En su primera novela, "Café Abismo" (La Oveja Roja) —que presentó en La Montonera de Zaragoza el pasado mes de enero—, Sarah Babiker explora el peso de la memoria, las resistencias al capitalismo y la búsqueda de caminos nuevos a través de las voces entrelazadas de una ciudad y tres generaciones de mujeres de la familia Salvatierra. En esta entrevista, la periodista de El Salto y escritora reflexiona sobre los procesos creativos, las tensiones entre ficción y realidad, y cómo los afectos pueden ser una fuerza transformadora en tiempos de incertidumbre.
¿Qué te llevó a escribir "Café Abismo" y cómo surgió la idea de abordar tres épocas tan distintas?
Yo me recuerdo toda la vida escribiendo, en cierto modo forma parte de mi identidad, de mi estar en el mundo. Lo entiendo mejor todo escribiendo: mails, cartas o WhatsApp, artículos, relatos cortos, poesía… Así se me han ido pasando los años, viviendo en parte a través de la escritura. "Café Abismo" surge casi como una necesidad orgánica de generar un mundo más amplio que el que puede crear un relato, contar más de la vida, de lo que veo y me resuena, de lo que puede caber en un artículo. Respecto a las épocas, quería huir del presentismo que nos encierra en una especie de momento angustioso, irreparable, y permitir una mirada más amplia en el tiempo. Observar el aparente callejón sin salida histórico en el que nos encontramos, pero también los caminos que nos han llevado aquí o a los futuros que podríamos inventar.
En el libro, las mujeres de la familia Salvatierra son las protagonistas. ¿Qué te interesaba explorar a través de estas tres generaciones de mujeres?
En realidad, es un libro muy coral, pero en efecto orbita en torno a los recorridos de estas tres mujeres, que son quienes son por los contextos en los que han vivido y las personas de las que se han rodeado. Siento que ese contexto y ese entorno las hace vivir vidas muy distintas: mientras María, la abuela, se hace adulta en un contexto donde la prosperidad capitalista se concreta en cierta seguridad material y certezas hacia el futuro, Marina, su hija, llega a la adultez en plena crisis económica, con la precariedad extendida y las certezas extinguiéndose. Mara, por su parte, crece en una ciudad que intenta cosechar algo nuevo desde la incertidumbre y la imaginación, enfrentándose a lo inacabado de todos los procesos.
“El optimismo se nutre de comprobar que siempre hay resistencias, de saber que siempre ha habido y habrá otros caminos frente a ese ‘No hay alternativa”
La novela plantea una crítica al sistema capitalista, pero también abre espacio para la esperanza. ¿Cómo equilibras el pesimismo y el optimismo en tu escritura?
Como tanta gente, no creo que haya esperanza dentro del capitalismo; es más, considero que el capitalismo mercadea con la esperanza individualista de la prosperidad personal a cambio del esfuerzo. Que haya colonizado gran parte del planeta, los deseos y la imaginación es una fuente inagotable de pesimismo. Pero este régimen es una coyuntura histórica. Choca con resistencias y no convence a muchísima gente. Así que el optimismo para mí se nutre de comprobar que siempre hay resistencias, de saber que siempre ha habido y habrá otros caminos frente a ese “No hay alternativa” que nos venimos comiendo con patatas desde la Thatcher.
El concepto del "fracaso colectivo" aparece varias veces en la historia. ¿Qué significado le das al fracaso y cómo crees que puede transformarse en motor de cambio?
Hay un tema que me gusta mucho que se llama “Canción de la derrota”, de Estrella Fugaz. Le canta, de alguna forma, a la rendición. Yo creo que toca rendirse de algunas cosas para empezar a intentar otras. Primero habría que disputar los mismos conceptos de éxito y fracaso, ese binomio jerarquizador que el capitalismo utiliza para empujarnos a la competitividad. Segundo, quizás no es malo fracasar en algunas cosas. Por ejemplo, como un partido político transformador, cuando todo el marco institucional está hecho para abortar cualquier transformación. Aprender de estos fracasos colectivos podría ser un principio, para dejar de descalabrarse contra el mismo muro y atreverse a explorar otros caminos.
La ciudad y sus espacios comunes tienen un papel muy simbólico en "Café Abismo". ¿Qué te inspiró a centrarte en este escenario?
Aunque llevo años sintiendo que necesito vivir más cerca de la naturaleza, toda mi vida se ha desarrollado en ciudades. He vivido en varias, en diversos países. La mayor parte de mi vida he disfrutado perdiéndome por ciudades nuevas o revisitadas, escuchando conversaciones, observando, escribiendo. Mi amor por las ciudades es real, es el amor que se tiene a lo vivo. Sin embargo, en los últimos años las ciudades me agotan. Siento que muchas están enfermas: homogéneas por la gentrificación, plásticas, expulsivas por el precio de la vivienda. Pero también me pregunto si el problema no está en mi mirada, en que las prisas y el móvil no me dejan percibir lo que aún late y se resiste en las ciudades. El lugar central que tiene la ciudad en "Café Abismo" es, en cierta medida, un homenaje y una conversación sobre lo que queda de su vitalidad.
"Aprender de los fracasos colectivos podría ser un principio, para dejar de descalabrarse contra el mismo muro y atreverse a explorar otros caminos"
El papel de los afectos y el compañerismo aparece como una fuerza transformadora en la novela. ¿Cómo lo concibes?
Permíteme esta frase categórica: en los afectos, en el compañerismo, en la amistad, está todo lo bueno, todo lo que merece la pena ser salvado y todo lo que nos va a salvar. Claro que esto puede problematizarse desde muchos ángulos, pero yo no quiero problematizarlo. Quiero habitarlo y sembrarlo. En la novela, cuando todo parece a punto de colapsar, los afectos y el compañerismo se expanden más allá de las fronteras identitarias, más allá de lo que el capitalismo nos dice que debe importarnos. Mientras esos lazos se transforman, se fortalecen y se democratizan.
Finalmente, en "Café Abismo" propones futuros llenos de contradicciones. ¿Qué mensaje esperas que inspire en tu comunidad lectora?
No se trataba de crear una utopía frente a una distopía. Quería incidir en la ruptura, en el cambio de rumbo. Que cuando nos ofrecen solo dos caminos, podamos pensar otros nuevos, con sus baches y desafíos, pero porque los elegimos y los transitamos juntas. La cuestión, supongo, es seguir caminando aunque nos duela todo.

