No sé en qué momento empezamos a decirnos "te quiero" con tanta facilidad. Lo escucho al terminar una llamada, lo leo en los mensajes de mis amigas, se me escapa al despedirme de alguien con quien he compartido una tarde. Y lo digo con la misma naturalidad con la que pregunto si ha llegado bien a casa. Antes quizá se quedaba dentro, como si nombrar el cariño fuera exponerse demasiado. Ahora, cada vez más, lo decimos.
No sé si fue la pandemia. Tal vez descubrir que podíamos perder a alguien sin haber tenido tiempo siquiera de abrazarlo nos enseñó a no dejar lo importante para después. No sé si es la edad, que va colocando las cosas en su sitio. O si tiene que ver con este ruido constante de insultos, agresividad y desprecio que parece empeñado en convertir la ternura en una debilidad. Quizá sea un poco de todo.
Lo cierto es que a mí me gusta este cambio. Me gusta que una amiga me diga "te quiero" sin que ocurra nada extraordinario. Que un amigo lo escriba al final de una conversación cualquiera. Que no haga falta un cumpleaños, un disgusto o una despedida dramática para decir algo tan sencillo y tan importante.
Durante demasiado tiempo nos han contado el amor como si tuviera una única forma, una sola dirección y casi siempre una pareja en el centro. Como si las amistades fueran personajes secundarios de nuestra propia vida. Pero hay amigas que nos han sostenido cuando todo se caía, amigos que conocen nuestros miedos, personas que son casa sin compartir techo ni apellidos. ¿Por qué iba a costarnos tanto decirles que las queremos?
Y hay algo político en todo esto. Porque una sociedad que nos quiere compitiendo, desconfiando y sobreviviendo en soledad no sabe muy bien qué hacer con las redes de afecto. Con la gente que se acompaña, que se escucha, que comparte el tiempo que le queda después de trabajar y cuidar. Con quienes eligen no mirar hacia otro lado cuando alguien lo está pasando mal.
El feminismo lleva mucho tiempo recordándonos que cuidar no es una cuestión privada ni una obligación natural de las mujeres. También nos ha enseñado a poner palabras a los afectos, a cuestionar qué vínculos cuentan y cuáles quedan invisibles. Pero decir "te quiero" no debería significar que siempre son las mismas quienes sostienen, llaman, organizan, recuerdan y consuelan. El cariño también necesita reciprocidad.
Porque amar no es solo pronunciar dos palabras bonitas. Es preguntar cómo estás y quedarse a escuchar la respuesta. Es acompañar incluso cuando no hay soluciones. Es celebrar los triunfos ajenos sin compararlos con los propios. Es saber pedir perdón. Es hacerse presente sin exigir nada a cambio.
Y tampoco podemos pedirle al amor que resuelva lo que corresponde a la política. Un abrazo no sustituye una atención sanitaria digna. Una amistad no puede compensar por sí sola la falta de vivienda, de tiempo o de servicios públicos. Precisamente porque queremos a la gente, deberíamos querer también una sociedad en la que cuidarse no sea un privilegio ni una carrera de obstáculos.
Frente a quienes confunden la crueldad con la valentía, yo reivindico otra manera de estar en el mundo. La de decir "te quiero" sin vergüenza, sin esperar a que pase algo terrible, sin convertir el afecto en una excepción.
Quizá no sepamos por qué empezamos a decirlo más. Pero ojalá no dejemos de hacerlo. Y, sobre todo, ojalá sigamos construyendo un mundo en el que esas dos palabras se parezcan cada vez más a nuestros actos.



