El Ayuntamiento de Zaragoza, en su campaña de intencionado olvido de la memoria de las víctimas del fascismo, ha arrancado los rosales que un grupo de personas mantenía en la tapia donde el fascismo asesinó a cientos de personas por sus ideas. El entorno permanece en un progresivo estado de deterioro y olvido.
En otro tiempo era vox populi, casi un rumor, aunque era más que sabido.
En una tapia del zaragozano Cementerio de Torrero fueron fusiladas cientos de personas por sus ideas políticas, 3.543 según los datos históricos más fidedignos.
De ello no se hablaba durante la dictadura, ni tampoco después. Había un manto de silencio porque las víctimas y los victimarios eran las mismas vecinas del propio barrio y de todos los demás de Zaragoza.
Las tapias del cementerio permanecían anónimas en la memoria de lo sucedido hasta que los esfuerzos de las asociaciones memorialistas y de organizaciones herederas de la tradición anarcosindicalista y republicana consiguieron arrojar un poco de luz.
Se erigió un memorial dentro del recinto, ahora bastante descuidado, al tiempo que empezaron a abrirse las fosas comunes en diversos puntos del territorio aragonés y a promulgarse tímidas leyes de memoria, ahora derogadas por la extrema derecha en el poder.
Al mismo tiempo, grupos de personas llevaban a cabo sus pequeños actos de homenaje y recuerdo.
Guillermo, una de las personas que se preocupó por los alrededores de la tapia del cementerio, da cuenta del deterioro que se intentó revertir. En marzo de este año fueron conscientes del estado de la zona y se pusieron manos a la obra.
Un grupo de personas voluntarias quitó las malas hierbas y llegó a sacar dos sacos industriales de basura. Se podó el solitario rosal, se regó durante este duro verano y se abonó. Finalmente, volvió a brotar un puñado de rosas rojas.

A principios de noviembre, una de las compañeras encontró el rosal arrancado y en la basura. Trabajadores de la contrata municipal lo habían arrancado de cuajo, aduciendo unas presuntas humedades que afectaban a la pared. En su lugar se han instalado unos maceteros recubiertos de una carcasa de plástico, sin mantenimiento alguno, ni siquiera riego.
El grupo de personas que ha dignificado la zona no culpa a los operarios, que siguieron órdenes de sus responsables que, parece ser, venían del consistorio.
Por otro lado, anuncian que continuarán con su labor desinteresada y animan a resignificar lo que debe ser más que una extensión de hierbajos y basura, así como a ser más personas en esta tarea de memoria.
Saben que es una historia pequeña. Pero las pequeñas luchas son las que construyen historia y hacen memoria.





