No temáis a las ruinas

El temor al colapso se ha colado en los hogares de quienes habitamos el norte global y lo ha hecho de la mano de medios de comunicación que compiten bajo las mismas reglas de quienes nos han llevado a esta situación, pues son los que pagan sus espacios publicitarios y copan sus consejos de administración

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Foto: Taylor Siebert (Unsplash).

El artículo que vas a empezar a leer no pretende alarmar. Todo lo contrario. Trata de ver todo esto que nos rodea como una oportunidad. Una grieta. Lo cierto es que en este embrollo en el que andamos metidas tiene difícil solución. Sobre todo, si somos incapaces de romper con paradigmas económicos que lastran nuestras libertades, nuestra salud, y lo más importante, atentan continuamente contra la resistencia de nuestros ecosistemas.

El enredo en cuestión, y desde ya os digo que es una ecuación de difícil resolución, incluye escasez de recursos energéticos fósiles, escasez de materiales (algunos necesarios para implementar las energías renovables o mantener en funcionamiento tecnologías como los smartphones), encarecimiento del transporte, deslocalización de la industria, aumento de la pobreza extrema, industrialización masiva de la agricultura y ganadería, una economía excesivamente financierizada y el amenazante calentamiento global.

Si hay algo que me preocupa realmente es que la humanidad hayamos sido capaces de destrozar el equilibrio de nuestro planeta en tan poco tiempo. Esta semana terminaba la celebración de la cumbre COP26 y lo hacía sin ninguna decisión vinculante, y qué, aunque la hubiera, esta no sería respetada. En el año 2015 se firmaba el Acuerdo de París, un tratado internacional sobre el cambio climático jurídicamente vinculante. Fue adoptado por 196 países en la COP21 celebrada en París, el 12 de diciembre de 2015 y entró en vigor el 4 de noviembre de 2016.

Aquel acuerdo trataba de evitar que el calentamiento global superara el umbral de 1,5 C⁰, sin embargo, todos los indicadores que baraja la comunidad científica nos llevan a un escenario en el que ese límite se vería superado antes de lo estimado: en torno al año 2030.

De hecho, la revista Science publicaba recientemente un artículo en el que se aseguraba que, incluso si dejáramos de utilizar combustibles fósiles en todas las actividades, excepto en la agricultura y ganadería industriales tal y como las concebimos ahora, se superaría ese umbral.

Esto nos lleva a un asunto clave y en cierto modo representativo de lo que el capitalismo es y cómo funciona: la agroindustria. El actual proceso industrializado del sector primario supone el primer gran escollo que el capitalismo debe sortear ante los problemas de escasez de recursos que le acechan. La transformación de la agroindustria en beneficio de nuevas comunidades autosuficientes y respetuosas con el medioambiente no necesita de acuerdos vinculantes de los países, es más, de seguir los caminos marcados por los líderes de estos Estados, el cultivo en pequeñas huertas va a ser una obligación.

Si la escasez de combustibles fósiles ha alcanzado el pico del petróleo y está a punto de alcanzar el pico del gas, se hace improbable que grandes tractores y cosechadoras, como los que ahora vemos surcar y segar los campos, circulen dentro de una década.

Así mismo, esta escasez también influirá en la fabricación de pesticidas y abonos derivados del petróleo, lo que nos obligará a repensar la agricultura de una forma casi antropológica. Sembrar en colectivo, regar en colectivo, cosechar en colectivo y comer en colectivo. Obligará a colectivizar las tierras que nos den de comer, abandonada por las manos de aquellos que ya no podrán usar sus grandes máquinas para someter al campo a procesos industriales de los que saquen provecho unas pocas multinacionales.

Emprender este viaje colectivo hacia una nueva (o vieja) forma de alimentación obligará a nuevas (o también viejas) formas de sociabilización que, a la fuerza, deberán romper con las lógicas del mercado. El capitalismo poco tiene que hacer ante la sociabilización sin transacción monetaria de por medio. Se verá desarmado sin finanzas que hagan subir o bajar precios al antojo de quien más cartas posee en ese sombrío juego. Y ya no hablamos solo de la agroindustria.

Pero este cambio necesita de un giro radical en la cultura creada por el capitalismo desde hace un par de siglos. Cambiar el paradigma de producción, especulación, publicidad y consumo se hace estrictamente necesario de cara a afrontar cambios económicos y sociales futuros. Romper con la macabra rueda dentada de la producción requiere de una ruptura casi total con todo lo que conocemos. Y esto va a ser lo más difícil. Quitar la venda de nuestros ojos. Liberar nuestros pensamientos de sus apretados corsés. Durante décadas la mayor parte de nosotros nos hemos convertido en engranajes de una maquinaria que no deseábamos, producíamos bienes y servicios que directamente no queríamos. Gastábamos nuestro tiempo en labores arduas, indeseadas y, en muchas ocasiones, innecesarias. Incluso cuando producíamos contracultura o subversión estábamos siendo parte del sistema.

El capitalismo hace tiempo que desechó a una gran parte de la población mundial. La pobreza extrema azota desde hace décadas al sur global, que sufre el expolio continuado de una descolonización inconclusa. A quienes sufren ese colapso cotidiano no se le puede hablar de un nuevo colapso. Carlos Taibo lo resume bien cuando dice que “explicar qué es el colapso a una niña nacida en la franja de Gaza me parece extremadamente difícil, porque ella no tiene posibilidad de comparación”. A esa niña, como a muchos otros niños en África o América no les asusta el colapso, porque ya viven en él.

La encrucijada en la que nos encontramos en la actualidad requiere de pensamientos libres de ataduras. Porque el capitalismo viene matándose a sí mismo de avaricia. Y a la postre acabará por destruirse. Y el colapso que nos pintan Ana Rosa o Ferreras es más el suyo que el nuestro. Nosotros sabíamos del fin de las materias primas desde hace años y ahora nos quieren hacer jugar a su juego: convencernos que el capitalismo tal y como lo conocemos es la única solución y la única herramienta que puede salvarnos de ese colapso caótico. La única alternativa. O ellos o el caos. El “realismo capitalista” exactamente como nos lo describió Mark Fisher.

Pero no debemos caer en la trampa del derrotismo. Ante el miedo que nos vierten debemos mostrar nuestra fe. Como escribía Layla Martínez hace un par de meses en El Salto en su invocación a los muertos: “La revolución es un acto de fe. Pero no la fe podrida de los clérigos, sino la fe luminosa de los niños o la fe ardiente de los amantes”. Porque ellos nos venderán su solución como mágica pero sabemos, porque lo hemos visto otras veces y en otros lugares, porque nos lo contaron también nuestros muertos, que la solución capitalista lo destruye todo y nos vuelve a encerrar en su jaula.

El colapso que anuncien las grandes corporaciones mediáticas es tan solo el final de su reinado. El capitalismo tocando a degüello. Y, en ese rebato para salvar sus beneficios, serán sus propias lógicas las que llevarán al caos, sin darse cuenta de que a quienes pretenden asustar hace tiempo que vivimos en la cara oculta del capitalismo. Somos las que mal pagadas limpiamos sus casas, arreglamos sus coches, hacemos sus ofertas, servimos en sus bares, vendemos sus productos, pintamos sus paredes y, sí, por qué no decirlo, construimos sus palacios. No puede asustarnos que se derrumbe su imperio.

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