Ernesto Sábato vino a decir algo así como que las sociedades comienzan a derrumbarse cuando sus mitos pierden valor ante el fracaso de la razón, la política o la ciencia. En ese estado de cosas, el ser humano, reconvertido en una masa de individualidades, se abisma en el vacío sin encontrar sus raíces ni en el cielo ni en la tierra, mientras se aturde en una avalancha de información que no puede digerir y de la que solo recibe una especie de fascinación que suple, desde la banalidad, el valor de los mitos que se olvidaron en las estanterías de los saberes.
Puede que este sea un resumen resumidísimo del despiste general con que la posmodernidad parece querer deconstruir el modelo social superviviente a 1945.
Este despiste generalizado de las masas tal vez haya sido el que ha hecho posible en Barcelona el vodevil independentista protagonizado por Puigdemont que, aspirando a la "Marcha sobre Roma" se ha parecido más a un micro-encierro de San Fermín, con un solo toro, más bien manso, que ha corrido por la calle hasta el burladero del ruedo ibérico, adorado y protegido por su séquito de incondicionales con sombreros de paja. Una bravura de 10 minutos, puño en alto (que no deja de ser curioso en un ultra conservador) que se ha desvanecido detrás de las cortinas del burladero hacia un coche que le habrá puesto en camino hacia su seguridad de pequeño burgués con aspiraciones a megalómano.
Ni sabemos ni queremos entrar en análisis de lo sucedido y del perjuicio o beneficio que este sainete pueda tener en la realidad catalana y española. Todólogos tiene los medios de comunicación que sacarán pelos a las "calaveras que brillarán venerables y católicas" al gusto de todas las parroquias. Desde el librepensamiento es preferible conformarnos con identificar esta porción de "universo caótico y fragmentado", muestra de posmodernidad que, para pensadores como Baumann o Baudrillard, representan una enorme cuota de sufrimiento en las personas del que no se pueden proteger ni con los sombreros de paja del independentismo.
El "Yo saturado" es padre de la vacilación y ambivalencia que impiden encontrar asideros con que enfrentar el hecho del "ser", una realidad que "siempre" se pospone sin pensar que "siempre" es una magnitud que disminuye con el tiempo hasta alcanzar la nada. En ese sentido Baudrillard pensó que la posmodernidad es el momento del simulacro, un diálogo sin diálogo, expresión permanente de la contradicción como armazón en un discurso cada vez más pervertido por el proceso de sumisión que impone. La realidad virtual, la imagen o el reflejo emergen como una realidad superlativa y difuminan los límites entre la ficción, la fantasía y la verdad. Otra vez el espectáculo y el burladero como horizonte de falsedad.
La posmodernidad tiende una trampa al "sujeto" que sufre una cierta mutilación, una pérdida del valor simbólico y estructurante de la palabra, una dificultad para la representación de su entorno, conformada hacia la supremacía de la imagen sobre el sentido intimo de las cosas. El espectáculo constante, sea dentro o fuera de los parlamentos, se considera prioritario sobre cualquier otra visión de lo que debería ser (nada más y nada menos) la gestión de la Res Pública, es decir la forma de ser y entendernos los seres humanos que, después de tanto como se ha pensado y escrito, en particular en el siglo XX, debería de dar mucho más que para un pequeño paseo escapista hacia paraísos artificiales.
Los que entienden de estas cosas dicen que las sociedades occidentales tienden a profesar el nihilismo y reivindican al “caos” como lo único representable. Horizonte poco halagüeño en el que la exacerbación del consumismo como dinámica social, se conforma como uno de los descriptores de este periodo posmoderno que no se sabe si es una realidad temporal o de percepción de ciertos grupos que imponen sus modelos. Se habla de escepticismo, extravío, tedio y de la percepción generalizada de que la realidad es un sinsentido. Y de ahí a prestar atención al más imbécil hay un paso. Porque el imbécil o, mejor dicho el que lo utiliza, tiene un conocimiento profundo de todas las ciencias sociales y del comportamiento y las aplicará eficientemente para conseguir sus objetivos.
De esta forma y tal como ya escribió Hanna Arendt, hoy como en en los años 30 de Alemania, hay mucha gente dispuesta a hacer lo que toque, aunque sea la mayor monstruosidad o, como en el caso de los nacionalismos hiperventilados, simplemente irracional, plenamente anacrónico e inconveniente.
La gente de la Escuela de Frankfurt que no fueron en absoluto posmodernos, vinieron a decir que el afán del dominio de la naturaleza nos ha conducido a nuestra propia anulación. Esa idea, presente también en la Ecología Social, abunda en que en esta sociedad del intercambio, el "sujeto se convierte en objeto" obligado a una sumisión creciente. Un camino al neofeudalismo tecno-idólatra en el que desaparece la idea de la emancipación del ser humano de los antiguos modelos. Así se explica, no solo el sainete barcelonés sino también el ansia por alcanzar el seguro privado más barato que lo cubra todo: la salud (sin listas de espera), los incidentes automovilísticos sin esperar a la grúa y la paz del hogar (con garantía anti ocupación). Una rentable construcción sobre la falsedad.
Pero como Pandora aun retuvo la esperanza en su cántaro, esta entrada no puede terminar sin pensar/soñar que cada persona, desde su capacidad de pensar y discernir las realidades sometidas a la crítica del pensamiento, ejerza su responsabilidad moral por encima de cualquier imposición, cualquier mercado y cualquier propaganda para encontrar la respuesta más adecuada a los imperativos que cada día saltan a nuestro paso.
Casi todo está en los libros y lo que falta debería estar en el corazón.

