Esta pareja de palabras parece una paradoja gramatical pero, es una realidad social vigente en todas las esferas de convivencia y el desgraciado accidente ferroviario del domingo no es ajeno a esta contradicción de conceptos en la que estamos empadronados.

La idea "progreso", perversamente casada con las ideas "desarrollo" y "crecimiento" están en la base de toda una construcción mental, aceptada colectivamente que ha terminado por consolidar una hilazón indiscutible. Ya sabemos que este argumento es repetitivo en este blog y tristemente se tendrá que seguir repitiendo dado el nivel de ignorancia (culposa o culpable) que abunda entre las gentes.
A estas alturas del neoliberalismo, y más con la naturalización de los discursos totalitarios y de aporofobia que crecen, especialmente entre las clases menos favorecidas, el común de los mortales no entiende que pueda haber progreso si no hay desarrollo y que este es imposible si no hay crecimiento. Esa es la cadena (crecimiento-desarrollo-progreso) que compramos en Amazon o en cualquier otra tienda virtual, para ser unos magníficos y eficientes auto-esclavos, la última conquista de la explotación.
Un día como hoy, queremos aterrizar estas abstracciones en la estación de Monzón donde un colectivo ciudadano lleva más de seis años concentrándose. Cada domingo, la agrupación "Monzón no pierdas el tren" reivindica mejoras en los servicios ferroviarios de la zona oriental y exige una mejora global de las comunicaciones del Altoaragón con la provincia de Lérida. Por ejemplo un servicio de cercanías con paradas en Binéfar, Tamarite, Altorricón, Almacellas y Raimat que se pudiera integrar en el servicio catalán de Rodalies.
Este librepensador ribagorzano, sin retroceder a la infancia, ha podido viajar a Madrid en Talgo desde Monzón y ya no digamos los expresos nocturnos que paraban en esta estación. Una estación con cafetería y toda la pesca, abierta a viajeros y montisonenses que quisieran charrar un rato en la compañía del trasiego que siempre supone una estación de ferrocarril. Tristemente ahora el vacío lo llena todo. Un vacío que nos interpela sobre si lo que ha pasado estos años en esta estación de ahora es progreso o retrógrado.
No descubrimos el hilo negro si decimos que la apuesta decidida por la alta velocidad en el transporte ferroviario ha perjudicado, si no destruido, el ferrocarril convencional que acaba como refugio de nostálgicos. Un error de bulto que parece diseñado por los vaciadores de las Españas para ahondar en el vacío.
Ha sido un encadenamiento de intereses y decisiones que tiene autores, coautores y beneficiados. Y también perjudicados directos e indirectos porque ninguna actuación humana es gratuita y todo tiene un coste.
Desde el triunfalismo de los años olímpicos, con sus fondos europeos, la modernidad, la adoración a la rapidez, hasta la liberalización del mercado ferroviario y la entrada de la cultura "bajo coste" (low cost, para los más cool) con las operadoras privadas, se han dado una sucesión de decisiones, gestadas desde el pensamiento de beneficio inmediato. Como consecuencia se ha vestido un santo para desnudar otro.
El santo vestido (con múltiples feligreses) es el de la Alta Velocidad y la comunicación entre grandes núcleos de población y el que se queda tiritando de frío (y sin una triste oración en su honor) es el ferrocarril de siempre que ha visto poblaciones como Monzón, incomunicadas por ferrocarril y no les queda más remedio que el transporte carretero que, en algunos casos como Graus o Benabarre, tampoco está como para echar cohetes.
Incluso el santo vestido, pese a los buenos estándares de calidad que tiene la red española, está sufriendo un desgaste proporcional al CRECIMIENTO debido a la liberalización del mercado y al gran aumento de uso de sus infraestructuras. Si el uso supera al mantenimiento, el peligro de fallos del sistema aumenta.
Vendrán los informes técnicos y las actuaciones judiciales a esclarecer la situación que hoy entristece a la gente de bien. Desgraciadamente también llegará la siembra de mentiras y odios de la gente de mal que harán cuanto esté a su alcance para buscar en el oponente (enemigo a destruir) político la causa de todos los males.
Lo que seguramente no alcanzaremos a ver es una crítica sincera, auténtica, constructiva y globalizadora que ponga en cuestión esta religión de la rapidez, del ir muy deprisa sin saber a donde vamos. Una velocidad que, además de la repercusión que pueda tener en accidentes como los que hoy lloramos, está dejando a mucha gente, de muchos pueblos, de Monzón, por poner algo cercano, sin el derecho a un transporte público de calidad. Este crecimiento constante e infinito conduce a un desarrollo desigual y a un dudoso modelo de progreso que deja fuera a mucha gente. Un progreso de ese caletre no se le debería llamar progreso, es explotación y asimetría social. Es un progreso retrogrado.
Bien es verdad que lo retrogrado está de plena actualidad. Cuando hay partidos que buscan su mito fundacional en la reivindicación nostálgica de un pasado idealizado y se remontan nada menos que a la Edad Media (sea D. Pelayo, el Cid o Wifredo el Belloso) como modelo de orden, tradición y cohesión nacional, algo muy triste le está pasando a la sociedad. Solo la esperanza que reside en la caja negra de todo sistema para servir de recuerdo y medida de los actos de las mujeres y los hombres, queda como recurso de racionalidad.
Nunca se da tanto como cuando se dan esperanzas. Anatole France

