La necesidad de la autocrítica en el antirracismo blanco

Se dice últimamente que la discriminación y los ataques xenófobos y racistas van en aumento, y se alienta a una reacción contundente ante este tipo de discursos. Sin embargo, una compañera a la que agradezco enormemente su apoyo y revisiones a mi trabajo, me recordó lo que Cayetano Fernández, del colectivo Kale Amenge, aseguraba hace unos días en un debate. Y es que esto no es cierto, los ataques racistas ocurren de la misma manera y las personas gitanas los llevan sufriendo en sus pieles desde hace siglos. Lo que sí es evidente es que, en los últimos años, estos …

Se dice últimamente que la discriminación y los ataques xenófobos y racistas van en aumento, y se alienta a una reacción contundente ante este tipo de discursos. Sin embargo, una compañera a la que agradezco enormemente su apoyo y revisiones a mi trabajo, me recordó lo que Cayetano Fernández, del colectivo Kale Amenge, aseguraba hace unos días en un debate. Y es que esto no es cierto, los ataques racistas ocurren de la misma manera y las personas gitanas los llevan sufriendo en sus pieles desde hace siglos. Lo que sí es evidente es que, en los últimos años, estos discursos se hacen de manera abierta, sin ningún tipo de reparo y sin tapujos, y que es ahora cuando algunas nos damos cuenta de esta realidad y tratamos de ponerle freno como podemos.

Pero, ¿estamos haciendo realmente algo, además de señalar?

Las personas blancas nos resistimos a mirarnos al espejo para estudiar de qué manera podemos estar facilitando esta discriminación. El antirracismo es una lucha pendiente desde hace tiempo en las sociedades occidentales y ahora que la derecha más intolerante parece estar ganando terreno, no tenemos excusa.

Como mujer, milito activamente en el movimiento feminista por la parte que me toca. Sin embargo, mi otra realidad es ser blanca y española. Esto me hace enfrentarme a situaciones que me despiertan, que me provocan contradicciones y que sacuden muchas veces mis creencias más arraigadas, en especial desde que comencé a colaborar con personas refugiadas. Como ya dije en un texto anterior, descubrirme siendo privilegiada en algunos aspectos de mis luchas es como recibir una bofetada de hipocresía, sin embargo, trato de hacer que otras personas similares a mí, se replanteen también sus posiciones de poder.

Bajarse del pedestal de privilegios y disentir de una educación que se utiliza para tapar y justificar las brutalidades más devastadoras que nuestra sociedad dirige a otras, no es fácil. Ponernos las gafas del colonialismo y vernos como opresores puede hacernos daño y ante ello hay dos opciones: ponerse a la defensiva y confrontar esa realidad colaborando a camuflarla; o aceptarlo y deconstruirse como sujetos interseccionales con muchos privilegios de raza y clase.

Migración e imperialismo

La primera vez que viví fuera de mi país, lo hice casi convencida de que conseguiría sentirme parte de esa sociedad nueva. Nada más lejos de la realidad, terminé juntándome con personas de un montón de lugares y ninguna de ese en el que estaba. A pesar de que todas éramos extranjeras, nuestras interacciones con la población autóctona eran bien distintas. Estábamos en un país del centro de Europa, de un nivel económico más elevado que el de España y quienes recibían más hostilidad por parte de las nativas, eran las que provenían de otros continentes. Yo, como española, fui siempre considerada turista, mientras que una compañera coreana sufrió en varias ocasiones miradas y comentarios despectivos, y un compañero egipcio me contaba que para verse reconocido tenía que demostrar en todo momento que tenía estudios avanzados y que sabía el idioma a la perfección.

Al volver a mi ciudad natal, empecé a fijarme más en esas diferencias, y fue en esa época cuando aprendí que migrante no es cualquier persona que migra, sino que al hablar de inmigración nos referimos a una representación política concreta. En nuestro país, en estudiante alemán que vino y se quedó, no es, a ojos de la sociedad, un inmigrante. Sin embargo, sí lo son las personas provenientes de países colonizados por occidente: del “Tercer Mundo”, “países pobres”, “en desarrollo”, y todo un sinfín de palabros que nos inventamos para posicionarnos por encima y que están tan normalizados que su verdadero significado pasa inadvertido.

En la actualidad, hay todavía quien niega la colonización por parte de los países del Norte Global hacia los del Sur Global, a pesar de que nos permitamos el lujo de crear fronteras permeables para el mercado y las materias primas, pero impermeables para algunas personas, de expropiar, de financiar guerras y, en suma, de intervenir en otros territorios – y sobre personas de otros territorios de origen – como si tuviéramos total legitimidad. Este poder de actuación en cualquier territorio que ostenta una minoría de países, sigue siendo colonial, además de capitalista, supremacista y racista, y tan solo hace falta abrir el campo de visión para darnos cuenta, así como escuchar a las personas que lo sufren y nos lo gritan, aunque a veces nos resistimos a oír. En relación al imperialismo actual, recomiendo leer a Moha Gerehou, por ejemplo este artículo.

La integración como modelo óptimo de aculturación

Hasta hace unos años, estudiaba e investigaba sobre las relaciones entre personas autóctonas y migrantes basándome en modelos de aculturación. Por aclarar conceptos, la aculturación sería el proceso por el cual una persona o un grupo se enfrenta a una cultura diferente a la suya propia y lidia con esas diferencias.

A grandes rasgos y en la literatura de la psicología social se habla de cuatro modelos de aculturación propuestos por el canadiense John Berry en 1997. En función de si se adoptan o no aspectos de la cultura nueva, y de si se mantienen o no aspectos de la cultura propia, encontraríamos los modelos de asimilación, separación, exclusión o integración.

