La Ciudad Global crece urbanizando sus límites que son -por definición- su antítesis, es decir, el campo humanizado y más allá: La propia naturaleza. Es la urbanización del espacio rural, que convirtiéndolo muchas veces en propiedad privada, objeto de especulación y, al final, contenedor del urbanismo y de los símbolos homogéneos de la globalización, lo sustrae a su situación de espacio efectivo y funcional a las identidades locales, ayudando a convertir en mito o en pintorescas y objeto de consumo, las manifestaciones culturales étnicas o de culturas agrarias que le eran coherentes.
Es decir, la ciudad capitalista se apropia del espacio, lo convierte en propiedad privada, lo pone el mercado y, al mismo tiempo, periferiza o vacía de contenido las culturas populares anteriores (y en el proceso consigue mano de obra barata). Este era (es) el proceso paralelo al de la acumulación del capital, proceso que con la globalización, los cambios en la naturaleza de las relaciones sociales y los cambios en su escala, que más o menos todos conocemos, desembocan en una nueva ciudad difusa. Una ciudad que es un territorio descontinúo, un ámbito confuso en el que un nuevo proletariado global y los nuevos lumpen propietarios, varados en las orillas de la tormenta inmobiliaria, se mueven casi como zombis de un lugar a otro, ofreciendo su única mercancía, el trabajo, al tiempo que van perdiendo rasgos culturales por el camino y convirtiendo otras referencias culturales en simples fotos fijas que, al fin, devienen en dogmas irracionales de sus culturas de origen. Culturas cuyos códigos ya no son funcionales a la realidad de la ciudad laberinto capitalista. No sirven de brújula, si acaso de refugio.
“(...) mezcla de zonas compactas con otras difusas, de centralidades diversas y áreas marginales, de espacios urbanizados y otros preservados o expectantes. Una ciudad de ciudades en su versión optimista o una combinación perversa entre enclaves globalizados de excelencia y fragmentos urbanos de bajo perfil”. Jordi Borja, 2007, 'Revolución y contrarrevolución en la urbe globalizada'.
Una ciudad que contiene todas las anteriores (la romana, la medieval, la del capitalismo de la Revolución industrial, la del capitalismo fordista, la del consumo de masas…) pero no es ninguna de ellas, de la que es difícil salir, que se convierte en objeto de consumo, en un decorado de sí misma y que necesita de los grandes eventos para atraer financiación y retener al capital fijo (en medio del baile deslocalizador), eventos a los que, por otra parte, con las prisas del mercado, les estorba la ciudadanía y su participación.
“La topología del dispositivo panóptico (topología de punto fijo) es sustituida por la topología del laberinto (topología sin punto fijo). En el laberinto siempre hay una salida practicable, pero ninguna de las salidas conduce a la salida; hay caminos, pero ninguno lleva ninguna parte (a ningún lugar a ningún tiempo); no hay paredes, pero todo el tiempo, todo el espacio es una pared. Nada tiene sentido. Los centros comerciales son el laberinto modelo. Ahora la institución por antonomasia no es la cárcel, sino el centro comercial (...). La cárcel es una metáfora de la colmena, el centro comercial es una metáfora del estercolero: el espacio y el tiempo estallan en una multiplicidad de vallas y altavoces; los que un día fueron abejas son moscas aturdidas van de aquí para allá (...) empapuzándose de basura y de ruido.” Jesús Ibáñez, 1994, 'Por una sociología de la vida cotidiana, SXXI'.
