Para que ese tropiezo en la piedra ribereña no se repita, deberían blindarse los cauces de ríos, ramblas, arroyos, riachuelos y barrancos para el espécimen corrupto en urbanismos (afortunadamente, no todos, pero sí más de los que debería) y para el avaricioso enladrillador que solo busca beneficios y que, la primera línea de playa o el paseo de la ribera, los ve como paraísos terrenales de futuras urbanizaciones ante lo que hay que hacer lo imposible. Mucho más, si lo imposible es tan sencillo como preparar un maletín al tipo adecuado que desatasque la licencia o dé el visto bueno al pliego de urbanismo, aunque este se pase por el arco del triunfo de la advertencia de inundable.
Porque, independientemente de que el cambio climático −cambio que, todavía, algunos de cuyos nombres quisiera olvidarme lo niegan−, lo tengamos encima y los fenómenos del tipo DANA vayan a más, hay detalles muy importantes que lograrían aminorar los desastres, sobre todo, en vidas, aunque se mantuvieran destrozos materiales.
Los cauces de los cursos de agua, cualquiera que sea su caudal, deberían disponer de un terreno inundable a cada lado, en los terrenos habitados, de suficiente magnitud como para que, cuando vinieran riadas, la extensión del mismo −a ser posible territorio con la vegetación de origen− aminorara crecidas.
Es sencillo, imaginemos un tubo (curso de agua en muchos municipios) con anchura de cinco, diez metros canalizados y encementados. Como ocurre en muchos de los municipios de nuestra geografía (en Aragón, tenemos muchos ejemplos de ello, el Queiles en Tarazona, el Jalón en Calatayud, el Vero por Balbastro…). Tal como discurren por la ciudad, una riada que alcanzase una altura de seis metros en el cauce (saltara las paredes del canal), si el lecho (curso y zonas inundables) tuviera cuatro, seis, diez veces más anchura que la constreñida en esas ocasiones, además de que la velocidad de las aguas en tromba sería menor (con el consiguiente bajón de riesgo), la altura de esas aguas en riada alcanzaría cuatro, seis, diez veces menos. Es obvio.

¿Qué ocurre hoy? Que gran parte de esos primitivos cauces han sido “tomados” por los ciudadanos en forma de casas. Casas o urbanizaciones, aprobadas sus licencias por alcaldes poco escrupulosos, poco sensibles o muy dados a cultivar “lo egipcio”. Casas o urbanizaciones vistas como pingues negocios por empresas sin, o con pocos escrúpulos y cuyo horizonte está, solo, en los beneficios de construcciones que, por el hecho de estar en las riberas, suben comercialmente su valor.
Hay un trabajo en el Diario Vasco realizado por los periodistas José A. González y Sara Belled del que no me resisto a copiar algún párrafo literal. “El nombre de la calle dice mucho de su historia,…, En España hay más de 1.000 calles bajo el nombre de arroyo. Arroyo Real en Mijas (Málaga), o Arroyo Abajo en Cantimpalos (Segovia), Arroyo Cordel en Yuncos (Toledo)… ¿Barrancos? Más de 990. En Letur (Albacete), en Carboneras (Almería), o en Jerez de la Frontera (Cádiz)”.
Por donde antes pasaba agua, ahora es asfalto, cemento y hormigón. “No se ha tenido en cuenta los aspectos hidrológicos en los diseños urbanos”, explica José María Santafé, miembro del Grupo de Agua del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. “La DANA del pasado mes de octubre convirtió muchas calles en Valencia, Castilla-La Mancha y Andalucía en ríos y torrentes embravecidos. Es el temor de casi tres millones de españoles, según el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco). Ellos viven en los 25.000 kilómetros de zonas inundables de la península ibérica”.
¡Tres millones de españoles viviendo en lugares en los que, tarde o temprano, pasará algo parecido a la DANA del río Magro, del barranco del Poyo o Chivas o del de Letur!
A veces con temor, pero otras, con la despreocupación de quien cree que nunca pasará nada o piensa que vive en un paraje privilegiado, céntrico y que esas exageraciones de zonas inundables son cuentos chinos de algunos chalados que insisten en lo del cambio climático.
Son 25.000 kilómetros de ríos y torrentes los inundables en la península ibérica y, muchos de ellos, habitados de manera consciente, inconsciente u obligada por el problema de la vivienda.
No solo eso, muchos kilómetros más en los que conviven infraestructuras, carreteras, vías férreas, puentes, túneles o autopistas con zonas inundables, con parecido riesgo hacia las vidas humanas y que nunca debieron construirse.
