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El racismo se cura pensando

¿Racista yo? Es muy difícil darse cuenta de que la mayoría de facilidades que tienes en tu vida vienen, no por tu propia meritocracia, sino por tu procedencia; no por lo que haces, sino por lo que eres: una persona blanca, occidental, privilegiada. Y esto duele, porque descubrir que tus logros no se han debido...
| 20 enero, 2019 07.01
El racismo se cura pensando

¿Racista yo?

Es muy difícil darse cuenta de que la mayoría de facilidades que tienes en tu vida vienen, no por tu propia meritocracia, sino por tu procedencia; no por lo que haces, sino por lo que eres: una persona blanca, occidental, privilegiada. Y esto duele, porque descubrir que tus logros no se han debido solo a tu esfuerzo, sino a factores externos a ti que te han impulsado sin que te hayas dado cuenta, puede hacer caer tu autoestima en picado. No eres tan bueno/a como te crees, es solo que no eres parte de un colectivo discriminado por su raza.

Si esto te ha hecho sentirte algo molesta/o, no termina ahí: sobre ese concepto de racismo que tus semejantes se inventaron, hay víctimas. Generaciones y generaciones de personas que han sufrido y sufren las secuelas de una sociedad que cree ser superior, que les invisibiliza, que nunca les ofreció referentes, que les pone piedras en el camino, que les ningunea, agrede, tortura y aniquila. Y tanto tú como yo, no racializadas, somos responsables.

A nivel personal, he tenido muchas contradicciones con respecto a esto desde que tengo memoria, y las sigo teniendo y trabajando como puedo. El tomar conciencia de mi posición con respecto a otres, el comprometerme a una lucha antirracista desde el lado del opresor, me ha hecho tambalearme en varias ocasiones, deviniéndome entre gritarlo y condenarlo públicamente o mantenerme a un lado y no ocupar los espacios que no me corresponden. Tras años de lucha feminista como sujeto desfavorecido, descubrirte siendo privilegiada en otros aspectos es como recibir una bofetada de hipocresía. El racismo, aunque nos pese a las defensoras blancas de los derechos humanos, surgió de nuestros privilegios, y somos nosotras y nosotros quienes lo seguimos perpetuando y manteniendo.

Diferencias en vertical

El racismo, en su explicación más formal desde un punto de vista psicosocial, no deja de ser una forma identitaria de diferenciación entre grupos: endogrupo frente a exogrupo, aunque con ese toque colonialista que nos caracteriza en todo y que implica una relación de poder en la que el endogrupo siempre se considera más avanzado, ejemplar, mejor y se permite el lujo de discriminar, privar, perseguir, sodomizar, esclavizar, asesinar al otro.

La raza es un concepto político y de dominación que se acuñó desde occidente para someter a otros grupos en función de su religión, etnia, lengua, color o cultura. No se trata, ni mucho menos, de un concepto biológico, sino que fue deliberadamente construido para la diferenciación vertical de un grupo de seres humanos frente a otros.

Más allá de esta verticalidad de la diferencia, existe un límite, una línea que separa la “otredad” de la raza en nuestra sociedad, y aquello que escapa a nuestra moral, lo que no existe, lo que no importa, lo que estaría en la llama zona del no-ser de Frantz Fanon. En esta zona sobreviven cuerpos negados y violentados de manera continuada, con total impunidad, porque “no son”, porque no importan a nuestros ojos supremacistas. No hay más que mirar a lo que mal-llamamos Tercer Mundo (¿cuántos hay y en qué orden?) para darnos cuenta de que esta deshumanización es real. El terrorismo yihadista no fue un problema hasta que hubo víctimas blancas, la migración en busca de refugio no nos importó hasta que estas personas comenzaron a mezclarse con las europeas y los conflictos bélicos, la invasión a Palestina o las dictaduras que atentan contra los derechos humanos en países del sur global, siguen sin removernos ni un poquito las entrañas.

Sin embargo, nos seguimos encontrando con argumentos que tratan de infundar el miedo entre algunas de nosotras – y que a veces lo consiguen –, como que los refugiados y migrantes son una invasión o que el Islam se está imponiendo en Europa. Como bien dice Sani Ladan, si ha habido alguna vez una invasión masiva, es la de Europa a África y a Oriente Medio en busca de recursos que expoliar, y si alguna religión ha querido imponerse sobre otras, ha sido, sin duda, la cristiana. Que estos argumentos se cuelen en el imaginario colectivo, alimenta los intereses de ideologías racistas y discriminatorias, que van ligadas también a ideas machistas, homófobas, tránsfobas, aporófobas y, en definitiva, fascistas que tanto auge están teniendo actualmente. Manifestarse en contra de todo eso desde el lado privilegiado, requiere una responsabilidad de revisión personal a conciencia que no es, ni mucho menos, fácil.

