¡Viva la lucha de la clase obrera! Resulta gratificante oír esta consigna gritada por multitudes en la calle, máxime si los que la corean tienen edad de estar en el instituto o en los primeros años de su vida laboral o universitaria, frente a la "prioridad nazional". El relevo de los que nos conocemos todos de vernos en las manifestaciones desde los años 70 parece asegurado.
Si la sociedad dependiera de los que siguen (aún sin comprenderlas) siquiera las tesis ultra neoliberales hace mucho tiempo que esta se habría extinguido.
El ser humano es un animal con una acendrada conciencia de sí mismo. Si enterrábamos a los muertos con rituales de gran importancia para las tribus y pueblos que los practicaban, no era menos importante el cuidado que, sobre los que te rodeaban y eran más débiles, ejercía el grupo humano.
El "apoyo mutuo" que propugnaba con Koprotkin era una constante ya en las primeras sociedades que prosperaban sobre una naturaleza tan acogedora como, muchas veces, hostil. Con la aparición de la propiedad privada, con el levantamiento de la primera valla (la primera frontera), aparece el comienzo de la desigualdad entre los humanos. La avaricia y el egoísmo adquieren categoría de derechos fundamentales, defendidos a sangre y fuego por las nuevas clases dirigentes que se ponen al frente de las nuevas sociedades jerarquizadas, resultantes de la admisión de estos "derechos fundamentales" en manos de quienes especulaban con el excedente, cuando el producto de la tierra domesticada se convierte en riqueza para unos pocos y servidumbre para la mayoría. Esta dicotomía secular refleja perfectamente la situación geoestratégica y política del mundo actual, aunque ya a un nivel estratosférico.
La lucha de clases, como admitía Warren Buffett, claro que existe, sólo que las clases altas la están ganando por goleada. Las constituciones occidentales son un monumento al papel mojado.
Los derechos fundamentales son confrontados y siempre salen ganando los más primigenios y básicos del capitalismo: especulación frente al derecho a un cobijo digno; llévenlo ustedes ante un juez y verán cuál es el predominante. Esto vale, por supuesto, para una gran mayoría de derechos que sería muy prolijo destacar aquí.
Ciertamente los malos instintos, que también forman parte del espíritu humano, han colaborado a que el sistema de explotación y consumo que impera en el mundo parezca inevitable.
Los chicos que gritan por la reactivación de la lucha obrera, por la recuperación de los ideales revolucionarios, que quieren crear una sociedad más justa y equitativa se ven confrontados a los otros jóvenes que, sin tener ni idea de lo que en realidad significa, lanzan consignas claramente fascistas y franquistas.
Pero, en el fondo, este hecho trasluce lo mismo que hace que muchos miembros de la clase trabajadora voten en contra de sus intereses y a favor de quienes los explotan. Son personas que han asumido que gobiernen sobre sus actos las vísceras y no la razón. Consumidores que buscan cualquier excusa racional para justificar compras que no necesitan, también lo hacen con las tripas no con el cerebro. Eso es algo que los habitantes del Antropoceno conocemos muy bien porque todos lo hemos hecho, la diferencia es que en cuestiones políticas el personal actúa de la misma manera, tan es así que, con tal de fastidiar a los ahora llamados "woke" (el "progre" de toda la vida) a los que consideran sus enemigos naturales ("quienes se creen que son estos tipos, ¿se creerán mejores que nosotros?"), están más que dispuestos a perder sus propios derechos, "yo me quedo tuerto, pero tú te quedas ciego".
Sí, está de moda ser mala gente, ser insolidario, ser ultranacionalista (y recuerdo que el nacionalismo siempre ha significado guerra), ser antifeminista, antigay, antisindicalista, elogiar a los grandes empresarios, admirar a los megalómanos, ir contra las evidencias científicas (vacunas, terraplanismo, conspiranoia, cambio climático; y así sentirse miembro de una tribu, estar protegidos, ser fuertes, insultar ya no solo desde las gradas futbolísticas, exhibir banderas, elogiar dictaduras... En definitiva, sacar lo peor de sí mismos, es una tendencia que se extiende por el mundo. Las democracias occidentales, fachadas justificativas de un sistema demoledor para las sociedades, son ahora vituperadas por las derechas que detentan el poder económico, como siempre. La judicatura, las fuerzas armadas y de seguridad, los grandes tecnoligarcas y empresarios, también los diputados, trabajan para la desinstitucionalización.
Ya da igual tomar un parlamento, ya da igual no justificar con excusas democratizadoras las invasiones y agresiones puramente basadas en intereses económicos (aunque en realidad esto siempre fue así); los "libertarios" modernos (nada que ver con los anarquistas) quieren un mundo en que caigan las pocas barreras puestas al capitalismo salvaje.
Se acabó la "clase media", se paraliza y retrocede en las aspiraciones por un "Estado el bienestar", se impone de nuevo la ley del más fuerte tanto en sociedades como en el mundo. Piketti, por la propia supervivencia de la sociedad en su conjunto, pedía un nuevo "contrato social" la respuesta ha sido: ni de casualidad tenemos el poder y cada vez vamos a apretar más pues, además, una gran parte de esa sociedad nos va a ayudar a conseguirlo.
Ese es el panorama y eso nos lleva al abismo, pero, cuando caigamos todos por él, unos pocos llevarán paracaídas... veremos, eso sí, donde aterrizan.
Mientras, por los mismos principios de egoísmo, maldad inquina y estupidez, que nos llevan a este abismo, en nuestro país, una izquierda que es muy consciente de todo esto, es incapaz de dar respuestas solidarias y de apoyo mutuo, como hubiera sido imprescindible en estas circunstancias. También es cierto que si, en contra de todo pronóstico, de nuevo triunfara una coalición progresista, puede que empezaran a calentar motores los tanques porque más de lo que han hecho en estos últimos años ("el que puede hacer que haga") es lo único que les faltaría.
Esperemos que no lleguemos a tanto.




