llaman “nueva normalidad”. De hecho, el Gobierno ha anunciado, y colgado en su página web, un “plan para la transición a una nueva normalidad”. Se están empleando un par de conceptos que, en si mismos, son antitéticos. “Nuevo” y “Normal” son …

Ebro holocausto leonor

Una vez que se van concretando las fases de desescalada se empieza a hablar de la salida de la pandemia. De cómo saldremos de esto y de cómo volveremos a reorganizar nuestras vidas, de cómo volverá a funcionar la economía o de cómo recupera su funcionamiento la administración.

Se empieza a instalar en el imaginario colectivo esa cosa que llaman “nueva normalidad”. De hecho, el Gobierno ha anunciado, y colgado en su página web, un “plan para la transición a una nueva normalidad”.

Se están empleando un par de conceptos que, en si mismos, son antitéticos. “Nuevo” y “Normal” son dos palabras opuestas, son proposiciones enfrentadas. Nuevo, adjetivo procedente de la palabra latina “novus”. Se aplica a lo recién hecho, a lo que se percibe por primera vez o a algo diferente a lo que había. Puede, también, aplicarse a algo que se añade a lo ya sabido, incluso, puede definirse como nuevo a algo que se ha renovado por completo.

Normal, también adjetivo, proviene del término latino “normalis”. Se refiere a todo aquello que actúa ajustándose a una regla o a un modelo establecidos. También puede aplicarse a lo que es natural.

Precisamente por ello, por el significado de las dos palabras, es imposible hablar de una “nueva normalidad”. El término es una perversión del lenguaje que sirve para todo y para nada.

Pienso que la normalidad en la que vivimos, y hemos vivido, ahora lo único que nos dice es que sería una locura volver a ella. Si me empeño en buscar algo positivo de esta pandemia es la esperanza de que nos haya demostrado los errores en los que no hay que volver a caer.

No soy epidemiólogo, intento informarme, conocer, para tener mi propia opinión. En estos días de confinamiento no he dejado de pensar en la relación de esta pandemia, de las otras que hemos vivido y de las que nos quedan por vivir, con la globalización, con el modelo capitalista, con el desastre ambiental que sufre el planeta.

Ese modelo capitalista, explotador de seres humanos y recursos naturales, acompañado del ultraliberalismo, ha antepuesto el mercado a todo lo demás y por eso ha desmantelado una buena parte de los servicios públicos y los ha convertido, gracias a las privatizaciones, en objeto de negocio. Por eso faltaron recursos sanitarios, por eso los equipos de protección individual, y las mascarillas y los test se convirtieron en productos de consumo, que actuaron en función de la demanda y de quien o quienes podrían pagarlos y objeto indecente de prácticas especuladoras y mafiosas.

Esa globalización hace que el maldito virus se extienda por tierra mar y aire a través de un sistema económico que trafica con lo que fabrica en los sitios y lugares donde menores son los costes salariales o hay claros ejemplos de semiesclavitud. La globalización obliga, e impulsa, a miles y miles de desplazamientos diarios, sin contar los millones de turistas. Los datos demuestran que la hipermovilidad ha sido responsable de la rápida extensión del virus a todo el mundo, por eso se ha recurrido al confinamiento. La globalización y el capitalismo lleva a millones de personas a vivir en precarias condiciones donde la salud es un lujo inaccesible para familias enteras. Las presiones de los poderes económicos son continuas a favor de volver cuanto antes a la normalidad.

Hoy ya sabemos, aunque fauna como empresarios/as, banqueros/as y especuladores/as lo nieguen, que las enfermedades infecciosas se ven favorecidas por el cambio climático, que la destrucción de masas forestales y la desaparición de especies animales y vegetales dificultan el escudo natural contra las infecciones.

Algunos animales, como los mosquitos, extienden sus territorios y, por lo tanto, propagan enfermedades infecciosas más fácilmente. El cambio climático, con inviernos más suaves y más cortos los aprovechan perfectamente los virus que están activos más épocas del año.

No podemos volver a una “nueva normalidad”. No podemos volver a tener el sistema económico, social y ambiental en manos de las multinacionales, de los fondos buitres y los bancos centrales que han sustituido a los señores feudales del pasado.

Debemos exigir, y aquí debemos ser conscientes, como ciudadano o ciudadana, de nuestro derecho y de nuestra capacidad de organización y de lucha, y reclamar una reconstrucción que ponga a la persona en el centro.

Es el momento de exigir y reclamar políticas fiscales redistributivas de la riqueza, de recuperar la soberanía industrial y productiva para quitársela a los mercados, de recuperar y potenciar los servicios públicos, de sustituir el empleo basura por otro digno y con derechos, de acabar con el patriarcado ramplón, de implantar programas serios de decrecimiento, de irnos a un modelo energético limpio y no contaminante, de cambiar el individualismo competitivo por la comunidad solidaria.

Es el momento de plantar cara al sistema capitalista. No es el momento de pactos para una “nueva normalidad”. Nadie, como nunca ha pasado, nos va a regalar nada a esa famélica legión que somos. Es momento de lucha y reivindicación y aquí espero encontrar a la izquierda. Depende de nosotros y de nosotras incidir en los pactos y planes de recuperación porque no podemos permitir que nos lleven a esa “nueva normalidad” que represente más de lo mismo.

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