Altavoz

La masacre de Orlando y la homofobia en el pasado y el presente. Contra la intransigencia y la uniformidad

"La tragedia de Orlando no puede entenderse como un hecho aislado, es algo más estructural que implica un posicionamiento contra la intransigencia", afirma el autor
| 15 junio, 2016 08.06

Vivimos en un mundo en el que necesitamos catalogar constantemente, etiquetar al otro y reducirlo bajo esquematismos la identidad sexual de los demás bajo una moral convencional y unívoca. Tal y como dice Judith Butler la «unidad del género” es la consecuencia de una práctica reguladora que intenta uniformizar la identidad mediante una heterosexualidad obligatoria. El poder de esta práctica reside en limitar, por medio de un mecanismo de producción excluyente, los significados relativos de «heterosexualidad», «homosexualidad» y «bisexualidad», así como los sitios subversivos de su unión y resignificación.

Conocemos la historia de la homosexualidad desde los clásicos  griegos y los antiguos egipcios. En los comienzos de la república romana las relaciones homosexuales entre hombres libres estaban penadas incluso con la muerte por la ley Scantinia contra aquellos casos en los que un ciudadano ejercía un papel pasivo en la práctica del sexo anal. Por su parte, autores como Tácito y Suetonio pensaban en la homosexualidad como un símbolo de degeneración moral. En este sentido, para evitar cualquier tipo de anacronismo, cabe matizar como a pesar de que la homosexualidad, tal y como se ha dicho tantas veces, es tan antigua como el mismo hombre, el término es problemático e impreciso a la hora de fijarnos en la historia antigua, ya que en aquella época ni siquiera había una palabra traducible ni en latín ni en griego antiguo, que mantuviera el mismo significado que el moderno concepto de homosexualidad. Dando un salto en la historia, con Justiniano se persiguió la sodomía la cual era penada con la castración. Por su parte, en la Corona de Aragón la Inquisición española fue la encargada de juzgar a esta gente y en general las leyes contra la sodomía se mantuvieron en los países europeos y, en general, en las naciones occidentales hasta los siglos XIX y XX. En este último siglo países autoritarios persiguieron la homosexualidad, entre ellos el nazismo liderado por Adolf Hitler, el período dictatorial conocido como «Proceso de Reorganización Nacional» argentino, así como democráticos como Panamá y Nicaragua, en los cuales se mantuvo ilegalizada la homosexualidad hasta el 2007. En la España franquista el nacionalcatolicismo se impuso controlando la moral pública y privada con una ética sexual represiva hacia cualquier desviación sobre el canon establecido de lo masculino o lo femenino. En este contexto la homosexualidad fue perseguida por la llamada Ley de Vagos y Maleantes, incluidos desde 1954. Más tarde en 1970, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social dio el enfoque de «tratar» y «curar» la homosexualidad. Se establecieron dos penales, uno en Badajoz (a donde se enviaban los pasivos) y otro en Huelva (dónde se enviaban los activos), además, en algunas cárceles solía haber zonas reservadas para los detenidos homosexuales. Podemos decir sucintamente que la homofobia, (homo palabra derivada del griego ὁμο- «igual» y fobos, Φόϐος, «pánico», es un rechazo a lo que uno desconoce -o quizá conoce mejor de lo que cree- esto es, miedo a la otredad. De lo que tengo miedo es de tu miedo, decía William Shakespeare y francamente, no hay cosa que más miedo dé que la irracionalidad del temor, porque quien tiene miedo sin peligro -decía el filósofo francés Alain autor de Marte o la verdad de la guerra (1921)- inventa el peligro para justificar su miedo. De ese miedo al otro es del que nacen todos los prejuicios. En efecto, la influencia del miedo en la construcción de los mitos así como los efectos psicológicos y sociales que estas producciones culturales generan en las subjetividades sigue perviviendo en España donde una parte importante de la población mantiene estereotipos y tabúes contra los homosexuales y transexuales. De ahí que Simone de Beauvoir apuntara que la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad, manteniendo como ideal el ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación. La heteronormatividad como régimen social, político y económico que impone el patriarcado y las prácticas sexuales heterosexuales mediante diversos mecanismos médicos, artísticos, educativos, religiosos o jurídicos conduce a la discriminación e inferiorización de toda orientación sexual disidente.

El caso de Orlando en EEUU, uno de los países donde más crímenes se cometen por motivos de homofobia, junto a México y Brasil. A día de hoy desgraciadamente todavía muchas personas viven situaciones violentas y complejas en razón de su orientación sexual o de su identidad de género. Ciertamente han existido importantes avances en el reconocimiento del derecho a la orientación sexual, sin embargo, el acto sexual consensuado entre adultos del mismo sexo sigue siendo ilegal en 79 países, incluyendo Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Irán, Mauritania, Somalia, Sudán del Sur y Yemen en donde se aplica la pena de muerte. La libertad a la orientación sexual es, como derecho humano fundamental, universal e inalienable, un principio de esa ética universal que pretenden ser los Derechos Humanos. El derecho fundamental a expresar la propia sexualidad sin discriminación por motivos de orientación sexual, tiene como base el derecho a la no discriminación. Vivimos en una sociedad en la que no hemos logrado pasar del reconocimiento de la diversidad al de la igualdad, el cual se construye a partir de las diferencias y no de la uniformidad. En todo el mundo personas LGBT crecen obligadas a ocultar o negar quiénes son realmente por miedo a la persecución, discriminación y violencia. No basta con denunciar estas situaciones, hacen falta políticas nacionales de enfrentamiento a la intransigencia, que cuajen en una educación que promueva la tolerancia y la integración, pero también medidas internacionales comprometidas con una ética universal, que cuajen a través de presiones en acuerdos económicos con otros países. Sólo así, desde la concienciación y el activismo acabaremos con la obstaculización en el ejercicio de sufrimiento, la violencia y la discriminación que todos los días viven las víctimas de homofobia y de transfobia. La tragedia de Orlando no puede entenderse como un hecho aislado, es algo más estructural que implica un posicionamiento contra la intransigencia. En caso contrario la inacción supone, en esta coyuntura como en cualquier otra, un silencio cómplice.

15 junio, 2016

Autor/Autora

Profesor asociado de la Universidad de Zaragoza (Deparmaneto de Didáctica de Lengua y literatura y ciencias sociales) y profesor de secundaria.


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