El Pirineo abunda en proyectos más dados a la espectacularidad que a la necesidad real y el servicio a su población. La creciente turistificación industrial da pie a una reflexión sobre el tipo de obras que se están ejecutando o en vías de estarlo en la cordillera en su conjunto y en la Ribagorza en particular.
Bien es cierto, sin que ello merme lo más mínimo el nivel de insoportable sostenibilidad que sufre nuestra comarca, que el extractivismo neoliberal no distingue de territorios y paisajes. Si el Pirineo está siendo nicho de grandes negocios de algunas minorías dominantes y pequeños servicios para las mayorías sometidas, el Moncayo castellano-aragonés es un auténtico rosario de sinrazones industriales y económicas que maltrata por igual al medio ambiente y al otro medio. La injusticia se globaliza y el capital no conoce de mugas.
Elevando al máximo el nivel de exigencia, nadie, ni gobernantes ni gobernados, parece consciente del elefante en la habitación que no es otro que la imposibilidad del crecimiento sostenido, algo que se sabe desde 1972 y ampliamente corroborado desde 2009. Los límites están ahí y superarlos es una decisión que puede acarrear graves consecuencias a nivel planetario junto al peligro de una conflictividad social de la que los poderes no hacen el menor caso.
Sin llegar a tales finuras de pensamiento, en una clave mucho más cercana, más de aquí mismo, sigue sin entenderse la asimetría del gasto público en la promoción de obras e instalaciones de cara a un (por demostrar) desarrollo de las comarcas de montaña. Las administraciones priman la espectacularidad de las actuaciones antes que el servicio real a la gente, a esa gente que (afirman) se beneficiarán del tobogán gigante en Panticosa, de los teleféricos presuntamente sostenibles en Candanchú o Cerler, por no hablar de la tupida red de pasarelas estratosféricas, tirolinas de infarto, vías ferratas en cada pedrusco aragonés y otros artilugios llamados a convertir la naturaleza en un parque de atracciones. Disney-Pirineo le podríamos llamar; una visión edulcorada y falsa de la montaña y del eterno placer de su disfrute.
Centrándonos en La Ribagorza, cuesta entender que se gaste el dinero de todos en el teleférico de Cerler cuando al mismo tiempo se está abriendo la estación por el valle del Baliera. Sin entrar a fondo en las irregularidades que impregnan el teleférico benasqués no parece inteligente (ecologías aparte) gastar dinero en un acceso cuando se está haciendo otro por la otra punta de la estación. Un acceso este, no exento de polémica, con mucha hemeroteca y también con una fuerte inversión de dinero de público que parece cebado en la continuidad de la promoción del negocio de la nieve como si el cambio climático no fuera con el Pirineo. El aterrizaje en el negocio de la nieve de inversores provenientes de otros sectores, también potenciados desde el establishment, está profundizando la desigualdad so capa de paliar la despoblación del medio rural. La realidad es mucho más sencilla: se llama especulación inmobiliaria patrocinada desde las administraciones públicas con el incondicional apoyo de unos medios de comunicación diseñados para crear opinión no para informar.
Siguiendo por la vía de la sencillez, seguro que, al menos una parte de la sociedad aragonesa se hace preguntas. Preguntas por el gasto de los recursos públicos, por la facilidad como esos proyectos se gestionan como de Interés General para Aragón (PIGA), por la discrecionalidad con que se plantean toda una serie de obras sin que otras de mayor necesidad para la gente acumulen el polvo del olvido en los cajones de la administración.
Por ejemplo un vecino de Graus tendría todo el derecho a preguntarse si no sería más lógico que antes de conducir a esquiadores de invierno y paseantes de verano en teleférico a Cerler se trabajara para resolver la travesía de Graus por la que necesariamente tendrán que pasar la mayor parte de lo usuarios del remonte. Años y años de reclamación sin éxito debieran ser razón suficiente para que algún político autonómico cayera en la cuenta de que esta travesía viaria es de mayor calado y necesidad que un tobogán, un teleférico, una pasarela o cualquier otra actuación espectacular con que se quiere entretener al turista repitiendo un formato de desarrollo que tiene de todo menos sostenibilidad.
No hay que tener un Máster de Urbanismo de la Universidad de Zaragoza para darse cuenta que casi todos los visitantes del Valle del Ésera pasan por Graus y que esta travesía no ha cambiado sus dimensiones desde principio del siglo XX cuando los vehículos que subían hacia Benasque podían ser una alegre curiosidad que poco tiene que ver con lo que hoy en día atraviesa esta parte de la población.
La capital ribagorzana no está mínimamente adaptada a la realidad actual del tráfico rodado. Tanto el tamaño y peso de los vehículos como su frecuencia representan un peligro real para la seguridad de todos los usuarios de este trazado urbano. Viajeros, residentes, paseantes, los alumnos del Colegio Público o cualquiera que quiera pasar por este obligado tramo de la localidad tiene que andar con todas las cautelas para que no se produzca ningún desagradable incidente.
Cuesta trabajo creer que a alguno de estos sonrientes políticos/as que identifican el tobogán panticuto o el teleférico benasqués con el desarrollo rural no hayan caído en la cuenta de la importancia que tienen las travesías de las poblaciones, tanto para la fluidez del tráfico como para la seguridad de usuarios y residentes. Por eso llama poderosamente la atención que una reivindicación antigua, mucho más que teleféricos y toboganes, siga atascada en el imaginario aragonés y que todavía no se hayan dado los pasos adecuados para estudiar las alternativas a la travesía actual.
Desde este blog de librepensadores queremos apoyar la iniciativa ciudadana que está demandando este estudio. Al mismo tiempo es recomendable aprender a contemplar la realidad más allá de la fragmentación cotidiana de los medios de comunicación que queda muy lejos de una narración coherente de la evolución de los acontecimientos que determinan la convivencia cotidiana.

