Creo que no hay error posible al calificar de fascismo el nuevo orden que suponen las figuras de Trump, Abascal, Meloni, Milei, Netanyahu y todas las que, con menor estatura, las acompañan.
¿Caminos paralelos, salvando las distancias?
Seis meses después desde la toma de posesión del presidente norteamericano, Donald Trump, su aparente errático camino ha trazado, ya, una dirección que no por ser zigzagueante es menos nítida.
Noventa y dos años antes y en el viejo continente, tuvo lugar elecciones en Alemania. Las ganó Adolf Hitler para, con ayuda de Von Pappen, meses después, convertirse en vicecanciller y, posteriormente, en canciller −y dictador− a principios de 1934. A partir de entonces, el camino, también, fue nítido.
Donald Trump ganó con la ayuda de elementos heterogéneos, pero convergentes todos en las raíces de la extrema derecha norteamericana. Una parte de las grandes fortunas encabezadas por la llamada “Mafia PayPal”, influyentes en Silicon Valley y reaccionarios de nuevo cuño, entre ellos, Peter Thiel, Elon Musk, David Sacks o Reid Hoffman. Tuvo el apoyo de una amplia coalición de neonazis y supremacistas blancos englobando a organizaciones tan diversas como Ku Klux Klan, Old Glory Club, nazis de Camisas Rojas, clubes conspiranoicos o la mayoría de una América profunda, conservadora y blanca. Gran parte del ejército y del potente lobby americano de armamento, también, lo apoyaron sin fisuras, así como iglesias protestantes, caldo de cultivo y viveros de la extrema derecha. Curiosamente, en su electorado había gran aparte del voto latino. La razón sociológica: el miedo a mayores tasas de inmigración que compitieran con sus puestos de trabajo.
A Hitler, en 1932, lo apoyaron las grandes empresas alemanas, Kodak, Bayer, Nestlé, BMW, Krupp…, es decir, las grandes fortunas junto a la aristocracia terrateniente. Otro empuje vino del ejército, con ansias de desquite. Increíblemente, una buena parte de sus votos vinieron de las clases trabajadoras. Hitler supo, astutamente, eliminar en su lenguaje los términos de luchas de clases y abusar de falsedades en el lenguaje, comenzando por el propio nombre del partido. La iglesia católica se volcó, incondicionalmente, al ascenso nazi y, generacionalmente, los votantes muy jóvenes vieron en él a un nuevo modelo seductor al son de marchas, desfiles, uniformes y canciones.
Estados Unidos, Trump en este caso como dictador en ciernes, necesita para poder continuar en su camino totalitario, mucho más con los escándalos tipo Epstein y sus presuntos delitos sexuales, una política agresiva, económica y geoestratégica. Lo hace, amenazando a la economía del mundo entero con su política arancelaria y sancionadora. Casi todo para frenar a China, el imperio que desplazará a Estados Unidos. Militarmente, engorda y satisface los beneficios de las empresas militares norteamericanas, se prepara para la guerra que oculta en las escasas células grises que tiene entre la sesera y la gorra, con el escenario del Pacífico y más en concreto, el mar de la China, dentro de sus ensueños expansionistas, aspira a conquistas groenlandesas o anexiones como Canadá y México. Su gendarme en Oriente Medio, el sionismo genocida y nazi de Netanyahu e Israel, cuida de que las reservas de crudo y gas de la zona estén seguras.
Adolf Hitler, como dictador del tercer Reich, fabricó en pocos años −tan solo en cinco− un ejército descomunal de cara al exterior, unas fuerzas represivas −Gestapo− en el frente interior, se preparó para la guerra inminente y tejió relaciones con potencias que le servirían de escuderos: la Italia fascista, el Japón de Tojo, con fascismos croatas, griegos, ucranianos o, posteriormente, una vez que ayudó a ganar la guerra al golpista Franco, España. Los sueños expansionistas se volvieron hacia el Sur y el Oriente: los Sudetes, el Anschluss con Austria y Polonia, la gran Alemania, en suma.
