Hubo un ensayo previo en julio, en el marco del festival de Música al Raso, pero formalmente fue el pasado 29 de diciembre cuando tuvo lugar el pistoletazo de salida de la celebración de las cuatro décadas sobre el escenario del músico, poeta e historiador zaragozano Gabriel Sopeña. Toda una rareza en nuestro panorama artístico y cultural. Primero, por su atípica condición híbrida de rockero, poeta y académico, una mezcla difícil de sobrellevar con equilibrio (y dignidad). Segundo, por su longeva supervivencia, pues cuarenta años de rock no es poca cosa en este país tan descuidado y hostil con sus escenas culturales. Tercero, por su empeño en ser un nodo de una amplia red de iniciativas artísticas y culturales que se multiplican y atraviesan fronteras de todo tipo, sea como motor de sus propias bandas o como catalizador de ajenas, con conexiones de ida y vuelta entre lo musical y lo literario, lo audiovisual y lo dramatúrgico, el ensayo y la poesía. Y todo ello sin abandonar la electricidad.
El 29 de diciembre de 2021, de la mano de una banda compuesta por lo más granado del rock local, Gabriel Sopeña ofreció el concierto inicial de gira con un llamamiento a la celebración de la vida en unos tiempos inciertos y (todavía) pandémicos. Más allá de gustos, filias y fobias, la figura de este artista nos permite hacer balance de las mutaciones de la esfera musical-cultural, de la industria que procura explotarla y del sistema político que ha intentado instrumentalizarla.

“El sol siempre sale por donde quiero mirar”
El arco temporal que nos propone Gabriel Sopeña nos retrotrae a 1981-1982, un claro punto de inflexión de nuestra historia colectiva. Tras los primeros años de la Transición, tan violentos como esperanzadores, echó a andar nuestro actual sistema político, reflejo de los inestables equilibrios entre una sociedad muy movilizada y cargada de ilusiones y unos sectores económicos y políticos inmovilistas y enraizados en la dictadura. No en vano, fue en 1981 cuando se produjo el momento fundacional que otorgó legitimidad pública a todo el entramado, con el fracaso del golpe de estado de Tejero. Pero 1981 fue también la fecha del primer concierto de Bruce Springsteen en España, del que Sopeña salió andando a dos palmos del suelo y con varias lecciones bien aprendidas.
Las aspiraciones sociales de cambio político y las ganas de contrarrestar la reacción regalaron un triunfo apabullante al PSOE en las elecciones generales de 1982, que coincidió con el despliegue del modelo territorial autonómico y de las nuevas instituciones políticas que éste llevaba aparejado. Un momento histórico inédito, con todo por estrenar, con miles de nuevos políticos en prácticas, y con unas instituciones que necesitaban distanciarse, aunque fuese estéticamente, de aquel franquismo que no acababa de irse.
De la noche a la mañana, novedosas propuestas de cine, fotografía, pintura, moda, música o cómic, salieron del subsuelo y pasaron a ocupar los principales escaparates mediáticos. La música, en particular, jugó un papel clave, pues instituciones políticas de todos los niveles se apoyaron en la modernidad estética que ésta propiciaba para presentarse como algo diferente a lo anterior. Entre las propuestas políticamente más instrumentalizadas destacó la famosa Movida madrileña, una estética fresca y desprejuiciada, émula de la nueva ola anglosajona, que simulaba partir de cero para dejar atrás el franquismo y aproximarnos a lo que Europa podía representar. Pero, y he ahí el truco, también para dejar atrás el antifranquismo. La Transición entendida como un pacto de olvido integral.
Fue a partir de 1983, tras las segundas elecciones locales, cuando los ayuntamientos trataron de distanciarse de las acartonadas fiestas mayores tardofranquistas mediante la contratación de los grupos emergentes de la nueva música pop y rock, a rebufo del gran escaparate mediático de la Movida. Se crearon así grandes circuitos de conciertos, generosamente financiados con dinero público, que normalizaron la presencia del rock en sentido amplio en todos los pueblos y ciudades del país.
Este era el ambiente en el que dio inicio la singladura musical del músico zaragozano. El contexto era propicio y era hora de pasar a la práctica.
“Ya no puedo darte el corazón, iré donde quieran mis botas”
La plasmación práctica de aquellos anhelos adoptó numerosas formas, pues Gabriel Sopeña ha sido un músico todoterreno con tendencia a ejercer de hombre-orquesta. Su huella fue honda con Ferrobós (1982-1990), un cuarteto de inspiración springsteeniana, música contundente y sólidas letras, que se curtió en innumerables conciertos y fiestas de pueblos. Pero Sopeña dejó un rastro todavía más profundo con Más Birras (1985-1993), el grupo más influyente y añorado de aquellos años, gracias sobre todo al carisma de Mauricio Aznar, que supo conectar como nadie con el alma colectiva de aquella porción de humanos que habitaban al este del Moncayo. Sopeña sería un soporte esencial en la composición de temas para Más Birras, como también para multitud de otros grupos coetáneos. No importaba hacia dónde miraras, en aquellos tiempos Sopeña siempre estaba allí.
