¿Qué crisis es esta? ¿Fin del capitalismo? (parte III, IV y V)

Este artículo, es la tercera, cuarta y quinta parte del texto base de una conferencia impartida por Pedro Arrojo, profesor de economía y Premio Goldmann de Medio Ambiente, en la Universidad de la plaza, del 15M de Uesca. Puedes leer la primera parte aquí y la segunda aquí. [Con Firma] Acabar con la opacidad del sistema financiero y  los paraísos fiscales. ¡Piensa global y actúa local y globalmente! (3ª parte) | ¿Decrecimiento sostenible para una nueva "prosperidad? | Por Pedro Arrojo Agudo, profesor del Dpto. de Análisis Económico de la Universidad de Zaragoza. El autor recuerda que éste es un texto en …

Este artículo, es la tercera, cuarta y quinta parte del texto base de una conferencia impartida por Pedro Arrojo, profesor de economía y Premio Goldmann de Medio Ambiente, en la Universidad de la plaza, del 15M de Uesca. Puedes leer la primera parte aquí y la segunda aquí.

[Con Firma] Acabar con la opacidad del sistema financiero y  los paraísos fiscales. ¡Piensa global y actúa local y globalmente! (3ª parte) | ¿Decrecimiento sostenible para una nueva "prosperidad? | Por Pedro Arrojo Agudo, profesor del Dpto. de Análisis Económico de la Universidad de Zaragoza. El autor recuerda que éste es un texto en elaboración y por tanto agradecerá críticas y todo tipo de aportaciones que se pueden dirigir al correo arrojo@unizar.es.

4.- El Decrecimiento Sostenible como clave de esa nueva “Prosperidad”

Una alternativa conceptual frente a la desmesura irrealizable del “crecimiento sostenido e ilimitado” es la del “decrecimiento sostenible”. Desde esta línea de pensamiento no se pretende dar marcha atrás al desarrollo económico o tecnológico, sino asumir, desde un marco democrático, la integración del inexorable carácter limitado del planeta en nuestro concepto de prosperidad. Constatadas las múltiples crisis de insostenibilidad abiertas y la crisis de inequidad y pobreza que desgarra nuestra sociedad global, se trata simplemente de hacer un ejercicio de responsabilidad democrática.

Resulta moralmente indiscutible la necesidad de que el llamado tercer mundo y ese cuatro mundo de miseria que vive marginado en el seno de los países del primer mundo accedan, de forma efectiva, a mayores niveles de consumo en bienes y recursos. Ese camino lo han iniciado ya, por cierto, millones de personas en las llamadas potencias emergentes, sin contar en principio con el permiso del primer mundo… Pero ello exigirá, desde una actitud responsable y democrática, reducir nuestro nivel de consumo en los países ricos y clases enriquecidas de los países pobres y en desarrollo. Debemos afrontar en suma, un reto global de redistribución de rentas.

Desgraciadamente, aunque hay experiencias de superación de la pobreza sumamente interesantes en las economías emergentes, el modelo que preside esa emergencia no deja demasiado espacio para el optimismo. Por ejemplo, el modelo chino, con políticas de acaparamiento de tierras y recursos naturales, desarrollo de grandes infraestructuras, etc…, en África y América Latina, no hace sino reproducir lo peor de la competitividad mercantilista del capitalismo y del autoritarismo del “socialismo real”, con el denominador común en ambos sistemas del crecimiento como dogma.

En la vieja Europa, centro neurálgico de la presente crisis, el único escenario que se ofrece es, en el mejor de los casos y dejando al margen la posible quiebra, un largo proceso de recesión que impone, de hecho, una drástica reducción del consumo. Se imponen, en niombre de la necesaria “austeridad”, brutales recortes en los derechos y servicios sociales, al tempo que millones de personas se ven abocadas al paro, sin protección y en condiciones de creciente pobreza. Sin embargo, no se abre proceso autocrítico alguno que cuestione la mentalidad consumista ni las desigualdades que, de hecho, tienden a crecer más con la crisis. Se nos explica que debemos reducir nuestro nivel de vida y de consumo como condición inexorable para poder relanzarlos de nuevo, cuando la senda del crecimiento pueda reactivarse… Un planteamiento, en suma, continuista en el que brilla por su ausencia el menor destello de conciencia crítica, ni frente al reto de la sostenibilidad ni frente al escarnio de la injusticia social.

