Pablo Batalla Cueto: "La épica de las cumbres tiene toda una tramoya muy prosaica detrás"

El ensayista y montañero asturiano publica "La bandera en la cumbre" (Capitán Swing), una historia política del montañismo que desmonta el mito de la montaña como espacio neutro. En sus páginas aparecen sherpas en huelga, sufragistas, alpinistas trans y montañas convertidas en templos del capital. Hablamos con él sobre poder, clase y territorio desde los afilados púlpitos del mundo.

10 noviembre, 2025. 07:00
Pablo Batalla Cueto | Foto: Javier Valladares

Citas en el inicio de "La bandera en la cumbre" la frase “no hay no-política”. ¿Qué querías desmontar al aplicarla al montañismo?

La idea que solemos tener de las montañas como un espacio para la evasión. Cuando se dice que otros deportes son política, cuesta menos darse cuenta. A todos se nos ocurren mil maneras en las que los Juegos Olímpicos o el fútbol han sido y son políticos: nacionalismos en pugna o la Guerra Fría en el caso de las Olimpíadas, con aquel enfrentamiento entre el bloque comunista y el capitalista que también se trasladaba allá y se traducía, por ejemplo, en el dopaje de masas de los países socialistas. Había que superar al otro bloque fuera como fuera. En el caso del fútbol, nos vienen a la mente rápidamente el palco del Bernabéu y todas las cosas que se deciden allá y que no tienen nada que ver con el fútbol; las gradas ultra; el "més que un club" que es el lema del Barça, que con él reconoce explícitamente que esto no es solo deporte… Pero cuando pensamos en las montañas, nos las imaginamos como una especie de cielo terrenal en el que convertirnos en ángeles por un momento, desprendidos de las cuitas y los conflictos del mundo. Salimos de la polis, de la ciudad, y por lo tanto de la política, de la que tenemos la idea de que es algo que ocurre ante todo en las ciudades; en las plazas mayores y las puertas del Sol de cada sitio. No es así. Para mí era evidente que la historia del montañismo había sido muy política desde el minuto uno, vinculada en origen al liberalismo, al nacionalismo, al imperialismo… Pero echaba de menos un libro que la contara así.

En tus ensayos anteriores has hablado de nacionalismo, revolución o utopía. ¿Qué te llevó a mirar hacia la montaña como nuevo campo político?

Soy un apasionado de la montaña; montañero desde pequeño. Y también me ha gustado siempre conocer la historia de las cosas que me gustan. Sobre montaña ya había escrito antes "La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista", de 2016. Pero en realidad siempre estoy escribiendo de las mismas cosas; y en general, de política y de historia de las ideas. Lo interesante de escribir de ello a través de las montañas son dos cosas. Por una parte, sorprender agradablemente al lector; contarle esa historia desde un lugar insospechado, a través de sus manifestaciones allí. Digo que el libro es una historia política del montañismo, pero también una historia montañera de la política contemporánea; y me satisface especialmente cuando me dice que le ha gustado alguien que no es montañero. Por otra parte, es curioso que, pese a esa visión que solemos tener de las montañas como espacio despolitizado, en realidad es todo lo contrario: un lugar hiperpolítico; un lugar en el que se ponen a prueba y se transgreden los límites del ser humano y, por lo tanto —en la medida en que somos el "animal político" que decía Aristóteles—, también los de la política. Entonces, en realidad, es el espacio ideal para contar esa historia. Allá se ha hecho política de maneras más extremas, más claras y por tanto más pedagógicas que en casi ningún otro sitio.

¿Qué te fascina de ese contraste entre el gesto épico de subir y la realidad terrenal que sostiene cada ascenso?

