El hacker que la deshackee, buen hacker será.
Bien sabemos que los grandes poderes se pelean por nuestra atención y conspiran para tenernos frente a la pantalla cada vez más tiempo. Si algo caracteriza a nuestra sociedad digital es la renuncia a la soberanía sobre nuestra atención ¿por qué lo permitimos?
Os confieso algo: cuando hace un año leía el libro del profesor Riechmann "¿Derrotó el smartphone al movimiento ecologista?" Y mientras alcanzaba mi clímax de conciencia "antimóvil", se me ocurrió buscar en el aparato un autor que parecía interesante. Diez minutos después, ya me había olvidado del susodicho autor y casi del propio libro.
Me rendí: Si en ese momento la máquina me venció, tuve que aceptar que era más potente que yo. Entonces pasé a un Nokia, o sea, un dumbphone o teléfono tonto y la mensajería instantánea sólo en el ordenador. No he durado un año: es muy complicado funcionar en sociedad sin este aparatito: se ha hecho imprescindible a pesar que hasta hace poco no existía. Por no hablar de la tentación que resulta su conveniencia, comodidad y chutes de dopamina.
Este potentísimo despliegue digital parece imparable y su infraestructura, que consiste en inmensas naves industriales que consumen ingentes cantidades de agua, electricidad. La IA está generando una gran necesidad de macrogranjas de datos, infraestructura que ya está invadiendo Aragón con la ayuda de nuestros gobernantes. Pero esa es otra historia que merece su propio artículo…
El caso es que hemos permitido que los móviles, tabletas, televisores y altavoces “inteligentes” han penetrado hasta los espacios más íntimos de nuestras vidas. Han captado a personas de muy avanzada edad y lo que es peor: hemos tolerado que caigan en las manos más jóvenes de nuestros hogares.
El resultado es que pasamos un promedio de casi cuatro horas al día (buena parte de nuestro tiempo libre) absortos ante las pequeñas pantallas, más aún en la adolescencia. Por su parte, niñas y niños pasan mucho más tiempo frente a una pantalla que al aire libre. De hecho, pasan menos tiempo al aire libre que las personas en prisión.
¿Cuáles son los costes invisibles que implica esta dependencia digital?
Impactos negativos en la salud física y mental
Todo esto tiene múltiples y graves consecuencias. Aunque el intenso uso de las pantallas –generalizado en buena parte del mundo– está generando todo tipo de problemas de salud como trastornos del sueño, fatiga visual y los relacionados con el sedentarismo, es peor aún su impacto en nuestra mente. Ante la pantalla, la atención se dispersa a causa de interrupciones y estímulos constantes. El cerebro se adapta sobredesarrollando nuestra capacidad para la multitarea rápida, a costa de nuestra capacidad para reflexionar y pensar sosegada y profundamente. Pensemos en una buena sesión de TikTok y en lo improbable que resulta concentrarse en algo creativo tras el aturdimiento en que nos dejan sus infinitos vídeos.
Pero el problema no es efímero. En la BBC el neurocientífico Michel Desmurget nos advierte de que “los 'nativos digitales' son los primeros niños con un coeficiente intelectual más bajo que sus padres”. De hecho, el tiempo excesivo ante las pantallas está causando en problemas de desarrollo cognitivo, memoria, y degeneración neural, así como disminuye la autoestima, empeora los trastornos mentales y favorece un deterioro cognitivo prematuro. En la adolescencia, el rendimiento académico también se ve impactado así como las habilidades sociales.
Pero quizá no solo perdemos inteligencia, también cedemos valioso terreno en la esfera de lo político: recordemos las palabras de nuestro querido José Luis Sampedro: “para ser libre hay que tener pensamiento libre”, algo complicado en un mundo cada vez más “empantallado”.
Por otro lado, cuando aceptamos los ilegibles “términos y condiciones” o las cookies –que ilegalmente nos obligan a aceptar cada vez más para acceder al contenido–, entregamos nuestros datos para que sean vendidos al mejor postor, que lo mismo los usará para vendernos cápsulas de café que para influir sobre nuestro voto o incluso para dar un golpe de Estado. Si la información es poder, regalar nuestros datos a Elon Musk o Mark Zuckerberg no es precisamente revolucionario. Sus algoritmos, afinados para explotar nuestras vulnerabilidades psicológicas y sesgos cognitivos, consiguen generarnos adicción mediante contenidos personalizados de gran carga emocional, los likes de nuestras publicaciones, notificaciones constantes, recompensas intermitentes y un scroll infinito. Los “likes” por ejemplo, activan el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina y reforzando comportamientos repetitivos, tal como hacen sustancias como la cocaína. Todo ello, genera una cultura de la banalidad, “opio digital” en suma.