En este laberinto red, creado a imagen y semejanza de las periferias y los suburbios, donde una gasolinera sucede a una salida de la autopista y esta a una urbanización o a un centro comercial, donde la globalización capitalista en su dinámica rampante a medido que ha ido avanzando ha ido igualando los patrones de vida, los horarios, las series de TV, ha ido reordenando los patrones de consumo de relaciones sociales, todo aquello que le favorece ha sido enfatizado y lo que le obstaculiza…vaciado de significado, en un proceso dialéctico (Hollywood vs Bolywood) y complejo, que no encuentra más salida que el empobrecimiento global de las de abajo, empobrecimiento cultural, vital económico. Este empobrecimiento es el correlato de la financiarización de la economía, de las bolsas de valores, del circuito secundario del capital, pero, al mismo tiempo, tiende a igualar, a escala global, las alianzas e intereses de las de abajo abriendo la posibilidad de nuevos “bloques sociales antagónicos”, en la medida en que convierte en mercancía todo lo que toca, que tiende a igualar los patrones de comportamiento, valores y consumo y que aspira a convertir todo el trabajo, toda actividad, como parte constitutiva de las relaciones sociales capitalista , es decir, también en mercancía.. La ciudad capitalista global avanza así...
Desde esta perspectiva ya no resultan tan sorprendentes las sucesivas revueltas urbanas que estos últimos años parecen saltar de un punto a otro del globo, con sospechosa semejanza en sus aspiraciones y en los medios usados, obviando los contextos políticos concretos en donde se desenvuelven (que es mucho obviar),
De Taksim a Lisboa, de Sintagma a Sao Paulo, de Tahir a Sol, de Túnez a Belgrado, las revueltas de las masas urbanas, empobrecidas en la crisis sistémica y civilizatoria, es un hecho real, ya no se puede negar. Se podrá poner todos los peros, salvedades y circunstancias “nacionales” que se quieran y que, seguramente, actuaran en contra de una hipotética alianza global de las de abajo y matizaran hasta el infinito esta afirmación, pero lo que es cierto, es que el sujeto ha nacido y se está manifestando. Busca, en ese laberinto de señales confusas y repetitivas, por donde debe ir el programa del proletariado global. Al buscar, miran a su alrededor y rebuscan en la antigua ciudad de su memoria, los signos de pasadas rebeldías, los códices de viejas costumbres en común, agotados ya los viajes de la ilusión de que el poder no existe en el laberinto red, de que la lucha de clases se había acabado.
La Lucha de clases renace con fuerza, el trabajo, las mujeres cada vez más protagonistas globales, las de abajo allí donde acumulan fuerza, la hacen sentir al capital y a sus aliados. Las redes sociales trasladan en décimas de segundo una imagen de desenmascaramiento de la ópera bufa de los juegos políticos de las élites nacionales, ya sean Mursi, Assad o Rajoy.
¿Este va a ser nuestro futuro? -se preguntan- ¿El de espectadores subalternos y empobrecidos de una mascarada que ya no convence? ¿De pagadores en derechos y rentas de la crisis capitalista y de la implosión de la democracia burguesa? Ni el acceso a la universidad, ni la democracia formal, ni el “estado social” sirven ya para dar satisfacción a las necesidades básicas, por decirlo así - no sirven ya- en esta ciudad laberinto, como marco para la acumulación de felicidad y esperanzas de las de abajo.
Muchas cosas están cambiando, como decía El Roto en una viñeta reciente, de repente todos los partidos han envejecido siglos, los estamentos perennes del antiguo régimen: Espada, cruz y corona, despiden un fuerte olor a rancio, intolerable ya para las masas urbanas y los espabilados financieros pierden posiciones día a día, cada vez es más patente el engaño. El régimen, los regímenes, están en cuestión, pierden credibilidad y la impostura ocultada por el ruido de los media se hace evidente. Es muy significativo que una buena parte de la población de un país como Brasil rechace el mundial de fútbol, donde el fútbol es religión, debería dar una pista de la profundidad de esta toma de conciencia global incipiente, sobre todo, si se tiene en cuenta que los grandes eventos globales, como olimpiadas, exposiciones internacionales, mundiales de fútbol son marca y escaparate del modelo de este neoliberalismo global todavía rampante.
