Sembrar vientos, cosechar tempestades

Asistimos, entre ojipláticas, enfadadas y tristes, a las reacciones al penúltimo acto de la ultraderecha, que bien podemos resumir en aquello tan viejo y no por ello menos doloroso de “algo habrán hecho”; porque si recibes amenazas de muerte, sin duda, te lo has ganado

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Hablamos del viejo discurso de la minifalda o el horario, de las excusas asquerosas y machistas que más convengan según el momento. Nada de esto es nuevo, aunque las lideresas de la opinión radiofónica Angels Barceló y Pepa Bueno se hayan sorprendido.

Para acusar a una mujer de ser responsable de su violación hace falta construir un imaginario en el que la pureza, la castidad, la modestia, el silencio y la discreción sean las virtudes que no ya adornan a la “mujer ideal” sino que manchan a quienes no las llevan por bandera. No, nada de esto es nuevo.

Del mismo modo, para acabar justificando, negando, o menospreciando una amenaza de muerte, era necesario que previamente el campo estuviera abonado, el terreno preparado, colocando un discurso sobre peligrosos extremistas. Resulta necesario regar con desprecio, indiferencia, risas y circos mediáticos el acoso continuado a dos miembros del Gobierno y sus tres hijos menores.

Para descubrir que lo que está en riesgo es la democracia, por imperfecta que ésta sea, no hace falta escuchar a Monasterio insultar a Pablo Iglesias al inicio de un debate en directo. Hace falta haber tenido el debate interno que a todo buen periodista se le supone, hace falta saber sin lugar a dudas dónde está el límite que no vas a cruzar, ni siquiera por el bien de una cuenta de resultados.

No hemos llegado aquí en un solo día. Venimos de años de invitar a quien no merece ser escuchado porque rompe los consensos alcanzados como sociedad, consensos sobre lo que nos hace humanos, sobre lo que nos hace decentes. Venimos de mítines en los que se insulta, en los que se agrede verbalmente al diferente, de sesudos editoriales explicando que esto no es fascismo porque es tan solo una escisión del PP como si eso fuese garantía de algo, de crónicas sobre sus idas y venidas, e incluso cierto grado de lamento porque la sección municipal no proporciona suficiente picante a la corporación.

Ahora vemos que no somos una excepción europea o global y que el odio ha arraigado, alimentado por el miedo, envuelto en falsos discursos en tertulias vergonzantes y silencios atronadores, ahora, algunos se preguntan: “¿cómo hemos llegado a esto?”.

Quizás ayude repasar lo acontecido y la responsabilidad de cada uno, porque no es cierto que te puedas quedar en medio.

Y aunque no guste, pretender inferir violencia en lo que es pura autodefensa, extraer del debate político afirmaciones sin contexto, puede regalarte titulares, iniciar causas penales y atraer el foco mediático a tus maniobras, pero no se nos olvida que mientras el ruido crece y crece, esta gente sigue controlando instituciones, decidiendo el destino de recursos públicos y ayudando a imponer un modelo económico que, una vez más, solo beneficia a los poderosos, y aunque nos acusen de peligrosos y violentos vamos a seguir diciéndolo en las calles, en las plazas, en las instituciones, porque otro modo es posible, en Común.

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