
"La sociedad no es cambista, el socius es inscriptor: no intercambiar, sino marcar los cuerpos, que son de la tierra". Deleuze y Guattari, El AntiEdipo.
Ayer terminé de ver Utopía completa. Antes cabría decir que no soy una gran aficionada a las series, y que pocas consiguen mantenerme fiel a sus intríngulis día tras día. Pero Utopía lo ha conseguido, me ha interpelado. Y cuando me pregunto el por qué de esta interpelación, hay una temerosa respuesta que sale a flote: en el fondo no se está hablando de ninguna teoría conspiranoica. La conspiranoia es, en verdad, lo menos relevante. Utopía articula toda una reflexión sobre el poder que puede ser perfectamente aplicable a nuestros días: “¿Lo ves? No eran nazis, ¡eran neoliberales!” me dijo un amigo cuando pasé la primera temporada. Será que el neoliberalismo no es sino nuestro fascismo postmoderno, pensé.
Utopía, estrenada en Channel 4 por vez primera en 2013, no pertenece estrictamente al género de “suspense conspirativo”, como asegura Wikipedia, pues consigue desbordarlo. Utopía nos habla de la crisis del neoliberalismo. Sabemos que una crisis no implica el fin de algo. Las crisis conforman la geografía idónea para el desplazamiento y el reposicionamiento de unos límites, las crisis vienen a reconfigurar el marco capitalista cuando éste ha agotado sus propios límites inmanentes.
Tal vez uno de los documentales que mejor exprese esta situación de crisis y sus consecuencias sea Debtocracy, centrándose en la Grecia endeudada y sometida al austericidio de las políticas neoliberales. En un momento del documental, un entrevistado habla del FMI como de ese gran fracaso que, no obstante, pervive como un zombie, en continua adaptación, siempre en crisis y alimentándose de otros cuerpos todavía productivos. Utopía, sin embargo, establece un paisaje plagado de muertos bien muertos. En Utopía no hay cuerpos que renazcan después de haber sido atravesados por una bala, en Utopía hay cuerpos que mueren, pero que transfieren sus heridas a otros cuerpos: «sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria» decía Nietzsche.
La utopía neoliberal, que la serie deja intuir a lo largo de sus dos temporadas, no es otra que la de poder domesticar los cuerpos, poder decidir qué cuerpos seguirán produciendo y consumiendo y cuáles no, qué cuerpos podrán seguir transfiriendo sus deudas y cuáles deberán dejar de hacerlo por el bien de la Humanidad, esto es, del Capital financiero. Si hay algo maravilloso en la serie, es precisamente esta notable ausencia de moneda: en Utopía el verdadero soborno no se realiza con maletines llenos de billetes; sino con pistolas en la cabeza, cuerpos amenazados y deudas articuladas en torno a alianzas, complicidades, desconfianzas o sangre. Toda una acumulación primitiva de cuerpos, porque la única ley que conoce el deseo es la del robo y la del don, pero no la del intercambio. El intercambio de dinero juega un rol secundario para los personajes de Utopía, es el dinero-deuda el que desencadena el movimiento.
Pensemos, si no, en el Señor Conejo: ¿qué más da quién sea? El Señor Conejo puede ser el cualquiera, pero es un cualquiera dispuesto a poner el cuerpo al servicio del dolor de la herida. Es importante que la transferencia de la identidad del Señor Conejo, y con ella, la transferencia de su poder, no se realice por un papel, una firma o una palabra. La transferencia de la identidad y del poder se realiza mediante una herida, mediante un cuerpo que ha sufrido una operación de marcaje, un cuerpo anónimo que se hiere y deja de ser el mismo sólo cuando se marca “a sangre y fuego”.
El Señor Conejo funciona a lo largo de la serie como la clave de bóveda que sostiene todo el entramado de poder, pero sabemos que el error está en atribuir la identidad del Señor Conejo a un cuerpo concreto. Del mismo modo, sabemos también que la identidad del Señor Conejo no se transfiere únicamente autodenominándose de tal modo. Decir “Yo soy el Señor Conejo” no servirá de nada. El auténtico poder reside en la herida, en una herida transferible.
Como recordaba Lazzarato en La fábrica del hombre endeudado, no podemos admitir más la falacia de la performatividad de la deuda. El capital financiero y la economía de la deuda no funcionan performativamente, decir “te pagaré” o “te devolveré la deuda” no sirve de nada, no performa ninguna identidad ni crea ningún simulacro. Decir “te pagaré” es sinónimo de herida y de castigo, necesita de carne que sangre y que reviente, de un cuerpo estallado. La deuda de Wilson sólo puede pagarse con una automutilación.
Volver a poner el cuerpo y el deseo en el centro del problema, mostrando la caducidad de las teorías sobre la performatividad y el simulacro, es la virtud de Utopía. La pregunta final, la que realmente debiera inquietarnos es: ¿Por qué deseamos la mutilación de nuestro propio cuerpo? ¿Por qué deseamos nuestras deudas?
Andrea de la Serna (#ZaragozaPiensa) | Para AraInfo





