La siniestra cuenta de atrocidades y atropellos de Israel sigue adelante. Ahora con el abordaje de todos los barcos de la Flotilla Sumud hacia Gaza y la detención de sus tripulantes. Un auténtico acto de piratería en una zona de seguridad autoproclamada por Israel en aguas internacionales.
Con Israel estamos asistiendo a mucho más que un genocidio y una burla hacia el mínimo respeto a los Derechos Humanos. Estamos viviendo en directo también ya no a un vestigio de colonialismo, sino a colonialismo puro y duro. Como el del siglo XIX, o aún peor, con la bendición de una serie de estados.
En esta historia de colonias y opresión hay una metrópoli imperial lejos del territorio colonizado (qué pocas cosas han cambiado a lo largo de los siglos) que en este caso es EEUU.
Seamos realistas: sin el imprescindible concurso estadounidense y sus riadas de recursos (83.000 millones de dólares para Israel es la aportación gringa del último plan plurianual de defensa) Israel lo tendría mucho más difícil.
Tampoco sin otros actores de la zona, como es Arabia Saudí, con su imprescindible silencio. También Arabia Saudí le debe mucho a las potencias coloniales. Si Reino Unido no hubiera decidido apoyar a la casa Saud en su guerra por el poder en el siglo XX, a lo mejor ni tan siquiera el país se llamaría así.
Porque la historia se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás.
Por ejemplo cuando hablamos del genocidio en Palestina todos los medios nos dirigen al Holocausto nazi como un punto de partida de la creación del Estado de Israel. Pero poco se nos habla de oscuros acuerdos como Sykes-Picot en 1916, cuando Reino Unido y Francia se repartieron Oriente Medio y se definieron las fronteras de lo que sería Siria o Iraq. O la Declaración de Balfour (noviembre de 1917) una simple hoja en la que los ingleses decidieron regalar una parte del entonces Imperio Otomano, llamada Palestina, a la Federación Sionista en una carta remitida al barón Rotschild.
Miramos muy atrás y entendemos mucho del ahora. Así entendemos que la creación de un etno-estado era la consecuencia lógica de un ideario nacionalista ceñido a la comunidad judía que nunca negaron los creadores del sionismo y en el que los árabes, con suerte, tenían el papel de súbditos colonizados. Atención, importante separar judíos en general de sionistas en particular, aunque el regalo británico fue a los judíos en general. La política de apartheid ya se diseñó hace un siglo y no era diferente de la que se ejecutaba en países africanos.
En ningún momento se negó y lo que nos encontramos ahora es el destilado último de los delirios coloniales de hace más de un siglo. La exclusión de cualquier otra herencia cultural y la destrucción del enemigo al que se da menos derechos que a los animales. No es algo que digamos gratuitamente, es algo que afirman aún hoy en día algunos parlamentarios de la Knesset.
El sionismo se ha establecido como discurso supremacista y, ahora mismo, supera de lejos cualquier discurso de odio de la organización más ultra que podamos imaginar.
Con una diferencia: algunos ultraderechistas proponen políticas genocidas, Israel la está ejecutando.
Miramos a la historia y entendemos el ahora. Matanzas como Deir Yasin, en que una aldea entera fue exterminada por el Irgún de Menachen Beguin (a posteriori Premio Nobel de la Paz) o las matanzas de cientos de refugiadas en los campos de Sabra y Chatila en Líbano están en esa historia oscura del Estado de Israel. Nunca la han ocultado, aunque por lo menos tenían el rubor de no sacar pecho de ellas.
Las imágenes de soldados israelíes quebrando brazos de niños que les tiraban piedras en la Intifada palestina en 1987, la de testigos incómodos asesinados por francotiradores, la de Baruch Goldstein que mató a 29 palestinos en Hebrón mientras rezaban y al que algunos tienen por un héroe...
Leer la historia, hacer memoria nos devuelven una imagen de un estado colonial que no va a parar en su horror.
Eso sí, la dignidad de las movilizaciones, la de la gente resistente y los testimonios del pueblo palestino nos han servido de algo: ahora más personas lo saben, aunque no sepan de historia contemporánea.
Y hacer historia, preservar la memoria de este genocidio será también nuestra labor para las generaciones futuras.
Acratorial semanal del programa El Acratador de Radio Topo, radio libre de Zaragoza.