En el presente contexto de depresión por recesión deberíamos hacer, como dice el refrán, “de la necesidad virtud”. Para ello es preciso entender y asumir algo que en el fondo es sencillo: en el contexto europeo, para conservar las conquistas esenciales del llamado estado del bienestar y mejorar incluso nuestro nivel de prosperidad (felicidad individual y colectiva), no nos faltan capacidades, ni recursos; lo que necesitamos es reordenar esas capacidades y recursos, promover una distribución de rentas más equitativa y cambiar nuestra mentalidad consumista y competitiva. Se trata de desarrollar un nuevo concepto de prosperidad democrática, realmente globalizable, vinculado con las claves de la felicidad y del bien vivir. Deberíamos, en suma, aprovechar la crisis para promover una transición inteligente y justa hacia una sostenibilidad democrática.

Deberíamos asumir el reto de salir de la presente crisis financiero-económica dando respuesta a la crisis de insostenibilidad, que condiciona y condicionará inexorablemente cualquier alternativa. Tal y como sostiene Ridoux, debemos entender que la disyuntiva clave no está entre “crecimiento sostenido” o “decrecimiento sostenible”; sino que la disyuntiva se perfila, cada vez de forma más clara, entre “decrecimiento sostenible” o “recesión”. No se trata simplemente de consumir menos, cuestión que está ocurriendo de hecho con la crisis, sino de diseñar un nuevo concepto de prosperidad basado en consumir menos, los que consumimos más, repartir mejor renta y trabajo para, en última instancia, disponer de más tiempo para gozar de la vida. Justo lo contrario de lo que se nos propone como pretendida solución a la crisis: trabajar más los que trabajan y retrasar la jubilación de los mayores, dejando sin trabajo a los más jóvenes lo que, en definitiva, supone aumentar el paro y la desigualdad…

Una sociedad que consuma menos no tiene por qué ser menos feliz, a menos que esté organizada para perseguir la felicidad sobre la expectativa de consumir más. En realidad, si lo pensamos bien, la perspectiva de tener que consumir menos desemboca en la desgracia y en la quiebra social de la “recesión”, no tanto por el hecho de vivir con menos, sino por la frustración de consumir menos desde una mentalidad consumista. El reto de vivir felices con menos consumo es más un reto cultural que económico.

Por otro lado, deberíamos acabar con la obsolescencia programada de la mayor parte de los productos industriales que usamos. El mismo móvil, ordenador o bombilla pueden durar mucho más, con el mismo esfuerzo productivo. Hoy se conocen, e incluso se justifican, en nombre del desarrollo económico y del mantenimiento de puestos de trabajo, las estrategias compartidas por las grandes firmas que fijan ciclos cortos de vida para la mayor parte de los productos, desarrollando técnicas de márketing (que al consumidor a comprar nuevos modelos aunque los anteriores sigan siendo válidos) y a menudo incluso mediante estrategias de diseño que limitan la vida útil del producto (evolución programada del software, chips de caducidad,…)

Por otro lado, el “crecimiento sostenido” de una parte de los que eran pobres hace poco (en China, India, Brasil,…) puede transformarse, o bien en un desarrollo regional desigual, frágil y efímero, o bien en la antesala de un colapso socio-ambiental de carácter global. Cambiar las reglas del juego hacia un “crecimiento progresivo limitado” de los países empobrecidos y en desarrollo, exigiría una profunda reforma democrática del vigente orden internacional, que exigiría, no sólo un liderazgo compartido de las grandes potencias tradicionales y emergentes, sino también de una participación efectiva del resto de países. Si eso no es posible, probablemente asistiremos a un progresivo colapso del sistema a través de una crisis larga y dolorosa.

La Crisis: ¿tumor extirpable o metástasis financiera?

Cuando estalló la crisis en EEUU en 2008, los mismos analistas que no habían sabido prever el desastre, dictaron un diagnóstico benévolo, basado en los activos tóxicos generados por malas políticas financieras y por especuladores sin escrúpulos… Se trataba, por tanto, simplemente, de identificar, aislar y extirpar esos tumores especulativos, y el sistema recobraría su capacidad de crecimiento.