Hay una invisibilización de la tramoya no-épica de la épica. Cuando se cuenta la expedición de Hillary al Everest de 1953, la primera que coronó el pico, se suele contar desde un punto de vista genéricamente humano. Un pequeño paso para el hombre y uno grande para la humanidad, seis años antes del de Armstrong en la Luna. El ser humano, la humanidad genérica, moviendo las lindes de lo humano. No se cuentan los usos políticos nacionalistas que hicieron Nueva Zelanda y la Commonwealth de la figura de Hillary o la que hicieron el Tíbet, la India y Nepal de la figura de Norgay. Y tampoco se cuenta que la expedición empezó con los sherpas y los porteadores cagando delante de la embajada británica en Katmandú en protesta por que los habían puesto a dormir en el suelo de un garaje infecto, sin siquiera un cubo para hacer sus necesidades, mientras los alpinistas occidentales y Tenzing Norgay dormían en habitaciones lujosas en la embajada. Sin los sherpas, casi nada de lo que ha sido posible en la historia del himalayismo lo habría sido. Pero no nos gusta que salgan en la foto épica. En la cumbre del Everest, donde puede haber hasta 170 personas a la vez, se guarda una cola muy respetuosa para hacerse una foto, un selfi, en un lugar concreto, y que parezca que el que sale en la foto está solo. Quiere que parezca que ha conquistado la montaña por sus propios medios, con su propia audacia, con su propia creatividad, con sus propios recursos, como un individuo genial y autosuficiente. No quiere que salgan los otros 169 tíos y no quiere que salgan los sherpas y porteadores que cargaron su comida, sus cuerdas, su tienda de campaña… La épica es un telón o una obra de teatro muy bonita, pero tiene toda una tramoya muy prosaica detrás.

En el siglo XXI, ¿qué montañas están siendo hoy los nuevos altares del poder o del capital?

Las de siempre, todas, cualquiera. Los ochomiles a los que se sube ondeando una bandera de Red Bull —y eso, por supuesto, es política; una defensa o validación del papel de multinacionales que ya son capaces de sobreponerse a las leyes de los Estados; de imponerles la suya— o la Canal Roya que cierto capital quiere malbaratar para perpetrar un horrible proyecto de macroestación de esquí.

¿Cuándo deja de ser aventura y se convierte en propaganda?

Con frecuencia lo que ha habido son las dos cosas mezcladas. Los pioneros británicos del himalayismo, por ejemplo, eran aventureros, pero también eran soldados del Imperio británico; los valientes que se adentraban en las zonas más recónditas de aquellas montañas de las que el Imperio se había adueñado; que las mapeaban por primera vez y que prospectaban qué recursos naturales y humanos había en ellas y cómo se podían explotar. O si pensamos en Herzog, Lachenal y compañía, los franceses que suben por primera vez un ochomil —el Annapurna en 1950—, en ellos también había las dos cosas. Aventura, y la aventura fue lo que motivó a muchos a participar en aquella expedición, pero también propaganda: la tricolor que se ondea en la cumbre, que resarce a Francia de una historia anterior del himalayismo en la que apenas había participado y que también contribuye a sacar al país del trauma de las dos guerras mundiales. Hay aventureros puros, que quieren disfrutar privadamente de la aventura y ya está, pero hay pocos. La gran mayoría de aventureros no dejarán de esforzarse en contarle su aventura al mundo a los cuatro vientos. Y eso podrá ser una propaganda política, se podrá poner al servicio de una causa, pero también podrá ser al menos una propaganda personal, individual. Poca gente que haga una gran ascensión montañera no querrá convertir esa montaña de un modo u otro en un altavoz de algo que le importa: su ideología o su propia fama.

Hablas de "sherpas en huelga" como imagen fundacional. ¿Qué revela ese gesto sobre quién escribe realmente la historia del alpinismo?

Un poco lo que comentaba antes. Bertolt Brecht se preguntaba en un célebre poema quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas; y nuestro Miguel Hernández, quién levantó los olivos. Son preguntas que muchas veces no nos hacemos. Yo sí me pregunto quiénes son los proletarios —"proletarios del vértigo", los llamo en el libro— que construyeron y levantaron esa historia que casi nunca se nos cuenta fijándose en ellos. Incluso un montañero tan sensible como George Mallory, que subía al Everest con libros de poemas o tragedias de Shakespeare en un bolsillo de la mochila, para leerlos en los campamentos, y que cuando escribía de montaña lo hacía de un modo exquisito, fijándose en toda clase de detalles, casi nunca habló de sus sherpas.

¿Qué te interesa de la tensión entre los héroes de cumbre y los cuerpos anónimos que cargan el peso —literal y simbólico— de cada expedición?