Donald Trump, Estados Unidos, necesita un chivo expiatorio indefenso y cómodo al que cargar con las culpas y errores. Lo encuentra, sobre todo, en los inmigrantes. Dirige la furia de los que le han votado hacia esos millones de afroamericanos, latinos o inmigrantes árabes y/o musulmanes. Plantea deportaciones masivas, levanta muros o construye cárceles de deportación como los “Alligator Camp”, auténticos campos de concentración, posible preludio de los de exterminio.
Hitler, asimismo, necesitó chivos expiatorios. Los encontró en los judíos. Por una parte, una buena parte de los ricos se salvarán expatriándose, aunque dejarán sus riquezas de las que se aprovechará. El resto, poco a poco, junto a los comunistas y a los que se atrevieron a mirar al lado correcto de la Historia, fueron a campos de concentración que serán, desde el mismo comienzo de la guerra mundial, de holocausto y exterminio.
Trump se apoya en el besamanos de las democracias llamadas occidentales para medrar. El verdadero enemigo de Europa es, precisamente, Estados Unidos, pero la UE, encarnada en Bruselas y en una casta dirigente que ha abandonado hace tiempo las prácticas democráticas y persiguen, casi en exclusiva, la riqueza y las prácticas corruptas, sigue besando el trasero de manera humillante, ridícula e ignominiosa a los Estados Unidos en la persona de Trump. Acepta todo sobre los aranceles, todo sobre una OTAN caduca que sirve, solo, para azuzar la guerra en Ucrania entre ellos mismos y la Federación rusa, ser cliente preferencial y estúpido de las empresas americanas de armamento y reírle las gracias el bufón que hace de secretario general.
Adolf Hitler se apoyó, en los años del rearme, en una Europa temerosa y reaccionaria que temía mucho más al comunismo que al peligro real del fascismo, a una Europa liderada por Inglaterra, siempre con la mirada puesta en las riquezas a rapiñar y con una realeza y organizaciones fascistas inter conexionadas y fuertes, y la Francia socialista, muy lejana de las premisas revolucionarias de finales del XVIII. Gracias a los golpecitos cariñosos, dados en la espalda de Hitler, por Chamberlain o Blum, análogos a los que los actuales Von der Leyen, Metz, Macron o Starmer dan a Netanyahu o al mismo Trump, Hitler consiguió lo que necesitaba: un poco de tiempo que pudiera convertirlo en el amo del mundo.
Hitler tardó poco más de cinco años, desde que se convirtió en Führer, en iniciar esa guerra mundial que lleva preparada en la mochila. Trump, ojalá nunca inicie la tercera guerra mundial.
La libertad naufraga
Calificar de fascista a alguien cuesta, sobre todo si quien lo hace lleva sesenta años luchando, primero, contra el franquismo y, después, con una democracia de baja gama −ciertamente mejor que la dictadura− que nos dejó una transición inacabada. Disfraz al que se le van cayendo velos hasta desnudar, de nuevo, los descarnados huesos de un nuevo fascismo, nunca enterrado, que intenta emerger embutiendo su blanqueada patita de cordero por debajo de la puerta de los votantes.
Porque calificar como fascismo al nuevo orden que suponen las figuras de Trump, Abascal, Meloni, Milei, Netanyahu y todas las que, con menor estatura las acompañan, es algo muy serio.
Pero creo que no hay error posible. Hace años, los eufemismos del lenguaje al calificar los medios a personajes como Berlusconi, de campechano populista en vez de filonazi, dieron pie a que, soterradamente, volvieran, poco a poco, los pardos días de las sombras.