Sin embargo, la realidad ha venido demostrando que la cosa no era tan sencilla. De hecho, la inyección de 700.000 millones de dólares del erario público en EEUU, para neutralizar activos tóxicos, de 400.000 millones de libras esterlinas en Reino Unido, y de cantidades proporcionales en los diversos países del Primer Mundo, no han permitido recuperar la capacidad crediticia de esas entidades privadas. Y no sólo estamos hablando de unos cuantos especuladores irresponsables sin escrúpulos, sino de los más “solventes” banqueros a nivel internacional. En este contexto, asistimos a un colapso de préstamos interbancarios por desconfianza mutua en los respectivos niveles de solvencia real de unos y otros, así como al bloqueo del crédito hacia las actividades productivas. Todo ello confirma una generalizada conciencia sobre la propia vulnerabilidad, aún entre los que se presentan como solventes, que desemboca en una fundada y generalizada desconfianza en la solvencia de los demás.

A mi entender, sería el momento (nunca es tarde si la dicha es buena…) de pasar revista crítica a los resultados de esa liberalización global de los negocios financieros que nos ha llevado a generar esa descomunal burbuja financiera. El monopolio de los Estados para crear papel-valor, en forma de moneda, bajo el control de instituciones internacionales, se ha abierto a las instituciones financieras en forma, no de moneda, sino de múltiples productos financieros con continuas transacciones internacionales que han quedado fuera de un control público efectivo por parte de los Bancos Centrales y de las Instituciones Económico-Financieras Internacionales.

No obstante, esta evidente falta de transparencia y de control público efectivo sobre el sistema financiero no explica, ni menos justifica, la ceguera de estas instituciones reguladoras ante los riesgos que han desembocado en la presente crisis financiero-económica. La sombra de complicidad por parte de estas instituciones y de los propios gobiernos, empezando por los más poderosos, va más allá de la sospecha. Pero, a mi entender, la punta del iceberg más evidente de esa complicidad política con la opacidad del sistema financiero e incluso con el crimen organizado (aunque suene duro…), a niveles nacionales e internacionales, es la existencia indiscutida e incuestionada de los Paraísos Fiscales.

Tal y como reflexiona acertadamente el profesor Enric Tello, resulta cada vez más claro que la crisis financiera es uno de los resultados catastróficos de esas políticas de desregulación del sistema, lideradas durante dos largas décadas, entre 1987 y 2006, por el que fue presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Alan Greenspan. Sin embargo, tal y como subraya Tello, algunos economistas sensatos advirtieron que esa “ingeniería financiera”, con la que Wall Street cautivó al mundo rico, era la semilla de un desastre anunciado. La lista incluye premios Nobel de economía como Maurice Allais, Joseph Stiglitz, Paul Krugman, o incluso John Kenneth Galbraith con su obra La economía del fraude inocente, publicada poco antes de morir. Destacan también las advertencias del especulador George Soros, o las consideraciones de Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo, que calificó esas estrategias de ingeniería financiera como «armas de destrucción masiva»…

Todo ello me lleva a concluir que el benévolo diagnóstico del “tumor extirpable” debe tornarse en un diagnóstico de metástasis financiera que amenaza colapsar el sistema económico, al tiempo que degrada de forma inaceptable la democracia, relegando a Gobiernos y Parlamentos a simples gestores de las órdenes y presiones de los llamados “mercados”, en plena vorágine especulativa.

El sistema financiero ha dejado de cumplir un papel instrumental al servicio de la economía productiva y del desarrollo social, para transformarse en un negocio especulativo en el que la inmensa mayoría de los movimientos de capital, de facto, están lejos de perseguir objetivos productivos, y menos aún objetivos sociales. Hemos permitido que el sistema financiero haya pasado, de ser un instrumento para dinamizar objetivos económicos y sociales, a ser el centro del poder, del que dependen hoy el sistema económico e incluso las instituciones políticas que deberían gobernar nuestra sociedad, desde una, cuando menos pretendida, legitimidad democrática.

