Se acabó la diversión, llegó el coronavirus y mandó parar

Una inoportuna pesadilla me despierta sobre las tres de la madrugada. Casi no puedo abrir los ojos, es como si me los hubieran pegado. Soy consciente de que yo mismo he acelerado el fin de esa pesadilla que atormentaba sin piedad mi noche confinada. Nunca recuerdo esos sueños, al despertar los olvido, en cuanto me hago dueño de mi realidad. Pero esta vez no va a ser así, me levanto a oscuras dándome golpes contra las paredes en busca de papel y lápiz, rápidamente lo apunto todo antes de que el olvido me pueda. Mi desmemoria avanza. La pesadilla tenía …

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Foto: Pixabay

Una inoportuna pesadilla me despierta sobre las tres de la madrugada. Casi no puedo abrir los ojos, es como si me los hubieran pegado. Soy consciente de que yo mismo he acelerado el fin de esa pesadilla que atormentaba sin piedad mi noche confinada.

Nunca recuerdo esos sueños, al despertar los olvido, en cuanto me hago dueño de mi realidad.

Pero esta vez no va a ser así, me levanto a oscuras dándome golpes contra las paredes en busca de papel y lápiz, rápidamente lo apunto todo antes de que el olvido me pueda. Mi desmemoria avanza.

La pesadilla tenía mucho que ver con los colectivos antivacunas, los del movimiento anti 5G, con la industria taurina, la del fútbol, la caza, las salas de cine, de teatro y las librerías. Un cóctel.

He conseguido romper con mi pesadilla. Me siento liberado, feliz..., cuando me dirijo a la mesa para escribir mis recuerdos aún frescos, noto algo de humedad en el ambiente de la vivienda, pasa a través de las ventanas abiertas; está lloviendo. Es lo mejor que podía pasar ahora. Últimamente para mi es la climatología perfecta, mi estado de ánimo se eleva cuando sucede esto.

Después de escribir varias cuartillas me asomo por la ventana que da al patio interior de la vivienda. Llevo varios días pensando que desde comenzó este encierro no veo a algunos vecinos. La incomunicación entre las personas que habitan un mismo edificio es algo muy común. Además, no tenían porque explicarme a mí qué es lo que hicieron, si se fueron, si se confinaron en un cuarto de la vivienda o si se pasaron a la clandestinidad.

El incógnito vecino de arriba sé que está ahí porque tiene en funcionamiento el aire acondicionado. Qué locura, es mayo y ya tiene calor. Hay otro que sé que existe porque lo vi salir a colocar la bandera española en su ventana cuando se encrespó el conflicto catalán, la cerró, y hasta ahora no lo vi más. Muchos meses después se ha asomado otra vez, algo desafiante a la ventana, dirigiendo la mirada hacia todas las direcciones mientras suenan los aplausos de las 20 horas a favor de los sanitarios. Casi seguro que vota a Marcos de Quinto, o algo peor.

Dicen los expertos que en este encierro hay que cuidar la salud mental; pienso que en éste y en cualquier otro. Me siento algo débil y blandito, sensible..., también irascible.

Estoy pensando que lo que se nos viene encima es una nueva situación, como ya sucedió en la crisis de 2008, y que con el paso del tiempo, esta anormal situación se reconvertirá en normalidad, eso sí, diferente. Qué lío.

El distanciamiento social se alargará en el tiempo. Los besos y los abrazos casi están prohibidos. He leído en la Red que estamos en una cárcel de condiciones y circunstancias.

Amanece cada día más tarde en esta mañana llena de inconvenientes. Son días raros, atípicos. Me doy cuenta de que sin hacer tan apenas nada, no me ha sobrado el tiempo. Atendiendo las redes sociales, a los trolls, follows, unfollowers, retweets, likes... Creo que tengo una lesión en mi brazo derecho a causa de tantos movimientos repetitivos.

Existen varias cosas que me preocupan. Sobre todo esas personas que están siendo arrojadas a la cuneta a causa de la pandemia. La generación de jóvenes que vivió la crisis del 2008 y que ahora se enfrenta a una nueva, de origen distinto, y que está recién naciendo; va a desarrollar una capacidad de resistencia y supervivencia fuera de lo común. Y todos sabemos que muchos de ellos se van a quedar en el camino, con escaso margen de recuperación, son carne de cañón. Ya son demasiados los que miran su cuenta corriente y tan apenas tienen 100 €. O algo peor, ver cómo avanza el sinhogarismo.

Han desaparecido de las calles las movilizaciones sociales a causa del Estado de Alarma. Sí que se producen algaradas y caceroladas convocadas por la ultraderecha en zonas de alto nivel adquisitivo, son minoritarias, buscan el enfrentamiento con las fuerzas de orden público o con sectores ideológicos contrarios a ellos para explotarlo luego de forma victimista y de esta manera alcanzar más notoriedad en los medios.

Lo que he visto en estos primeros días de desescalada no me ha gustado nada, demasiadas reuniones grupales en las terrazas, bebiendo sin medida, y sin respetar las normas de distanciamiento.

Mientras no tengamos vacuna, habrá que convivir con el virus, algunos meses, años..., los expertos dicen que ha fracaso la "inmunidad de rebaño". El porcentaje de infectados escasamente llega al 5%. Este virus "viaja" con mala voluntad y no le gusta lo de la seroprevalencia, la "inmunidad de manada".

Es cierto, duermo mal últimamente, pero esto que escribo no nace de un estado hipnótico. Ni de una mala pesadilla. Quizás estemos descendiendo a los infiernos.

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