No solo el tema del lenguaje está en las causas del fascismo de alrededor, por supuesto. Abandonar Europa el bienestar social como objetivo y lanzarse a los brazos del neoliberalismo más feroz, a partir de la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética, han erosionado, año tras año, la vacuna ideológica, la memoria que deberíamos mantener contra esa lacra que fue el fascismo. Las renuncias a lo público para entrar en los dominios de lo privado de manera escandalosa, han contribuido a ello y mucho. En Europa, también en España, la creciente falta de calidad de la educación pública, el deterioro de la sanidad universal, el sesgo obsceno de una Justicia puesta al servicio de los poderosos o la falta de unos medios informativos públicos, eficientes y certeros, han conducido, poco a poco, a olvidar esa realidad que fue, y es, el paso de la oca y el brazo en alto, por parte de un importante segmento de la población.
Ayudado, no cabe duda, por la desmesura en las ganancias de los más poderosos, la indecente brecha de la desigualdad o el cáncer de la corrupción institucionalizada. Junto todo, han llevado a los y las ciudadanas a una crisis democrática, a una pérdida de confianza en las instituciones, a un descrédito de las patas democráticas (partidos, justicia) y a un aumento inusitado de los grupos xenófobos y fascistas. Estas organizaciones, con cantos de sirenas y mensajes fraudulentos, amén de dinero facilitado por quienes desean uniformizar el pensamiento, se están llevando al redil de sus guaridas a una parte de las clases trabajadoras, a mucha juventud del primer voto, y a un sector de las clases medias que, en base al lenguaje neoliberal, se creen lejanos a los trabajadores. Evidentemente, con la anuencia y el relativo apoyo de una buena parte de los medios informativos, tanto públicos como privados que, de tarde en tarde, para tranquilizar conciencias, fabrican lágrimas de cocodrilo ante los escándalos, pero no los combaten con la verdad.
En estos momentos, el mundo está polarizado como nunca. Con una desigualdad escandalosa −da vergüenza comparar los patrimonios de algunos supermillonarios con patrimonios equivalentes a los PIB de países enteros−, el mundo occidental, Europa, sobre todo, hace años que ha perdido el norte y su autoridad moral. Hoy, el viejo continente sirve de dominguillo, bufón y siervo, al imperio norteamericano en declive desde hace años. Compañero prostituido de cama del que se desprenderá el presumible dictador americano cuando le interese.
Que la Libertad naufraga en el Occidente es un hecho. Como único contrapunto geoestratégico está el mundo multilateral de los BRICS. Enfrente, cada vez más agresivo, un país como Estados Unidos que sabe que está dejando de ser imperio hegemónico y desea volver a serlo de la mano, esta vez, de un megalómano esperpéntico con ínfulas de dictador absoluto. Dictador-presidente que hará lo imposible, con el poderío militar si es necesario, para mantener su autocracia y evitar el ascenso de otro nuevo, como siempre se ha dado en la Historia. Nuevo ente dominador que no será otro más que China y, en el mejor de los casos para el ser humano, el mundo multilateral.
Es posible que muera matando. Eso, en las manos de un tipo como Trump, es fácil y peligroso. Y, hoy, una conflagración entre potencias como Estados Unidos, China o Rusia, significaría una nueva guerra mundial, esta vez nuclear.
Mientras, Europa, salvando las distancias estratégicas de tiempo y espacio, está sirviendo de almohadilla cómoda para quien es el verdadero enemigo del planeta y de la Libertad, el estado pre dictatorial de los Estados Unidos de América. No es eso todo, al tiempo se enemista, por su condición de bufón servil de Trump, con una buena parte del resto del planeta y con el bloque que puede ser nuevo eje del mundo: los BRICS.
España, bien haría en rectificar su rumbo. Preparar su inclusión en el bloque de los BRICS y abandonar una OTAN, sinónimo de opresión y servilismo, guardia de corps de los Estados Unidos −ahora sin intención de pagar un dólar, sino de cobrar miles de millones de ellos en especie (armamento vendido por los USA) − y punta de lanza en los conflictos desatados en el mundo. Ahora, hay tiempo.