El modelo neoliberal imperante ha venido mitificando las capacidades del “libre mercado”, en términos generales. El objetivo de incentivar la eficiencia, no sólo ha oscurecido y eludido la consideración de valores sociales y ambientales, sino que ha oscurecido también el análisis empírico de los pretendido beneficios económicos de la desregulación financiera. Por otro lado, la creciente desigualdad con el consiguiente desequilibrio de poder efectivo entre los actores económicos y políticos, unida a la opacidad de ese espacio global, desregulado y pervertido por todo tipo de prácticas ilegítimas, con los paraísos fiscales como parte visible del iceberg, nos han llevado a un marco en el que hablar de “libertad”, a trasvés del mercado, es a lo sumo una broma de mal gusto…

Sería momento oportuno para hacer un balance de los costes y beneficios aportados a la economía mundial por esa liberalización financiera que, en principio, debería hacer fluir capitales hacia las actividades económicas más eficientes, dinamizando la actividad económico-productiva.

De entrada, la liberalización de mercados y del flujo de capitales ha tenido como uno de sus impactos más relevantes la deslocalización productiva al amparo de incentivos de dumping social y ambiental.

Pero más allá de esas perversiones y sus demoledores impactos, que cuestionan por sí mismas la pretendida eficiencia de esas políticas desreguladoras, se constata empíricamente que lo más rentable para el capital financiero no ha sido producir más y mejor sino especular en un sistema globalizado que es cualquier cosa menos transparente. Ello explica que la inmensa mayoría de las transacciones financieras se hayan producido y se produzcan al margen de la lógica productiva.

Por otro lado, los paraísos fiscales, lejos de suponer un espacio marginal de la globalización financiera, se han transformado en un espacio central de grandes movimientos de capital en el que confluyen e interactúan ”libremente” firmas y negocios legales con negocios ilegales de carácter criminal, con el trafico de drogas y de armas como estrellas que marcan las referencias de máxima rentabilidad. Sería interesante valorar hasta qué punto esos negocios criminales no están marcando la referencia del coste de oportunidad del capital en esos pretendidos “libres mercados” globales.

(4ª parte) | ¿A dónde vamos?, entre el colapso y la recesión prolongada |

5.- Colapso o recesión prolongada sin garantía

En una sociedad global crecientemente compleja e interdependiente, el reto de desarrollar una gobernanza democrática efectiva está colisionando de forma cada vez más estrepitosa con el imperio de la lógica de mercado y el poder omnímodo del capital financiero. En un sistema en el que, cada vez más claramente, el poder lo da el dinero más que los votos, incluso los Estados más poderosos se ven sometidos a las presiones, cuando no al dictado, de los intereses de los grandes grupos financieros.

Por otro lado, el relevo hegemónico de China se viene produciendo a través de un doble juego financiero de alianza con y chantaje a EEUU, condicionando sostener el dólar a despecho de la descomunal deuda norteamericana, a la docilidad internacional frente a las estrategias progresivas y pacientes del gigante asiático. Un poder financiero ganado, en este caso si, sobre la base de una economía productiva sumamente competitiva, apoyada tanto en la liberalización comercial internacional, como en una política de infravaloración artificial de su moneda, en connivencia forzada con EEUU e incluso con la UE (sobre la que crece también la sombra del apoyo-chantaje financiero chino).

Podría decirse que la fluidez voraz del dinero, moviéndose libremente a nivel global, ha acelerado la crisis del unilateralismo que empezó a dibujarse con la caída del Muro de Berlín, en torno a EEUU, como potencia central y la UE como su lugarteniente (el famoso “Eje Atlántico”), perfilándose hoy un nuevo “Eje Pacífico”, en el que la referencia clave ya no es Japón sino China que, poco a poco, está pasando a tomar la posición hegemónica.

En este contexto, las profundas contradicciones internas de China, amordazadas por la represión y la falta de libertades, añaden incertidumbre al escenario internacional. Difícilmente podemos alumbrar expectativas esperanzadoras de ese nuevo liderazgo en el que se combina lo peor del autoritarismo de su pasado socialista con lo peor del mercantilismo capitalista que China abraza hoy con entusiasmo.

La falta de regulación financiera y comercial está generando, por no decir que ha generado ya, desequilibrios estructurales tan graves en el orden económico-financiero internacional y en el orden social derivado, que se hace difícil vislumbrar un orden democrático internacional efectivo, sin cambiar drásticamente las reglas del juego del pretendido “libre mercado”.

