Mártires del odio

El pasado 13 de febrero moría tras recibir varios golpes fatales en Lyon el militante fascista de 23 años Quentin Deranque. Decirle militante fascista no es insultar su memoria ni mucho menos puesto que lo era. Y murió cuando acudía encapuchado con otro grupo de al menos 20 de sus camaradas armados con barras metálicas a atacar a un grupo de antifascistas. Puede que esta no sea la versión más popular, pero es lo que sucedió (hay vídeos y varios testimonios de lo sucedido) y esto no quiere decir que nadie justifique la muerte de esta persona. El clima de …

El pasado 13 de febrero moría tras recibir varios golpes fatales en Lyon el militante fascista de 23 años Quentin Deranque.

Decirle militante fascista no es insultar su memoria ni mucho menos puesto que lo era. Y murió cuando acudía encapuchado con otro grupo de al menos 20 de sus camaradas armados con barras metálicas a atacar a un grupo de antifascistas.

Puede que esta no sea la versión más popular, pero es lo que sucedió (hay vídeos y varios testimonios de lo sucedido) y esto no quiere decir que nadie justifique la muerte de esta persona.

El clima de violencia que se ha desatado en Francia en los últimos años tiene detrás a grupos como Audace, heredero del disuelto por orden gubernativa Bastión Social, Gud o Némesis que se sitúan más allá de lo que se conoce como identitarios para moverse en la órbita de lo filonazi.

La paradoja es que, en un clima de fuerte crecimiento de la extrema derecha en toda Europa, se saca de contexto una muerte en una pelea y, como por arte de magia, se sitúa al mismo nivel el odio hecho ideario que supone el fascismo y al antifascismo, calificándolo de ideología.

No, el antifascismo no es una ideología sino un deber cívico. Cualquier persona que aspire a vivir en sociedad debería tener a orgullo decirse antifascista, hasta siendo de derechas.

Por otro lado el mundo de las redes sociales, que sustituye a la información para amplias capas de la población, está especialmente activo en enfangar el escenario y presenta cualquier cosa mínimamente de izquierdas como dispuesta a sembrar violencia. El mundo al revés.

Es similar a lo que sucedió con la muerte del agitador ultraderechista Charlie Kirk en EEUU por un disparo mientras debatía una de sus delirantes teorías sobre el número de asesinos trans involucrados en tiroteos masivos.

Un personaje que, en sus diversas diatribas, se dedicaba al insulto y la descalificación constante, a defender las más atroces masacres de Israel o la libertad de portar armas como la que lo asesinó.

En ambos casos, tanto en el de Kirk como en el de Quentin, se sube a los altares a personajes que distaban mucho de ser un modelo de bondad o ciudadanía ejemplar.

Con la excusa del asesinato de Kirk se inicia la persecución política al colectivo Antifa (que por cierto no existe como tal sino que es un movimiento) y se lanza una cacería mediática contra gente a la que se identifica como “líder” del movimiento hasta el punto de que alguno de sus miembros deciden exiliarse de EEUU.

En un previsible paralelismo en Francia se habla de prohibir los movimientos antifascistas y le ha faltado tiempo a Marine Le Pen para señalar a los movimientos de los barrios que se organizan para prevenir la expansión del odio ultra en su entorno y pedir que se les declare organizaciones terroristas. Gentuza que va a atosigar a mezquitas o que desfila por los barrios con más población racializada como modernos camisas pardas. Lo dicho: el mundo al revés, los que alimentan el odio disfrazados de buenos ciudadanos a los que se ataca.

En estos días se cumplían 61 años del asesinato de Malcolm X que dijo aquello de si no tienes cuidado, los periódicos te harán odiar a los oprimidos y amar a los opresores. Parece que la frase no ha pasado de moda.


Acratorial semanal del programa El Acratador de Radio Topo, radio libre de Zaragoza.

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