En el concierto del pasado 29 de diciembre se interpretaron hasta cuatro temas de Más Birras, pero sólo uno de Ferrobós. Un desequilibrio parcialmente compensado con dos temas de El Frente, su digna secuela, aunque a los nostálgicos les supo a poco. Aunque hay que guardarse de la nostalgia del rock, ese dolor insano que tanto puede llevar al psiquiatra como a la cárcel, y cuyo único remedio suele ser un buen concierto.
“Para llegar a triunfar sólo hay dos caminos: o mentir perfectamente o creérselo hasta el fin”
Durante la segunda mitad de los 80, Aragón contaba con un ecosistema musical autónomo y reconocible, constituido por discográficas independientes, salas de conciertos con programación regular, un extenso circuito de fiestas mayores, medios de comunicación atentos a lo que pasaba, o que incluso lo promovían, e instituciones públicas que apostaban tímidamente por la cultura rock.
Es en esta época cuando grabaron sus principales obras Más Birras, Ferrobós, Mestizos, Tako, Proscritos, John Landis Fans, Distrito 14, Días de Vino y Rosas, Intrusos, Pedro Botero, Los del Trasmuro, Escoria Oriental, Tercer Aviso, Lágrimas de Mermelada, INK, los Furtivos y muchas otras bandas locales. La Movida aragonesa era una realidad.
Pero este delicado ecosistema no sobrevivió al cambio de década. El final de la Guerra Fría supuso otro punto de inflexión. La disolución de la URSS en 1991 cambió las reglas del juego a todos los niveles, dando paso a un nuevo orden de las cosas bajo los dictámenes de la globalización neoliberal. La música acusó el golpe, dejó de ser socialmente significativa y pasó a ser un simple objeto de consumo para grandes masas crecientemente individualizadas.
En clave estatal, el sistema político estaba consolidado y ya no necesitaba parecer moderno a cualquier precio, por lo que dejó la esfera musical a la deriva. Se redujeron los apoyos públicos y se renunció a mantener una esfera cultural-musical popular viva. Incluso los ayuntamientos, pues con una buena disco-móvil se podía solventar cualquier fiesta mayor. En paralelo, la irrupción del CD y la posterior generalización de internet modificaron radicalmente el consumo de cultura audiovisual.
La industria musical se dio la vuelta como un calcetín, las multinacionales se replegaron a reeditar su fondo de catálogo, mientras las nuevas promesas fueron invisibilizadas y condenadas a circuitos marginales.
Los 90 vieron la eclosión de una nueva hornada de discográficas independientes que dieron paso a la escena ‘indie’, con un público mucho más fragmentado y reducido impacto popular, a años luz de la década anterior. Los medios generalistas dejaron de dar espacio a la nueva música pop española, la cual, quizá consciente de (o en un intento de paliar) su papel residual en medio de la globalización desbocada, se pasó al inglés, reduciendo aún más su capacidad de generar himnos generacionales y de ser socialmente significativa. Música codificada para minorías aisladas.
“Larguémonos, chica, hacia el mar, no hay amanecer en esta ciudad”
Tras la disolución de Ferrobós, Gabriel Sopeña y Jesús Trasobares montaron El Frente, banda que grabó dos discos muy reivindicables con una independiente donostiarra. Mientras tanto, Más Birras fichó por una independiente madrileña con la que también publicaron dos discos fundamentales en ese mismo periodo (1991-1992). Sin embargo, ambas discográficas quebraron en poco tiempo y hacia 1993 todos los proyectos quedaron en dique seco.
Fue el momento del éxodo. Grupos como Héroes del Silencio o Amaral se trasladaron a (o tomaron impulso desde) Madrid, pero Sopeña miró hacia Barcelona de la mano de Loquillo y su entorno, en aquel momento también en horas bajas. Por alguna extraña razón, la música aragonesa está repleta de referencias a la huida hacia el mar, punto de fuga de los habitantes del desierto. De este modo, se convirtió en colaborador habitual de Loquillo, tanto en sus discos con los Trogloditas como en sus aventuras musicando a poetas. No es extraño, pues, que en el concierto de inicio de gira se interpretaran hasta cinco temas aparecidos en álbumes de Loquillo.