En este complejo tránsito, no obstante, emergen opciones multilateralistas, bajo el empuje de otras potencias emergentes menores que juegan también sus bazas, como Brasil o la India, sin olvidar a Rusia, como heredera del viejo poder nuclear soviético. Resulta incierto precisar hasta qué punto estas potencias pueden estar interesadas en promover un orden multilateral más democrático, frente a este nuevo “Eje Pacífico”, bajo creciente hegemonía china. Igualmente resulta incierta la posición de la vieja Europa, que podría jugar un papel interesante favoreciendo ese multilateralismo.

Sin duda, este tipo de especulaciones se estarán haciendo en las cancillerías y en las instituciones internacionales. Sin embargo, me temo que en sus ecuaciones de futuro no se esté integrando el papel de la gente; es decir, el papel de la democracia global. Y sin embargo, creo que en la complejidad del siglo XXI no será posible un mundo en paz si no se avanza de forma efectiva en una democracia real, en la que la gente, hombres y mujeres, las distintas clases sociales, las diversas generaciones y los pueblos en su conjunto se sientan, no sólo reconocidos y respetados en su diversidad, sino también integrados en una perspectiva de prosperidad compartida.

Cuando vemos hoy la forma en que la lógica neoliberal aplica las llamadas “reglas del juego”, pretendidamente democrático, para tratar los problemas producidos por esa misma lógica, las reacciones no pueden sino transitar de la perplejidad a la indignación. Y pienso, en este caso, en esa vieja Europa que se ha dotado de un marco supranacional de convivencia y de colaboración sin precedentes… Sin embargo, no deberíamos sorprendernos tanto: se trata de aplicar, desde la lógica del negocio, reglas tradicionales del capitalismo que siempre estuvieron presididas por la codicia de los más ricos y poderosos, que no son, por cierto, los tan denostados políticos. Éstos, con más o menos responsabilidad en las decisiones tomadas, no tomadas o por tomar, no pasan de ser, en buena medida, administradores de poderes ajenos que dictan sus condiciones y exigencias al margen de la lógica democrática. Si nos sorprendemos en estos momentos, y no antes, es porque esa codicia pasaba más inadvertida en tiempos de bonanza. Podría incluso decirse que llegó a quedar compensada, cuando menos en parte, por ciertos equilibrios de poder frente a la amenaza de la revolución socialista, tras la Segunda Guerra Mundial. Pero hoy, superada la amenaza de la Guerra Fría, pasados los tiempos mejores y en plena crisis, esa codicia de los más ricos y poderosos, no sólo se muestra implacable con los más débiles, sino que no duda en recurrir a los más bajos e insolidarios instintos humanos, como ya ocurrió en otros momentos trágicos de la historia que parecemos haber olvidado, alentando nuevos movimientos de corte fascista, xenófobo y autoritario…

El movimiento nacido en España bajo el lema “Democracia real ya”, más allá de respetar los procesos electorales, cuestiona el poder de quienes no son votados, es decir el poder del dinero. El poder de un sistema financiero que, tras provocar la crisis actual, pretende hacer negocio con la propia crisis, sacrificando los derechos más elementales de la gente. También se cuestiona la forma de hacer política desde las instituciones por parte de los políticos electos, más atentos a las presiones y dictados de los llamados “mercados”, que no a las necesidades de la población, a la que se supone representan … Sin formularlo aún claramente, este movimiento empieza a denunciar la vigente democracia como una “Dictadura del Capital” encubierta bajo formas democráticas cada vez menos efectivas.

Desde mi punto de vista, más allá del cuestionamiento moral del sistema capitalista, la clave está en la recomposición de poderes que ha supuesto la globalización neoliberal. Desde esta recomposición de poderes, la desmesura de la codicia global del capital está haciendo saltar en pedazos, no sólo la visión socialdemócrata del “Estado del Bienestar”, sino incluso el marco institucional de los Estados-Nación y de las instituciones internacionales de post-guerra. Gobiernos y Parlamentos se ven hoy desbordados por los chantajes de “los mercados”. De igual forma que en tiempos de crecimiento se vieron seducidos por la imparable voracidad del negocio inmobiliario o de la llamada “ingeniería financiera”, en un marco global que siempre escapó a sus capacidades de control y regulación.

