Creo que todos conocemos la fábula de Samaniego: lechera que va con el cántaro lleno pensando en lo que podrá comprar cuando venda el contenido. "Con las monedas mercadas, compraré una docena de pollitos, cuando sean grandes los cambiaré por un lechón. Lo cebaré hasta ser un cerdo enorme y lo trocaré por una ternera. Al poco, me dará mucha leche, tanta que, vendiéndola toda, podré comprarme trajes, una casa y…". Sabemos el final, el tropezón, la caída, el cantarillo roto y los sueños hechos añicos.
El señor Azcón ha tardado en deshojar la margarita que le orientara hacia dónde podía soplar mejor su aire. Un año ha tardado en decidirse hasta que lo ha hecho en versión lechero. "Me haré con la Diputación General y, al cabo de poco tiempo, Feijóo se fijará en mí gestión y me llamará, cuando gane las elecciones, para un ministerio. ¿Cuál elegiré? Desde luego, ni el de Interior, Defensa o Hacienda. Quizá el económico. Ese es uno de los que más catapultan. Con algunos años de ejercicio podré ser uno de los barones más prestigiados, lo suficiente como para dar el salto. Feijóo ya estará caduco y podré optar a la Presidencia del partido. Con ella en la mano, lo siguiente, ser Presidente del Gobierno, será sencillo y…".
Lo cierto es que, encantado por sus propias predicciones, no se fijaba en las piedras del camino: que si un pedrusco de Vox, que si otro del PAR, un tercero con un cartel de Ayuso, un pequeño guijarro con las señas de Sumar… Sería cuestión de tiempo la rotura del cántaro pero mientras el canto alegre se parecía al de una dicharachera cigarra.
Hasta el quiebro del cántaro tendrán que pasar cosas. Primero, la encarnizada lucha entre dos personas muy parecidas: Lambán y Azcón. Los dos de ideas semejantes, los dos con objetivos similares, los dos de vidas paralelas aunque uno de ellos tenga más edad, los dos con amigos idénticos, ambos dos, amigos cordiales. Sin embargo, presidente de la comunidad no podrá ser más que uno. Y las yugulares están para eso, para tirarse a ellas.
Siempre he creído, conforme pasan los años (también los míos) más, que hay que desconfiar (mucho) de aquellos que se postulan, rápida y voluntariamente, sin más peligro ni carga que la de llevar una bandera de trapo, a ser líderes de su entorno. Circunscribiéndonos a la vida política, en su mayor parte esos líderes no serán de fiar. Al final, con la excusa del patriotismo, del sacrificado deber, de mil mandangas inventadas, aquellos que falsean, timan, engañan, trapacean, embelecan, atropellan, por el hecho de estar en la cúspide, cuando lo consigan seguirán trapaceando, engañando, estafando, embaucando solo que en esta ocasión será a la mayoría de ciudadanos. Y con el único objetivo de conservar el poder y aumentar la cartera.
Siempre he creído que lo verdaderos líderes, aquellos de los que te vas a poder fiar, son los que se resisten (y mucho) a dar ese paso. Y que, cuando lo dan, se vuelven a sus quehaceres anteriores una vez cumplida su misión y lo más rápido posible, dejando el paso a otros.
El señor Azcón hace dos días levantó el cantarillo sobre su cabeza y echó a caminar.