Aunque Jackson Browne insistía en llevarle a California, y la lógica decía que los hilos se movían desde Madrid, Gabriel Sopeña permaneció instalado en la capital del cierzo. Con una buena dosis de tozudez, pasó la larga travesía del desierto de los 90 y de la primera década del siglo XXI componiendo canciones para Loquillo, pero también dando forma a una serie de disco-libros corales, la mayoría publicados por PRAMES, en las que ejercía de maestro de ceremonias aunando sus múltiples facetas musicales, literarias y ensayísticas. Sopeña se adaptó a los tiempos oscuros, reinventándose para seguir dando guerra en la escena musical desde una esquina.
Tras varias obras colectivas, en 1998 publicó su primer disco en solitario, ‘Mil kilómetros de sueños’, con una discográfica independiente catalana. Una aventura frustrada por una desgraciada combinación de prácticas empresariales mafiosas e ignorancia de lo que tenían entre manos. Fue un disparo brillante que cayó fuera de la diana. Quizá fuera por eso que en el concierto del 29 de diciembre no sonó ningún tema de este disco. Lástima.
“Y si quieres que te diga qué hay que hacer, te diré que apuestes por mi derrota”
Durante la primera década del siglo XXI, la industria musical era un camión sin frenos cuesta abajo, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos y enzarzada en mil peleas con los servidores de internet. El sistema político español, por su parte, se había consolidado de tal manera que la democracia devino partitocracia, con unos partidos políticos férreamente jerarquizados, con reducida base social y unos medios de comunicación generalistas firmemente atrincherados con uno u otro de los grandes partidos, generando interminables espirales de polarización política y social. Es época de relecturas de la Constitución del 78 en clave regresiva.
Con un disco en la calle que no iba a ser promocionado, Sopeña entró en una fase de guerrilla y resistencia. Desde la autosuficiencia autogestionaria, el cantor zaragozano todavía era capaz de defender una inusual colección de temas con un imaginario complejo y nada común, poblado por personajes que luchan por escapar de la opresión de estructuras institucionales y simbólicas. Unos personajes a los que, como al cantor, la conciencia de estar al margen les fortalece y otorga más valor. He ahí el truco (de nuevo).
“Si has venido a comprarme, lárgate. Si vas a venir conmigo, agárrate”
La Gran Depresión económico-financiera de 2008-2015 provocó un nuevo ciclo de protestas ciudadanas, cuya consecuencia fue la inesperada reestructuración del sistema de partidos políticos, que se hizo más plural. Como parte negativa, el diseño institucional bipartidista no fue capaz de asumir tal fragmentación y los poderes legislativos cayeron en una parálisis disfuncional que todavía dura, alentando el descrédito institucional y la anti-política.
Todo ello coincide con el desplazamiento del negocio a las plataformas de streaming, momento de máxima desmaterialización de la industria musical. En este contexto adverso, en 2018 Gabriel Sopeña resurgió con un nuevo álbum. Justo veinte años después de su primer disco en solitario, y a treinta de la publicación del mítico disco de Ferrobós, el zaragozano sorprendía con ‘Sangre Sierra’, un disco repleto de temas luminosos y poética liberadora. Una colección de puñetazos en el estómago y elevada carga emocional y filosófica. Su obra maestra, sin duda. Y el más bien grabado. No en vano, en el concierto de arranque de su never-ending-tour sonaron hasta cuatro canciones de este álbum. Un clásico del futuro.

“No sé si nací para correr, pero quizá sí que nací para apostar”
A finales de los 60, el rock se convirtió en algo más que música, en un lenguaje popular y común de transgresión y resistencia, de huida y disensión, de vínculos generacionales y compromisos políticos. En los 80 todavía tenía ese papel y, en el caso español, jugaría un rol fundamental para lavar la cara a las nuevas instituciones democráticas. Sin embargo, a partir de mediados de los 90, con la globalización, la digitalización y el IPod, la música se fue reduciendo a un mero objeto de consumo individual. Como la colonia.
Quizá Sopeña no nació para correr, pero es indudable que sí para apostar contracorriente. Si no, no se explicaría su atrevimiento a anunciar un nuevo disco, que presumiblemente se llamará ‘Desiertos’, y a embarcarse en una extensa gira con la que celebrar la vida como reverso inseparable de la muerte (dedicó el concierto a Joaquín Carbonell y a Mauricio Aznar). Toda una reivindicación de la música en directo como una forma de resistencia grupal ante la soledad atomizada a la que nos condena la industria cultural globalizada y digital. El concierto de rock como refugio reparador y fuelle de emociones colectivas para soportar nuestra larga travesía por el desierto. Habrá que seguirle la pista.









