En la inexistente academia del librepensamiento conversan con naturalidad, maestros y aprendices de filósofo de todo pelaje con amantes de los credos que se han superpuesto en la historia de la humanidad y que han hecho de la duda su herramienta. Esta convivencia que sería el mayor tesoro es el mayor de sus infortunios porque el ser humano, desde siempre y cada vez más, solo parece perseguir certezas y seguridades. La duda está mal vista y la posibilidad de contemplarse a sí mismo desde el ojo ajeno es una rareza impensable cuando tanta gente escapa de la plaza pública y queda atrapado en unas redes que, llamándose sociales, no son sino soledades amontonadas. Onanismo espiritual lo llaman algunos.

Precisamente ahora que todo apunta a que la actualidad va a hacer profesión de ética social y que todólogos y políticos se erigirán en adalides de feminismo y justicia entre géneros, es tan necesario como siempre, no perder la percepción global de las cosas. La realidad es mucho más que lo que brilla entre pantallas y cada cara tiene su envés.
Ni que decir tiene que, por encima de cualquier otro análisis y previo a cualquier comentario, el reconocimiento a las victimas de cualquier agresión es prioritaria. Por ello no sería ni medianamente decente apuntar comparaciones entre agravios de distintas geografías o tiempos o de distintos grupos sociales o políticos que puedan desdibujar la gravedad de los hechos que ahora centran la atención. Lo que ahora sufre un rincón de la política mañana puede reinar en el rincón opuesto.
Sería prueba de que la sociedad que disfrutamos es lo madura que desearíamos si todas sus partes (gobernantes y gobernados) actuaran sin aspavientos sobre las iniquidades y sus autores, evitando arrojar unos sobre otros, aquellos actos execrables que puedan herir en los más hondo la sensibilidad de las personas a beneficio del interés por desbancar al contrario del poder o imponer una cosmovisión prefabricada. En esto también sería exigible más gestión y menos espectáculo, pero mucho nos tememos que tampoco hoy nos acompañará el acierto y tendremos que seguir navegando por el desierto.
Tal como anda el panorama o precisamente por eso, es necesario abrir el foco de la visión y, sin obviar ni eludir culpas y castigos, procurar enmarcar los acontecimientos, cualquier acontecimiento, en la sociedad en que se han desarrollado.
Más allá de la realidad doméstica española, los siempre fecundos campos de batalla está llenos de victimas y verdugos pero haríamos mal en mirar solo las estadísticas de muertos y heridos o la crónica periodística sobre las ruinas. Cuando los conflictos amainen, los supervivientes, tanto verdugos como victimas, seguirán sumando días en sus calendarios. Ni Europa se desnazificó de la noche a la mañana por convencimiento colectivo en 1945 ni España evaporo el franquismo vengativo en 1975 seducidos por las libertades democráticas. Por eso la gestión del sustrato social es tan importante, la historia se cuece a fuego lento y por eso hay que tener una precaución extrema en los ingredientes que se echan en el puchero.
En una guerra o en la convivencia cotidiana no todo el mundo es un psicópata malvado ni un supremacista declarado, pero todos, por causas difíciles de definir podemos ser auténticos criminales de guerra o maltratadores. Ese sustrato del "digestor" de la cultura compartida, en la que sobran frivolidad, hedonismo, supremacía de una idea o deshumanización del otro, hace que atavismos, incluso ignorados por el agresor, emerjan con toda fuerza para que una persona afable llegue a cometer la mayor de las monstruosidades. Casos hay y habrá aquí y allá, hoy, mañana y pasado mañana porque la salud del alma es muy frágil y un ego enfermo es capaz de la mayor injusticia.
Cuando la guerra sigue siendo uno de los mejores negocios para los dueños del mundo y la cultura del supremacismo triunfa en todas las edades y geografías, es difícil avanzar hacia una convivencia entre iguales por mucho que se firmen diez papeles grises para amar u otros tantos acuerdos de la ONU sobre el genocidio de Gaza o protocolos contra la violencia de genero. Una vez hayan cesado los bombardeos de Gaza cabría preguntarse qué harán en Oriente Medio todos esos aviadores que han perpetrado la masacre o qué actitud adoptarán los niños que sobrevivan que han visto morir a sus hermanos como milicianos de Hamás. Encontrarán los mercenarios rusos un lugar de encuentro con los mercenarios ucranianos para que la tierra que han quemado durante casi tres años pueda dar pan algún día o es que el torbellino de la violencia se convierte en el desagüe de la humanidad que arrastra a las mujeres y hombres más allá de toda creación.
Desde la tristeza de la realidad, la de aquí, la de las personas destruidas por el circo de la política y la de los campos de todo el planeta sembrados de ruina y dolor solo cabe resistir en la esperanza.
La esperanza agranda el alma para que acoja las cosas grandes. Byung-Chul Han
Publicado originalmente en La Ribagorzana.

