La terrible frase de Francisco, papa de los católicos

El día 12 de septiembre el papa Francisco se reunió con un grupo de sacerdotes jesuitas en Eslovaquia. Según “Vida Nueva”, y “Civiltá Cattolica” (versión digital) el papa, tras ser preguntado por su estado de salud, dijo: “Vivo todavía. Aunque algunos me querrían muerto. Sé que hubo incluso reuniones entre prelados, que pensaban que el Papa estaba más grave de lo que se decía. Preparaban el cónclave. ¡Paciencia! Gracias a Dios, estoy bien”. Según la doctrina de la iglesia católica el papa es el representante de Jesucristo (dios, hijo del padre) en la tierra y el jefe de toda la …

El día 12 de septiembre el papa Francisco se reunió con un grupo de sacerdotes jesuitas en Eslovaquia. Según “Vida Nueva”, y “Civiltá Cattolica” (versión digital) el papa, tras ser preguntado por su estado de salud, dijo: “Vivo todavía. Aunque algunos me querrían muerto. Sé que hubo incluso reuniones entre prelados, que pensaban que el Papa estaba más grave de lo que se decía. Preparaban el cónclave. ¡Paciencia! Gracias a Dios, estoy bien”.

Según la doctrina de la iglesia católica el papa es el representante de Jesucristo (dios, hijo del padre) en la tierra y el jefe de toda la iglesia católica (https://opusdei.org/es-co/article/por-que-el-papa-es-pedro-2/). “El Papa, Obispo de Roma y sucesor de san Pedro, es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal”. (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, cc. 182)”.

No obstante, no fue sino hasta la Reforma Protestante, cuando resultó necesario establecer teológicamente la capacidad del sumo pontífice para definir la doctrina a seguir dentro de la Iglesia católica, ante la constante crítica de los reformados. Dicha definición no llegaría sino hasta el año 1870, con la Constitución dogmática Pastor Aeternus, redactada dentro del Concilio Vaticano I, la que estableció la infalibilidad papal de la siguiente manera: “El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables”. (Constitución Dogmática Pastor Aeternus).

La responsabilidad última e inderogable del Papa encuentra la mejor garantía, por una parte, en su inserción en la Tradición y en la comunión fraterna y, por otra, en la confianza en la asistencia del Espíritu Santo, que gobierna la Iglesia.” (de la Congregación para la doctrina de la fe. “El primado del sucesor de Pedro en el ministerio de la iglesia”). Y sigue: “el discernimiento sobre la congruencia entre la naturaleza del ministerio petrino y las modalidades eventuales de su ejercicio es un discernimiento que ha de realizarse in Ecclesia, o sea, bajo la asistencia del Espíritu Santo y en diálogo fraterno del Romano Pontífice con los demás Obispos, según las exigencias concretas de la Iglesia. Pero, al mismo tiempo, es evidente que sólo el Papa (o el Papa con el Concilio ecuménico) tiene, como Sucesor de Pedro, la autoridad y la competencia para decir la última palabra sobre las modalidades de ejercicio de su propio ministerio pastoral en la Iglesia universal.” Documento firmado por el cardenal Ratzinger (entonces prefecto de la congregación antes de ser el papa Benedicto XVI y por Tarcisio Bertone secretario de la congregación y arzobispo emérito.

A lo largo de la historia la elección del papa sufrió numerosas transformaciones. “Inicialmente, el obispo de Roma era elegido como los demás obispos, es decir, por aclamación asamblearia de los fieles. En tiempo de los primeros cristianos los papas eran elegidos por el clero y el pueblo. Las iglesias cristianas imitaron las prácticas imperantes en las elecciones de los magistrados de las ciudades greco-romanas: el suffragium, o aclamación. Este principio fue afirmado de una manera rotunda a mediados del siglo III por san Cipriano, obispo de Cartago: "Manda Dios... que las ordenaciones episcopales se han de hacer con el consentimiento del pueblo que asiste. Sin embargo, ya en los tiempos de las catacumbas, antes de que el cristianismo fuera oficialmente aceptado por el emperador Constantino, los desacuerdos en la elección provocaron numerosas protestas, tumultos violentos y cismas. Hasta el siglo XII, al menos treinta y un "antipapas" fueron proclamados en pugna con otros ganadores y reconocidos por algunas facciones. En apenas cien años en torno al año 1000, 12 papas fueron expulsados del trono, cinco fueron enviados al exilio y cinco fueron asesinados. Esta debilidad institucional interna de la Iglesia para elegir a su máximo pontífice estuvo en la base de la protección a que fue sometida por los sucesivos emperadores romanos y germánicos, los cuales a menudo arbitraron en las disputas entre candidatos enfrentados o nombraron sin más al Papa de turno… Cuando el clero no se ponía de acuerdo, cada facción recurría a la movilización del pueblo y, en última instancia, era el emperador el que decidía.

