En estos tiempos de aparente toma de conciencia por el planeta, qué mejor que conocer una de las vertientes más hirientes, dolorosas y nocivas cuando se trata de la destrucción de los recursos del planeta: la alimentación de millones de seres humanos.
Así, de forma onírica, a golpes y a arañazos, a versos y a sueños, nos ponemos -por una vez- en la carne y la piel de las víctimas: nos sentimos utilizadas, cosificadas, esclavizadas y comidas. Hay personajes en esta novela que nos hacen sentir mal, que nos inquietan. Somos nosotras a diario. Hay, además, personajes que nos enternecen, nos entristecen y nos ponen en el lugar de los futuros cadáveres. Somos nosotras por esta vez.
La disposición en capítulos cortos y la alternancia de escenas con fluidez hace de la lectura un ejercicio ameno en el que, junto a los símbolos y las descripciones ricas de quien es poeta, los personajes corren por sus páginas hacia un mensaje final que llega de los labios de un niño. Y este niño, lejos de "solamente" decir, también "hace".
Por todo ello recomiendo esta lectura. Espero que llegue a muchas personas, que abra muchos ojos y que despierte muchas conciencias. Porque el planeta, y sus habitantes sin excepción lo merecen sin ningún ápice de duda.