Se hace necesario un nuevo marco de acuerdos internacionales que de una respuesta positiva a esta situación. Sin embargo, al tiempo que no existen alternativas globales al orden neoliberal imperante, no parece garantizada la docilidad de las víctimas, que de hecho empiezan a configurar movimientos masivos de insurrección no-violenta, que puntualmente recogen el apoyo de sectores mayoritarios…

En la vieja Europa puede estarse jugando un acto decisivo dentro del escenario global. Si como se reconoce oficialmente, Grecia (por no hablar de Portugal o Irlanda…) no puede pagar los intereses que le imponen “los mercados”, en este caso en forma de pretendido “Plan de Rescate de la UE”, cada vez parece más probable que España no sea tan “diferente” [Recordamos que este texto es de diciembre pasado. AcampadaHuesca] y acabe también triturada por la voracidad de unos acreedores especulativos que la UE, al parecer, no sabe, no puede o no quiere controlar. En buena medida, porque los propios bancos de esa UE pesan más que el bienestar y los derechos más elementales de los europeos, especialmente de los menos poderosos… La duda no sólo se extiende hoy a Italia, sino incluso a Francia, haciendo emerger sobre el escenario la sombra del festín final, con la temida quiebra del Euro…

Parece evidente que no es ese el escenario buscado por el sistema neoliberal imperante, aunque no falten especuladores que estén haciendo negocio y pretendan hacer mejores negocios aún si ese proceso en cadena se precipita … Sin embargo, parecen pesar más las contradicciones que la voluntad de superarlas. Por un lado, se ha apostado, con escasas fisuras, por defender el poder de la gran banca, vaciando las arcas públicas nacionales en las operaciones de rescate del sistema financiero, asumiendo los llamados activos tóxicos privados derivados de la especulación urbanística en forma de “Bancos Malos” sobre los lomos del Estado y cargando sobre el BCE la responsabilidad de proveer financiación a bajo coste a la Banca Privada, mientras regatea el auxilio a la deuda pública de los países con problemas. Se tiende incluso a reforzar el poder de esa gran banca, promoviendo fusiones y la absorción de las Cajas de Ahorro. Ya nadie recuerda siquiera la sensata intención de Barak Obama de hacer lo contrario, es decir, trocear la gran banca en pequeños bancos que puedan quebrar sin poner en riesgo al conjunto del sistema… El problema es que, vaciadas las capacidades públicas en esta estrategia de blindaje de los grandes bancos europeos, no sólo se ha apostado por acabar con el llamado “Estado del Bienestar”, sino que se ha secado la posibilidad de dinamizar la inversión púbica y el crédito a la actividad productiva; o dicho en otras palabras, se ha cerrado toda opción estratégica de corte keynesiano.

En este contexto, crece el riesgo de una recesión que quebraría la posibilidad de equilibrar la deuda, dando nuevas bazas a los especuladores en sus negocios en torno a la deuda pública de los más débiles en incluso en sus estrategias de tumbar el euro.

Algunos piensan que influye decisivamente el carácter conservador del actual liderazgo de la UE. Yo tiendo a pensar que es irrelevante, dada la falta de un polo alternativo desde la socialdemocracia europea. En todo caso, lo que si parece relevante a la hora de explicar las indecisiones y la falta de liderazgo europeísta es la presión de esa creciente ola de nacionalismos de extrema derecha que crece en el continente.

Por otro lado, la descarada estrategia de blindar los intereses y el poder de la gran banca, a costa de desmontar los derechos y conquistas socioeconómicas básicas de los más débiles, e incluso de principios democráticos, ha llevado, en un principio, a estados colectivos de perplejidad, que tienden a transformarse en indignación popular. Cada vez son más los que tienen menos que perder al tiempo que crece la indignación por el carácter tan injusto e inequitativo de la estrategia asumida por la UE.

En este contexto, y a pesar de las reiteradas escenografías y esfuerzos por aparentar decisión y solidez europea, podemos estar asistiendo a una crisis no programada de la UE que podría acabar reactivando la crisis global en un momento en el que ya no existen capacidades financieras públicas para frenar el desastre.

