No parece que esté muy de moda mojarse por una causa. Pero mojarse de verdad.
Son tiempos de virtualidad en que la vida parece desarrollarse en modo simulacro, en redes sociales donde lo que llamamos amigos son más falsos que un euro de madera.
El chascarrillo es habitual: si toda la gente que difunde una movilización por redes acudiera a esa movilización la calle estaría tomada y habríamos hecho la revolución social. Por fortuna con los fascistas también sucede.
Mojarse es una forma de hablar, va de hacer las cosas, de asumir el riesgo.
Poner el cuerpo a riesgo de que te partan la cara los tíos de la porra. Incluso esperar el golpe sentada en una acera parando un desahucio.
Plantarse frente a una turba de fascistas a gritar no pasarán. Arriesgar una detención, una multa, un juicio...
Montar una acampada y pasar frío o calor en mitad de una urbe hostil. Echar tardes en manifestaciones y concentraciones. Hacer una huelga y que tu economía se vea resentida.
Poniéndonos en los mecanismos del capital, buscar otras formas de consumo. Elegir si puedes tu ropa o tu comida sin explotación o crueldad.
O, si has tenido suerte y dispones de una segunda vivienda: no ser una sanguijuela que chupe los ingresos de una persona trabajadora.
En este último caso hay que entender que algunes tienen el pequeño privilegio de poder elegir, aunque sea en algo como una economía doméstica. Es el papel de esas personas echar un cable a quienes no pueden, que en este mundo actual son mayoría.
Pero, aunque pocas, quedan personas que ponen el cuerpo, aún a pesar de la invasión de virtualidad deprimente.
En estos días hay fervor movilizado con el asunto de la vivienda. Luego los resultados institucionales ya son otra cosa, pero hay miles de personas frente a la realidad de la situación habitacional en el Estado.
Hay gente parando desahucios en un ámbito más local y hay gente que pone el cuerpo de muchas otras maneras.
Por ejemplo los trabajadores/as de FCC en huelga indefinida y que lo que ponen sobre la mesa es sus propias condiciones de vida apostando su salario.
También se avecina una huelga general. Allí estaremos, al margen de que sigamos el discurso de los llamados sindicatos mayoritarios, quienes creemos que hay que poner más que una imagen más o menos maja en Instagram o un estado de Whatsapp para reivindicar.
Una huelga que parte de una premisa muy sencilla como es que las actuales condiciones económicas de la clase trabajadora no permiten afrontar una solución habitacional ni casi cualquier otra. La devaluación del poder adquisitivo es una realidad que afecta cada vez a más gente trabajadora.
La apuesta seria pasa por superar la mera supervivencia y por pedir mucho más, pero bien está empezar en algún punto.
Junto a todo esto arranca el teatrillo electoral. La paradoja es que la fiesta de la democracia es la de las caras visibles. Mientras, al pueblo que se dice representar se le otorga un papel bastante pasivo. Opciones cerradas y discursos bastante pobres. Más pobres aún en estos tiempos de griterío y populismo.
Así que toca poner el cuerpo, dar la cara,
Y, de paso, mientras ponemos el cuerpo no renunciaremos a lo poético de toda lucha en que se pone la piel y lo mismo hasta recordamos los versos de Gabriel Celaya: ¡A la calle! Que ya es hora/de pasearnos a cuerpo