Todo con el noble propósito de extraer infinidad de datos personales que luego son explotados para facilitar que el capital mercantilice en los pocos ámbitos de nuestras vidas que le quedan.
Estas técnicas nos hurtan una noción compartida de la realidad, acentuando la polarización política, donde cada extremo habita su propia burbuja, más conocida como cámara de eco. Este fenómeno ha sido expuesto en el documental “El dilema de las redes sociales”, que permite entender cómo los fenómenos de Bolsonaro, Trump, pero también el Brexit no habrían sido posible sin el uso intensivo de estas.
Necesidad de liberar nuestras mentes del mandato social de la conexión constante
"Deseclipsar" nuestra atención, por emplear el mismo término que Amador F. Savater en su reciente libro, permitiría un pensamiento más racional, tanto individual como colectivo. Y esto bien podría ser un buen punto de partida para desencadenar los procesos de cambio que necesitamos. Un cambio a mejor es posible, pero nuestra voluntad colectiva no podrá volar libre mientras nuestra atención siga cautiva del algoritmo. Es ahí, ante las pantallas, donde se construyen hoy las identidades, emergen los deseos y nos relacionamos. Por ello, no debemos seguir aceptando jugar siempre en el campo del enemigo. Un campo, propiedad de multimillonarios, del que nadie garantiza que no nos expulsen en el improbable momento en que vayamos ganando el partido.
Así que la megamáquina, está aprendiendo a controlarnos cada vez mejor, con los datos que le ofrecemos voluntariamente. Si la pandemia supuso aplicar la “doctrina del shock” en su versión digital, el auge de la IA, promete acelerar estos preocupantes procesos… Por si fuera poco, la Unión Europea apuesta por la digitalización como prioridad estratégica. Y así entregamos lo más valioso que alguna vez hayamos tenido: la soberanía sobre nuestra más íntima pertenencia, nuestra atención. ç
No solo “el enemigo conoce el sistema”, como denuncia Marta Peirano. Cada vez somos más conscientes del alto peaje que se cobran las omnipresentes pantallas. Por ejemplo, el manifiesto ¡Alerta, pantallas!, que recomiendo leer encarecidamente, sintetiza una crítica contundente al fuerte proceso de digitalización que vivimos. Pero, aunque entendamos razonablemente bien el problema, lo trágico es que, cual fumador empedernido que no niega que “el tabaco mata”, nos resulta imposible o muy difícil dejarlo. Como sociedad parecemos habernos agarrado a un globo que sube y sube, y a cierta altura no podemos soltarnos porque el suelo queda ya demasiado lejos.
Nos vienen muy bien las siguientes incontestables coartadas: ¡cómo renunciar a las redes sociales como herramientas de comunicación política! ¡Cómo abandonar la nueva plaza del pueblo a nuestros adversarios! Con esa lógica, hasta los colectivos supuestamente más transformadores y contestatarios pasan por el aro sin chistar y aparecen en Instagram, X (Twitter) o TikTok… ignorando el hecho de que basta un pequeño ajuste en los algoritmos para favorecer a los candidatos preferidos, como así ha sido en el caso de Musk con Trump. Es decir, el partido está amañado desde el principio.
Bien, quizá no convenga -ni se pueda- hacerlo de golpe, pero entonces, ¿cuál es el plan para recuperar la soberanía sobre nuestra atención?
No hay, si excluimos migrar a plataformas a priori más benignas como Bluesky. Es necesario articular una estrategia colectiva para que podamos interesarnos (poner atención) en lo que realmente importa (asegurar un futuro habitable). Y digo colectiva, porque el problema, como casi todos, es demasiado grande para ser afrontado de forma individual. No es un problema personal, sino social, estructural y, en última instancia, político.
Necesitamos orientarnos sobre cómo lidiar con las pantallas. Ni los debates más subversivos ni los discursos más impugnativos deberían considerarse tales si renuncian a dar la batalla por recuperar la soberanía sobre nuestra atención.
¿Qué medidas pueden ayudar a reducir la dependencia de las pantallas en la vida cotidiana? ¿Cómo podemos organizar espacios de resistencia digital a nivel comunitario y político?
Estas preguntas deberían nutrir la conversación que no estamos teniendo para generar una contranarrativa que traiga un poco de cordura en esta locular.
Deshackear la atención no es fácil, pero recordemos las sabias palabras de la Bola de cristal: "Solo no puedes, con amigos, sí". Es decir, abordemos el problema colectiva y políticamente, aquí y ahora.