Su invisibilización, pero también algún intento pocho de visibilizarlos de maneras paternalistas. Cuento una anécdota personal en el libro, al final del capítulo sobre montañismo decolonial y antirracista. Yo hice hace unos años el Camino Inca, una ruta de cuatro días a Machu Picchu. No vengo de familia rica; mi padre era minero, y mi madre ama de casa, pero habito el Primer Mundo y pude permitírmelo. Mi entonces novia y hoy esposa y yo hicimos la ruta con dos chicas francesas que, el último día, nos pidieron que tradujéramos algo para los porteadores peruanos que, esos cuatro días, cargaron mochilas de treinta o cuarenta kilos con nuestra comida, tiendas, etcétera. "Tell them that they are our superheroes", nos pidieron con la mejor intención: "Decidles que son nuestros superhéroes". Tenían buena intención, pero yo le dije aquello a los porteadores y nunca se me olvidará la mirada medio burlesca, medio de profundo desprecio que le vi a uno de ellos al escucharlo. Me parecía escuchar lo que debía de estar pensando: si yo fuera un blanquito con perras como vosotros y pudiera estar rascándome los huevos en mi casa o en la otra punta del mundo, como vosotros, iba a estar cargando estos putos cuarenta kilos por los cojones. Cuarenta kilos que, por cierto, a veces son de comida, y a veces son de basura; cuarenta kilos de basura maloliente a las espaldas, o sobre la cabeza en el caso de las porteadoras del Kilimanjaro, que suelen mover los fardos así. En el libro también cuento la historia de Ekeney, una porteadora tanzana que, con mucho esfuerzo y viniendo de una familia muy humilde, consiguió reunir el dinero para pagarse la escuela de guías, y convertirse en guía. Cuando entró en ella, la primera lección que recibió fue maneras de resarcirse del acoso sexual que, sí o sí, iba a recibir de las expediciones occidentales que guiara. Los sherpas, los guías, los porteadores…, han sido todo esto, y lo han sido porque no tenían más remedio. Algún pionero occidental del himalayismo también se hacía la ilusión de que los sherpas estaban encantados de serlo; de convertirse en parte de aquellas gestas humanas. Pero Ang Tharkay, el primer gran sherpa de la historia, contaba que, para él, subir montañas era un grave sacrilegio. Se había criado escuchando que allá vivían los dioses y no había que subir a molestarlos y a desatar su ira. Los sherpas subían a las montañas porque vivían en unas condiciones misérrimas y aquello era un medio de vida. Pero no querían ser los superhéroes de nadie.

“La pugna política en torno a de quién son las montañas, quien merece estar en ellas y quién no, atraviesa toda la historia del montañismo”

Pablo Batalla Cueto | Foto: Javier Valladares

¿Podemos hablar de un colonialismo contemporáneo en la montaña: ecológico, laboral y cultural?

Claro. Cuando yo digo que las montañas no son un espacio ajeno a la política, ni siquiera digo que sean otro espacio político, un ágora extra, yuxtapuesta a la de la ciudad, pero al fin y al cabo distinta. Todo es el mismo espacio. En tanto que espacios políticos, la ciudad y la montaña son un continuo. Y todo lo que ha ocurrido o se ha perpetrado en la ciudad ocurre y perpetra a la vez allá arriba. Si en la ciudad hay huelgas, allá arriba habrá huelgas; el mar Menor se destruye a la vez que se destruye o se quiere destruir Canal Roya; si en la ciudad triunfa un neoliberalismo salvaje e inculto, allá arriba también. Todo ocurre a la vez en todas partes.

Feministas, trans, personas ciegas, veganas o religiosas: todas aparecen en el libro. ¿Qué te interesa de esa pluralidad de cuerpos que suben y reclaman sentido?

Por ejemplo, las montañas como un lugar para exhibir una fortaleza cuestionada. Las sufragistas de principios del siglo XX subían montañas para demostrar que las mujeres no eran el "sexo débil"; que eran tan fuertes como los hombres. Clavaban en las cumbres una bandera que decía "vote for women", voto para las mujeres, se hacían una foto con ella y esa foto, publicada en la prensa en un momento en el que la prensa ya empezaba a llevar fotos, era en sí misma un mensaje político: si llegamos aquí, no somos el sexo débil, y por lo tanto merecemos el derecho al voto que se nos niega porque supuestamente somos débiles. Un siglo después, la iraní Parvaneh Kazemi sube montañas con una camiseta que dice "Iranian women can", las mujeres iraníes pueden. El mismo mensaje. Demostrar fortaleza y exigir los derechos que corresponden a las personas fuertes. Pero ha pasado con otros colectivos, también: veganos que suben al Everest para demostrar que la alimentación no carnívora no te debilita; musulmanes que suben montañas en Ramadán para demostrar un poco lo mismo; ciegos que las suben de maneras increíbles para demostrar que no son "inválidos". O alpinistas de países comunistas que las suben para demostrar que la Revolución no solo ha parido una sociedad más igualitaria y justa, sino una más fuerte.