En la trágica DANA de los últimos días de octubre en zonas de Valencia, arroyos que pocas veces habríamos escuchado su nombre han pasado a la historia. ¿Por la cantidad de sus muertos o desaparecidos a causa de la magnitud de las precipitaciones?, sí, pero, también, por la estupidez humana cerrando el cauce con casas, carreteras y urbanizaciones.
Río Magro y las ciudades en sus márgenes de Utiel, Requena, Algemesí, L´Alcudia, Carlet, Catadau, Real de Montroi. Desaguando en el Júcar, nacido en la sierra y con 126 kilómetros de recorrido, su caudal medio es de 1 m3/s. En el punto álgido de la riada llevaba 2.200 m3/s.
Barranco del Poyo o de Chiva y sus ciudades bien pegaditas a las aguas canalizadas. Chiva, Catarroja, Alfajar, Torrent y sus múltiples urbanizaciones a su lado, Paiporta, Picanya, para desaguar en la Albufera al cabo de 43 kilómetros de un curso que nacía a los 1.023 metros de altura.
O el Barranco de Letur, con catorce kilómetros de recorrido, desaguando en el Segura, cruzando el precioso pueblo del mismo nombre y cuyas fuentes están a cerca de 900 metros de altura, cien más que la del pueblo.
Según Copérnicus, el área estimada de inundaciones de la DANA valenciana es de 56.000 hectáreas y unas 230.000 las personas afectadas. Un dato de interés focal es que el número de personas que viven en zonas inundables en la comunidad es de 600.000.
Hasta aquí, la historia. A partir de aquí, contaremos los segundos o terceros tropiezos en la misma piedra o en una parecida de cualquier otro barranco, arroyo, río, torrente o rambla. ¿Qué se puede hacer con los cursos del agua que se tapan con cemento para dejar tierras fértiles para el ladrillo? Teniendo en cuenta, además, que la ausencia de porosidad logra que el agua sobrante no drene a la tierra, al acuífero imprescindible.
Si se quisiera la vida humana por encima de todo, los gestores, bien fueran municipales, autonómicos o del poder central, coordinados, plantearían un Plan a medio plazo para devolver las márgenes arrebatadas a los ríos en pueblos y ciudades. Márgenes con vida y árboles. Esto significaría demoler un ingente número de viviendas y urbanizaciones colocadas en zonas inundables. Lógicamente, comenzando con las más problemáticas o peligrosas. Es cuestión de dinero, expropiaciones al personal que tuviera las acreditaciones de propiedad. La mejor opción, no la única, pero sí que la más efectiva.
Por supuesto, demoler carreteras, túneles, vías férreas en la misma situación: estar en territorio inundable. Esto es más sencillo puesto que solo son infraestructuras.
Junto, paralelo o en lugar de, se puede actuar sobre el paisaje urbano para tratar de adaptarlo a la mayor o menor sostenibilidad. Siempre que se pueda y sea sustitutivo de la que es, sin dudar, la mejor solución: demoler y expropiar. Se pueden construir depósitos de drenaje, depósitos fluviales o parques inundables. Muchas veces, paliarán las riadas, sobre todo, cuando estas sean soportables. Es decir, en el caso de esta DANA solo hubiera atemperado algo.
La otra medida es acostumbrarse a vivir con estas catástrofes fiándose de la previsión y de la reconstrucción. Parecido a lo que algunos estados de Norteamérica hacen con los tifones, tornados y huracanes. Pero si se opta por esta solución acomodaticia, que nadie dude de que las muertes seguirán. Quizá menores que las que vemos subir día tras día en esta ocasión, aunque no es seguro puesto que el cambio climático nos dejará fenómenos de este tipo mayores y, cada vez, más frecuentes.
Por supuesto, a partir de ya mismo, prohibir por decreto la construcción nueva de cualquier vivienda o infraestructura en paisaje inundable. Esto es algo irrenunciable y que no debería tener siquiera discusión. Lógicamente, vale, asimismo, para las zonas costeras.
¿Se hará?
Debería, sobre todo si la ciudadanía lo exige, se manifiesta por ello. Pero, camino sobre la tierra y no sobre el aire y soy escéptico. Seguirá una parte de munícipes, los corruptos, los que una posible multa, juicio, incluso algún añito de cárcel lujosa, no les arredra si es a cambio de un maletín de dinero que los ponga en órbita. Seguirán unos cuantos constructores ansiando los terrenos de su vida para meter más ladrillos en los cauces o cemento en autovías o pantanos y, por lo tanto, espabilando sus neuronas para encontrarse con aquellos munícipes corruptos. Lo peor es que se encontrarán y seguirá la muerte para las riberas, para los cauces, para los espacios necesarios que acompañen a los cursos de agua, tanto en los montes como en los municipios. Dentro de un mes, un año, dos, nos habremos olvidado y ¡hasta otra! Lo malo es que esa otra acudirá solícita y temprano.
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