…Una vez desaparecido el Imperio Romano en Occidente, durante los largos siglos de la Alta Edad Media, las elecciones papales fuesen motivo de guerras y enfrentamientos entre los poderes que intentaban mantener el control sobre la importante Iglesia Romana: el "juicio divino" no siempre se manifestó de una forma pacífica.

En el 769, se formuló un decreto en el concilio de Letrán, de forma que el clero romano solo podía elegir como papa a un sacerdote o diácono, y prohibió a los laicos tomar parte en la elección. Nicolás I en un Concilio en el 862, se restauró el derecho de sufragio de los nobles romanos. Juan IX, en el 898, confirmó la costumbre de que la consagración del nuevo pontífice tuviera lugar en presencia de los embajadores imperiales. En 963, el emperador Otón I se empeñó en obligar a los romanos bajo juramento a no elegir a ningún papa hasta que no hubiera sido nombrado por el emperador. El Décimo Concilio Ecuménico (Letrán) en 1139 restringió, sin embargo, la elección a los cardenales y, en 1179, otro Concilio de Letrán, bajo Alejandro III creó la norma de que el papa sería escogido por una mayoría de dos tercios de los electores presentes.

La Iglesia sólo pudo conquistar una mayor autonomía e incluso imponer su relativo dominio al emperador mediante la adopción de un sistema electoral más efectivo eliminando a los fieles y al bajo clero de la elección y ponerla en manos de los cardenales. Sin embargo, la elección continuó siendo concebida como una vía para conocer la voluntad de Dios, por lo que requería una inequívoca decisión por unanimidad. Ante los frecuentes desacuerdos, se intentó dar prioridad a la "parte más sensata y mayor", lo cual solía significar que los cardenales-obispos se impusieran sobre los cardenales-sacerdotes o los cardenales-diáconos. Pero la persistencia de los conflictos finalmente decidió al papa Alejandro III, quien había competido también con un antipapa, a establecer, desde 1179, la regla de la mayoría cualificada de dos tercios, aún vigente en la actualidad… Según dijo el papa Pío II sobre su propia elección a mediados del siglo XV: "Lo que se hace por dos tercios del Sacro Colegio (de cardenales) está hecho sin duda por el Espíritu Santo, y no cabe oponerse… Las demoras en la elección papal (que en ocasiones duraban años) indujeron “al papa Celestino V, que no había sido cardenal y era conocido como "el ermitaño octogenario", a imponer, en el siglo XIII, el encierro de los cardenales hasta que tomaran una decisión (el encierro estuvo ya vigente al menos desde el II concilio de Lyon en 1274)”. “Durante años, los cardenales reunidos en el cónclave eran privados de la paga, compartían los aseos, dormían en camastros y veían gradualmente restringida su dieta (la cual, a partir del noveno día, se limitaba a pan, agua y vino). Como puede imaginarse, tenían muchos incentivos para llegar rápidamente a un acuerdo y abandonar el lugar.” (El País 6 de abril de 2005).

En el Concilio de Lyon

Pero desde hace siglos también es creencia católica que la elección del papa en el cónclave (formado por todos los cardenales menores de 80 años y celebrado en la capilla sixtina a puerta cerrada -ese es el significado de cónclave-) se hace bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el último cónclave el cardenal de Viena Christoph Schönborn decía: "El Espíritu Santo ya ha elegido. Nosotros tenemos que rezar para saber quién es". El cónclave comienza con el cántico Veni Creator Spiritus', la súplica para que el Espíritu Santo los ilumine; Él es, por lo tanto, para la Iglesia y para los cardenales el auténtico protagonista en la elección del sucesor.

Si los cardenales de la iglesia católica creen verdaderamente que el papa es el representante de Jesucristo en la tierra, que es su máxima autoridad por designio divino, que su palabra es infalible cuando habla “ex cathedra”, que posee la autoridad y la competencia para decir la última palabra sobre las modalidades de ejercicio de su propio ministerio pastoral y que su elección fue hecha bajo el designio del Espíritu Santo ¿cómo debe calificarse a los cardenales que, según el propio papa, deseaban su muerte a causa de su ejercicio papal? ¿cuál es el pecado que han cometido y cuál debería ser, según su propia doctrina, la penitencia impuesta? ¿han mostrado dolor del pecado y propósito de la enmienda -requisitos imprescindibles para recibir la absolución-? ¿cómo es posible que sigan perteneciendo al cuerpo cardenalicio con sus enormes prerrogativas y privilegios en la iglesia católica? Y si no creen en todo lo anterior ¿por qué son cardenales y cuáles son las motivaciones para que sigan allí?

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