¿Qué te parece más subversivo: clavar una bandera sufragista en la cima o decidir no subir y cuidar el valle?

Las dos cosas por igual, cada una en su contexto. Ese alpinismo de la renuncia, ecologista, que decide que no quiere irse a la otra punta del mundo, contaminando el aire con el avión en el que se monte, turistificando, masificando y degradando el país en el que desembarque, etcétera, es subversivo y muy necesario en un momento como este. Pero no dejan de parecerme subversivas esas mujeres que cogen el avión y van a las antípodas a subir equis montaña emblemática para lanzar un mensaje feminista que sigue teniendo que lanzarse, porque sigue habiendo menos montañeras que montañeros y, en general, aún no se ha conquistado la igualdad. La reivindicación de la individualidad, del propio nombre, del propio valor, de la propia fortaleza, me parece perniciosa en los hombres, a quienes lo que habría que enseñarnos es a callarnos más, a dejar de llenar el mundo de nuestras voces. Pero me sigue pareciendo valiosa en las mujeres y me lo seguirá pareciendo mientras la igualdad no esté completamente conquistada. Sigue habiendo que luchar contra el patriarcado; y el patriarcado también es esa modestia inculcada, esa abnegación exigida: renuncia a tu individualidad; disuélvete en el servicio a tus hijos, a tu marido, a tu familia; no hables demasiado, no alces la voz.

¿Qué tipo de bandera faltaría todavía por ondear?

Cuando me preguntan qué bandera ondeo u ondearía yo, siempre respondo lo mismo. No soy muy de banderas. Tengo mi ideología y sus banderas —la tricolor republicana, la roja…— me gustan más que otras. Mi preferida es la de las Brigadas Internacionales, con su símbolo sobrepuesto a la tricolor, porque añade la belleza del internacionalismo y de la generosidad hacia países que no son el tuyo a la belleza de la lucha por que en mi concreto país haya justicia social. Pero tampoco ondeo esa cuando subo montañas; no ondeo ninguna. No soy un enemigo de las banderas, tampoco. Creo que son una herramienta que se puede usar; que hay contextos en que viene bien usarla. La mayor parte de la gente necesita objetos tangibles a los que agarrarse y en los que condensar y materializar sus ideales abstractos, y me parece bien. Lo que no hay que hacer es divinizarlas. En todo caso, de tener que ondear algo, yo ondearía un trapo blanco que dijera "ya somos mayorinos". Se lo dijo el responsable del 112 al que llamaron hace un par de años unos cabralocas que subieron al Angliru en deportivas en el peor día de ventisca y de nieve del invierno y que se quedaron allí atrapados: "Os rescataremos, pero ya somos mayorinos para ser así de temerarios". Mi ideario sobre lo que necesita el mundo en un momento como este lo resume bien esa frase: "ya somos mayorinos". Tenemos que dejarnos de tonterías y enfrentarnos con vehemencia y con pragmatismo y con afán utópico pero con cabeza a la policrisis terrible que tenemos delante. Cada uno con su bandera, con la que sea, pero todos en la misma dirección.

En Aragón se habla de un "Pirineo digno". ¿Qué relación ves entre esa reivindicación y la idea de reapropiarse de la montaña como bien común?

Me parece importante incidir en lo de "común" y explicarlo bien. "Común" significa "de todos". Y que la montaña sea de todos significa que no sea del capital, pero también que no sea de un solo grupo de ciudadanos. Que no sea de los turistas que vayan a ella y a quienes les atraiga el paisaje pero les estorbe el paisanaje que vive en esas montañas desde hace siglos. A veces tenemos una mirada misántropa de las montañas; nos gustan prístinas, puras, vacías de todo rastro del ser humano, y nos molestan las portillas y la valla y el ganadero y el mastín que viene a ladrarnos. Tienes que entender que es el mastín el que es de allí, y tú el intruso. Pero tampoco puede validarse, por ejemplo, esa pretensión que tienen a veces los ganaderos de que la montaña sea suya y sus criterios y deseos deban prevalecer siempre sobre los del montañero. El ganadero tiene derecho a estar allí, y el montañero urbanita también, y hay que equilibrar los deseos y necesidades de ambos, no supeditar los de uno a los del otro. Porque a veces también se nos olvida que el ganadero es un empresario; capital al fin y al cabo; alguien que no deja de exprimir las montañas en su beneficio. Es legítimo que lo haga, pero tiene que entender que el montañero tiene el mismo derecho a la montaña que él. En ese equilibrio veo yo la "dignidad". La "tangente ática" que decía Antoni Domènech: un equilibrio entre el bien privado y el público.