Volvamos pues a la ciudad, pues en ella se da la lucha por el poder, esa lucha histórica y sorda, entre los miserables y sus poseedores. Ellas, las ciudades, determinan el espacio físico donde se desarrolla la batalla:
“Todos sabemos que el espacio es finito, que puede ser escaso, que puede ser caro, que puede estar contaminado. La Referencia al espacio se hace familiar: a medida que pierde sentido, gana peso. ¿Qué traduce esta paradoja, sino una conciencia de que el espacio no es lo que se creía, un soporte neutro, un marco pasivo, un escenario inocente, sino la memoria, el propio campo, la baza de las prácticas sociales? Las relaciones sociales se inscriben y se imprimen en el paisaje como una superficie de grabación: memoria. Los aparatos de poder operan en el espacio: terreno y en él se materializan: posiciones. Las clases, las fracciones del capital, los ejércitos, los Estados se enfrentan en él: frentes, diputándose en el unos territorios: baza. Sus aparatos confinan, desplazan, exilian, canalizan, encierran: ciudades obreras, ghettos, ciudades nuevas, barracas, campos de concentración, cuarteles. Las relaciones espaciales son unas relaciones de fuerza”. Yves Lacoste, 'La geografía, un arma para la guerra'.
El espacio, paradójicamente a medida que parece que pierde importancia en la sociedad de la información, gana en peso en las referencias buscadas de las de abajo. Quienes tratan de dar nuevos contenidos y significados a espacios que son suyos, donde ejercen el poder en un momento concreto de la protesta, puesto que el poder es –entre otras cosas- tener una correlación de fuerzas favorable en un espacio dado: Tahir, Taksim, Sintagma, Sol…espacios ya ligados al acerbo común alternativo de las de abajo, y quedan almacenados como suyos en la memoria global. Son escenario de su grandeza como movimientos realmente de masas y marco de la génesis de su propuesta de organización social, testigos de su poder. Por otro lado, abren nuevas dinámicas dirigidas a la búsqueda de la memoria perdida, escondida en la ciudad por años de reformas, especulaciones, cascos históricos patrocinados, parques temáticos del folklore urbano, objetos del consumo turístico de masas, para darles un nuevo significado desde abajo y subvertir el orden consumista establecido.
Hay una relación dialéctica, profunda y definitiva entre la ciudad capitalista y sus habitantes que quieren pasar de súbditos, de consumidores y de residentes a ciudadanos, transformándola por completo en el camino. Recuperando el sentido y el significado social de cada rincón frente a la homogenización de las franquicias del consumo global, rebelándose contra las calles privadas, contra el exceso de significantes y el defecto de significados.
Una ciudad que no sea subsidiaria de los eventos espectáculo y de los centros comerciales, de las urbanizaciones exclusivas, los espacios del poder y de su fiesta, donde la democracia se suspende -mientras compras no puedes protestar. No es casualidad, que estén en el origen de la indignación: El parque de Guiza en Estambul o el despilfarro en las reformas urbanas de las ciudades brasileñas para el Mundial de futbol, las grandes exposiciones o la propia lucha por la vivienda (el espacio más importante en nuestras vidas).Al fin y al cabo, estas son formas que expresan en el fondo uno de los frentes de la lucha de clases, de las trasferencias entre capital y trabajo, del reparto de cargas en los pagos de la crisis capitalista, del estallido de la burbuja inmobiliaria que, por otra parte, no es más que una hipertrofia socialmente cancerígena de la urbanización capitalista, en el marco, de una financiarización fetichista del suelo. Es decir consumo de espacio En fin, de nuevo: El espacio.
El espacio y la memoria que contiene, sobre todo en la ciudad, escenario privilegiado siempre de revueltas y revoluciones: En la ciudad, los rastros de esa memoria son señales en el laberinto global que hay que interpretar, desde esa memoria y estas experiencias. Comienzan ahora el 99%, por usar la expresión occupy, a retrazar su senda, a ver cómo sería su reflejo en este laberinto al que quieren dotar de su significado, de una salida, de su manual de uso, y tamizarlo con la cálida solidaridad y esperanza de los pueblos. Así reconstruirán un programa desde abajo a arriba para buscar una salida, atendiendo a sus necesidades, un programa que -cuando se concrete- será ineluctablemente de ruptura con el capitalismo.
Mariano Alfonso | Para AraInfo