Desde occidente, solemos pensar que la integración es el modelo óptimo para las personas migrantes, y hacia el que las ONGs e instituciones de acogida trabajan. Sin embargo, aunque en la teoría todo parece muy simple, en la realidad hay muchos agujeros.

Si empezamos a analizarlo todo con otra perspectiva, descubrimos que en toda teoría psicosocial salida de occidente hay una enorme falta de contextualización. Se habla de grupos y culturas como si todos estuvieran al mismo nivel, como si unos grupos no hubiesen masacrado a otros, como si unos grupos no siguiésemos hoy en día teniendo el control sobre otros. Obviando que hay un “primer mundo” que controla a la fuerza al resto, la teoría de la aculturación de Berry, la teoría del prejuicio de Allport (1954), etc. son teorías que, ignorando la jerarquización de los grupos, tan solo la perpetúan, justificando comportamientos intolerables perpetrados por el bando dominante.

Este tipo de intervención civilizatoria que se lleva a cabo desde occidente para con las personas migrantes (“integración social”) y los territorios del Sur Global (“cooperación al desarrollo”), es la que permite que se difundan teorías sin que se pongan en duda por un momento las bases eurocentristas que las conforman.

Cuando viajé fuera de Europa me sorprendí del rechazo que muchas personas tienen a las formas de ayuda occidentales: lo que nosotros creemos que es mejor, no suele serlo, y muchas veces gastamos recursos y energía en dar algo que nadie nos ha pedido.

En el Estado español, volví a ver comportamientos similares por parte de organizaciones que dicen ayudar a migrantes o racializadas, sin que nadie de la misma organización lo sea. En este sentido, Silvia Agüero hace una fuerte crítica a las ONGs que dicen ayudar a la población gitana y en especial a sus programas de “planificación familiar”, que sustituyen en la actualidad a las esterilizaciones realizadas a las gitanas para el control de la natalidad.

Desde nuestra concepción eurocentrista del mundo, no somos conscientes de lo dominante de nuestro funcionamiento, incluso aunque a veces creamos actuar con justicia. Buscar la integración, en este sentido, es basarnos en un modelo que nos permite continuar estando arriba, sin que se note demasiado. Respetamos otras formas de vida, pero solo si ellos y ellas se comportan como lo hacemos aquí. Se trataría, pues, de una especie de deuda: si les permitimos habitar entre nosotros, tienen que ser como nosotros.

Por otro lado, tal y como afirma la indispensable filósofa Judith Butler, las personas migrantes son una parte constitutiva de lo que consideramos Europa. Es decir, no existe una cultura occidental “pura”, homogénea, dado que la sociedad ya incluye a personas diversas, es ya de por sí multicultural. Una identidad colectiva que excluya a las personas migrantes, sería falsa. La contraposición entre personas españolas y personas migrantes se basa en conceptos teóricos que tratan de dar una explicación simplista al racismo, pero que no son aplicables a la realidad.

Los y las “otras”

Hace unos meses, dialogaba con una amiga sobre la actual alarma migratoria en relación al bloqueo de los barcos de rescate, el infierno de la frontera sur, el “no caben todos” y algunos otros argumentos xenófobos que ciertos partidos difunden a pesar de los numerosos datos y hechos que prueban su falsedad. En un momento dado, ambas reflexionamos sobre la manera de diferenciar a las personas que llegan a nuestras costas de nosotras mismas, a pesar de que en nuestro entorno también hay migrantes.

De alguna manera, tanto los medios de comunicación como nosotras mismas, acabamos hablando en términos de “nosotros” (los y las españolas) y “ellos” (los y las migrantes) y de lo que el gobierno debería o no hacer para que “ellos” puedan vivir en nuestro país. Cuando las personas blancas occidentales pensamos así, estamos cayendo en un reduccionismo social que nos nubla la visión.

Fruto de este reduccionismo es la unificación de las personas migrantes en un mismo estereotipo, ignorando las diferencias interseccionales que las definen y robándoles la agencia, la capacidad de acción. Reproducimos la posición de poder en la que nuestros privilegios de raza y nacionalidad nos sitúan. Debido a esto, infantilizamos a las personas migrantes – y muchísimo más si éstas son mujeres –, las descivilizamos conceptualmente y nos atribuimos la posición de salvadores. Esto mismo ocurre también en el movimiento feminista, aunque nos pese, y como consecuencia nos enfrentamos a duras pero legítimas críticas, como el manifiesto del Bloque Crítico de Madrid, publicado en Negrxs tras el 8M, o el genial artículo de la Red de Migración, Género y Desarrollo, en Afroféminas.

El papel de las instituciones y los estados que alimentan este ideario social es fundamental, pero también lo es nuestra implicación como personas blancas occidentales en la deconstrucción de nuestros esquemas mentales. Dice Gayatri Spivak que la producción intelectual occidental es cómplice de los intereses económicos internacionales occidentales, y no le falta razón. El ámbito individual y el estructural se desarrollan recíprocamente perpetuando esta violencia constante hacia quienes no encajan en la imagen de “español de toda la vida”, cualquiera que sea esa imagen. En mi caso, trato de aprender de la mano de personas racializadas que me rodean tanto física como intelectualmente y a las que admiro por abrirme tantísimo los ojos; a la vez que intento contagiar esta visión a personas de mi entorno, para que también lo hagan y trabajemos juntas desde la posición que nos atañe.

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