¿Qué debería implicar hoy un alpinismo político: decrecimiento, memoria, justicia climática, redistribución?

El alpinismo político concreto por el que yo abogo incluiría todo eso, claro. Me gusta que cites la memoria. Hay también una memoria histórica montañera: la del maquis; alpinistas a la fuerza que en las montañas encuentran un refugio, una posibilidad de sobrevivir y de seguir haciendo la política que no podían hacer en la ciudad, donde los prenderían rápidamente. Hace poco se descubrió en el desfiladero de la Hermida, en Cantabria, una cueva recóndita en la que se estuvieron refugiando tres guerrilleros durante el franquismo. Se encontró una pequeña biblioteca con una docena de libros, unos zapatos de tacón que uno de los maquis debía de querer regalarle a su novia… Nadie pasó por allí en ochenta años porque estaba en el lugar más recóndito imaginable; al final de una pared vertiginosa, y tapada por una fila de árboles. Los maquis tenían que hacer un free solo bastante sobrecogedor para meterse allá. Y se ha descubierto ahora, no porque nadie pasara de casualidad por allá, sino porque un anciano de uno de los pueblos cercanos le reveló a su nieta, poco antes de morir, que su padre le había dicho siempre que allá arriba, en un punto que él señalaba, había una cueva de maquis. Esta gente, estos partisanos antifascistas heroicos, deberían recibir homenajes de Estado anuales, debería tener monumentos en todas las ciudades. Y al subir las montañas en las que estuvieron, deberíamos acordarnos siempre de ellos, con suma emoción y agradecimiento.

Si tuvieras que elegir una sola imagen —real o simbólica— que resuma que la montaña es política, ¿cuál sería y qué historia contaría?

Los clubes del Chile actual movilizándose contra una realidad de allá: las montañas privadas. Hay montañas allá —incluso montañas muy altas, incluso glaciares— que son privadas, propiedad de particulares o de empresas que las tienen valladas y prohíben el paso. Algunas que son fronterizas son reserva natural por el lado argentino y privadas por el chileno. Los clubes chilenos se movilizan contra ello: organizan manifestaciones con pancartas, saltan la valla, suben a la montaña a desplegar la pancarta en la cumbre y arriesgarse a una fuerte multa… Reclaman que hay cosas que no pueden ser privadas, que tienen que ser de todos. Lo curioso es que los clubes chilenos están vinculados a una clase como mínimo media, y más bien media-alta, que es la que en un país tan desigual tiene el tiempo libre y el dinero para esta afición. Gente, por lo tanto, más bien conservadora, más bien de derechas; gente que quizá justifique incluso la dictadura de Pinochet, pero que en este caso, movidos por algo que aman, hacen política socialista, allendista, contra ese neoliberalismo que privatiza cosas inconcebibles. Toman el testigo del célebre ruego de Salvador Allende en su último discurso: que se abran las grandes alamedas por las que pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. La montaña nos hace hacer política incluso de maneras contradictorias con nuestra propia ideología. Y es, en sí, un espacio político, donde no solo se han hecho reivindicaciones, sino que ha habido peleas literales. A finales del siglo XIX, empezó a haber clubes de montaña vinculados al movimiento obrero; clubes socialistas que, por ejemplo en Austria, gritaban "Bergfrei!", montañas libres. Se lo gritaban a conservadores que querían que la montaña siguiera siendo coto privado de burgueses y aristócratas, y que reaccionaban subiendo artificialmente el precio de los refugios para que los obreros no pudieran permitírselos. Refugios en los que quizás veinte años más tarde estuvieran apareciendo carteles que decían "judíos no". La pugna política en torno a de quién son las montañas, quien merece estar en ellas y quién no, atraviesa toda la historia del montañismo.

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