El racismo se cura pensando

Que a día de hoy tengamos pensamientos, reacciones y comportamientos racistas es debido a una larga y sangrienta historia mediante la cual nos hemos colocado en un nivel por encima del resto personas, y esas comodidades tienden a pasar desapercibidas, porque no nos interesa minar nuestro Yo ideal. La autocrítica y el autoanálisis son las armas más potentes para configurarnos como los seres igualitarios y respetuosos que queremos ser, pero las que menos solemos utilizar.

Si el racismo que arrastramos se combate desde la deconstrucción de nuestros procesos mentales de creación de estereotipos y prejuicios, los pensamientos racistas no son otra cosa que una muestra de escasa reflexión. Un razonamiento insuficiente de nuestras acciones o pensamientos, nos lleva a comportamientos automáticos de rechazo de quienes son diferentes e inferiores a nosotres, de acuerdo a lo que hemos aprendido culturalmente. En resumen, ser racista implicaría no cuestionarnos, y esto se nos da especialmente bien cuando nos movemos en el mundo afín al activismo social, los derechos humanos y la igualdad, porque hacerlo implicaría detectar aspectos de nosotras mismas que no encajan con nuestra autoimagen.

Desirée Bela-Lobedde nos ofrecía, en uno de sus recientes artículos unos cuantos consejos para no ser racista, basándose en los que daba Srta. Bebi para los que quieren ser aliados feministas, utilizando el símil del racismo y el machismo; sin embargo, parece que, por los tiempos en los que vivimos y el impulso de nuestra lucha feminista, estamos dejando la tarea del antirracismo en un segundo plano. Todas leímos y compartimos el manifiesto Ni Un Paso Atrás, pero no tantas hicimos lo mismo con el manifiesto anti-racista de Poder Migrante. Los hombres con inquietudes que se colocan a nuestro lado, deconstruyen su masculinidad hegemónica a favor de la lucha contra el sistema cisheteropatriarcal; pero solo algunas/os/es nos revisamos los privilegios de raza. ¿Se trata, pues, una cuestión de modas o es que el esfuerzo mental es tal, que sentimos que debemos priorizar una lucha frente a otra?

Si algo puedo hacer desde mi posición y mi identidad blanca no elegidas, es meter caña a quienes, como yo, disfrutan de las ventajas de no pertenecer a la subalternidad. Dejar de utilizar expresiones racistas o hacer llamadas de atención a comentarios o chistes discriminatorios, es crucial, pero no es suficiente excepto si lo único que queremos es dar una imagen falsa y vendernos como algo que no somos. Está muy bien la pedagogía de puertas para fuera, pero si no se complementa con un verdadero trabajo interno, seguiremos siendo parte del problema, colonialistas, eurocentristas, opresoras y además hipócritas. Los clichés antirracistas están muy extendidos, pero solo son clichés, y lo sabemos perfectamente.

Leer a personas de esa zona del no-ser de la que nos hablaba Fanon, visibilizarlas, aprender de ellas, quitarnos las gafas blancas y bajarnos del pedestal, entender otras formas de ser y relacionarse, aceptar sin ningún atisbo de hostilidad cualquier crítica a nuestro racismo y tratar de corregirlo, dejar de excusarnos en un #notallwhitepeople, dar voz y espacio a quienes, por supuesto, van a saber más que nosotras en relación al racismo, creer en la capacidad de agencia y dejar de infantilizar… éstas y mil cosas más deberían estar grabadas a fuego en las mentes de quienes nos proclamamos activistas. El sendero de la reformulación de nuestras identidades es extenuante y no termina, porque nunca estaremos haciendo suficiente.

¿Podemos, entonces, rendirnos? La paradoja de la revisión personal desde una posición que nos favorece, es que contamos con la posibilidad permanente de apartarnos de ella. En cualquier momento podemos dejar de recriminarnos tanto y salir a comprar ropa cosida por indias explotadas, reírnos con un monólogo de Rober Bodegas, trenzarnos el pelo de raíz en verano, emborracharnos con cerveza del “paki” de debajo de casa, “trabajar como un negro” para poder irnos a hacer un voluntariado en una comunidad indígena de Colombia, contratar a una venezolana para que nos limpie la casa porque sale más barata sin contrato, comentar con el vecino lo machista que es el moro de arriba y lo oprimida que tiene que estar su mujer por llevar velo, agarrar fuerte la mano de nuestro hijo cuando tengamos que cruzar por el barrio de inmigrantes, preguntarle a la senegalesa que acabamos de conocer si sabe bailar danza africana, irnos de putas, hacer bromas sobre el acento de los trabajadores del “chino”, preparar el viaje a Israel para ver Eurovisión, rechazar el currículum de la chica marroquí, y un larguísimo etcétera, ¿no?

Al final todo se reduce a la valentía que tengamos de enfrentarnos a nuestros monstruos, a darle la vuelta a lo que hemos aprendido y a hacer uso de nuestro razonamiento cada vez que se utiliza el miedo para generar odio y el odio para que unos pocos ganen votos y vivan como dios.

20 enero, 2019

Autor/Autora

@EvaSeros. Miembro del proyecto Al Cuadrado Solidario (@AlCuadrado15) y Refugeless (@refugeless)


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