(5ª parte) | Más democracia frente al poder de los mercados |

6.- El reto de construir una gobernanza global, democrática y sostenible

Si nos preguntamos ¿cuál es la posible opción alternativa?, no se me ocurre otra directriz que la de hacer de la necesidad virtud y aprovechar la crisis para dar un salto adelante en la construcción europea, desarrollando estrategias de gobernanza democrática que refuercen la cohesión social y política del continente. Es cierto que hablar del principio de cohesión resulta hoy, en tiempos de crisis, casi utópico. Desde luego, resulta más fácil ser “generosos”, sobre la base de un “egoísmo inteligente”, cuando soplan vientos de bonanza que en tiempos de crisis. Pero no es menos cierto que los grandes proyectos se curten en tiempos duros frente a las dificultades. Si se pretende que las “alegrías” del pasado, inducidas por el sistema financiero, se confundan con el “Estado del Bienestar” y los derechos sociales básicos de la población, conquistados a lo largo de décadas, el fracaso de la UE está cantado. Pero si la UE fracasa, los grandes bancos europeos, que hoy pretenden cobrar hasta el último céntimo de sus préstamos a los Estados en peligro de quiebra, y las grandes firmas europeas, lideradas por la “locomotora alemana”, se verán más que probablemente lanzados al abismo de una nueva Gran Depresión. Sería más razonable cambiar la estrategia antes de que sea demasiado tarde y recuperar la prioridad de la Gobernanza Democrática, por encima de las tasas de interés abusivas que marcan “los mercados”.

Es importante reseñar, que más allá de alumbrar nuevas visiones alternativas a la lógica neoliberal imperante, existen opciones bien distintas dentro de lo que se podría considerar el espacio de la ortodoxia económica. Destaca entre ellas la del Premio Nobel de Economía del 2001 Joseph Eugene Stiglitz que viene desde hace tiempo propugnando enfoques keynesianos para afrontar la crisis, en rotunda oposición al enfoque que el poder financiero global ha impuesto, tanto en la UE como en EEUU (en este caso con ciertas resistencias y contradicciones por parte de Obama). Tal y como afirma Stiglitz,

“…una reestructuración ordenada de la deuda es posible. No es el fin del mundo. Sería grave para los accionistas y los inversores en deuda soberana. Perderían dinero, pero no lo perderían todo. Se trata de poner a los contribuyentes, a los trabajadores , a los propietarios hipotecados…, por encima de los banqueros…”.

Lo que Stiglitz viene a plantear es que, aún sin romper la lógica capitalista, existen opciones que, eso sí, exigirían enfrentarse a los intereses financieros de corte especulativo y sacrificar expectativas de esos inversores que hoy por hoy se ven blindadas por los principios del “libre mercado” desde las instituciones económico-financieras mundiales y europeas.

Desgraciadamente no se vislumbra entre las principales formaciones políticas europeas ni tan siquiera un foco de rebeldía frente al poder de la banca que asuma con convicción el liderazgo de visiones alternativas al sistema, o cuando menos de opciones como la de Stiglitz. La socialdemocracia, que debería defender, por encima de todo, las esencias del “Estado del Bienestar” , tan vinculado a su identidad política durante décadas, ha rendido identidades y principios en nombre del pragmatismo político-económico.

Tan sólo esos movimientos de indignación juvenil y popular, como el nacido bajo el lema “Democracia real ya”, parecen atreverse a defender lo elemental frente a la codicia de ese poder financiero que se esconde tras los llamados “mercados”. De momento, su fuerza de oposición a las llamadas “reformas” hace plausible el bloqueo de la estrategia oficial impuesta por el sistema financiero, presentada como la única opción viable. Más difícil, no obstante, resulta prever como este movimiento podrá vertebrar el poder político necesario para desarrollar esos principios de democracia real y de solidaridad que, curiosamente, suscitan la adhesión incluso de mayorías sociales en países como España. En todo caso, cabe esperar tiempos convulsos en los que las instituciones democráticas, y los partidos políticos que vertebran el juego parlamentario, tendrán que sufrir profundos cambios para dar a luz aproximaciones sucesivas a esa necesaria gobernanza global basada en la democracia participativa.

Pero el reto no es sólo formal, sino que exige un empoderamiento real de la gente frente a los poderes económico-financieros y frente a las élites políticas tradicionales. Una gobernanza global que integre una nueva visión de la prosperidad, democratizable y sostenible, en este mundo limitado y frágil.

Fuente: Asamblea 15M Uesca

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