Estamos en Zaragoza, dónde la corporación municipal sale el día de San Valero, patrón de la ciudad, en procesión a adorar el brazo y el cráneo de un señor que murió en el siglo IV, el obispo Valero y del que no sabemos casi nada. De hecho los huesos que se adoran pueden perfectamente no ser suyos, dado que se traen el siglo XIII desde Roda de Isábena, parte lo que se cree era el cuerpo de Valerius, alguien que murió en algún punto de Uesca sobre el año 315. Novecientos años antes.
Una misma corporación que monta un fiestón valenciano (la Ofrenda de flores a la virgen es copia literal de otra similar que se hacía a la Virgen de los Desamparados) a la presunta llegada de una anciana, Miryam de Nazaret, para encontrarse con un apóstol, Iacobus Zebedeo (alias Santiago) trayéndose una columna de jaspe de camino. La misma señora que le puso una pierna a un cojo siglos más tarde. Mientras, a Santiago le dio tiempo a volver a Jerusalén para que lo mataran y luego que su cuerpo volviera hasta Galicia (en una barca de piedra ¡Toma ya!) para que lo enterraran.
Visto así, en pleno siglo XXI, todo parece una insensatez tremenda. Pero moviliza la fe de miles de personas y las no creyentes, o de otras religiones, en un estado aconfesional nos tenemos que aguantar con que las instituciones hagan apología de su fe católica, algo que pertenece a la intimidad de cada quien.
Al igual que se subvenciona la educación católica con los conciertos educativos y luego se acusa a la pública de ideologizar al alumnado. Será que el hecho de llamar a un colegio Cristo Rey o La Purísima no es una toma de posición.
También notamos el largo brazo de la Iglesia en nuestras vidas en asuntos tan cruciales como el derecho a una muerte digna.
Han pasado los tiempos en que se condenó a pena de cárcel al poeta Ángel Guinda por escribir versos sexuales sobre Dios en un café de Zaragoza o a dos cenetistas por corear "La Virgen del Pilar a trabajar". Ya en democracia, no en los tiempos más oscuros del franquismo.
O quizá no han pasado del todo, como nos recuerdan los constantes intentos de censura de organizaciones integristas como Abogados Cristianos.
Ser no creyente no es fácil en un estado aconfesional, qué paradoja. El tener fe, el creer en lo imposible, tiene buena prensa.
En cambio, optar por el sentido común, por una visión racional de la realidad parece que es cosa de locos, de mala gente. Y de esa imposición nacen muchas otras, incluidos posicionamientos políticos que, incluso en nombre de la libertad, nos hacen un poco menos libres.
Frente a la creencia el raciocinio, frente a la fe la realidad. El derecho a no creer debe estar, por lo menos al nivel de profesar cualquier religión. Y el mundo de las ideas es el mundo de los humanos.
Quienes no aspiramos a trascender sí que aspiramos a tratar mejor al prójimo. Aunque llegue en patera.
Acratorial semanal del programa El Acratador de Radio Topo, radio libre de Zaragoza.

