La Justicia avergüenza en nuestro país

El reciente aval de la Justicia al vergonzante mural electoral de VOX que señala a los menas inmigrantes como responsables del aumento de delitos es otra gota que se suma al vaso de aberraciones y rubrica, a esta misma Justicia, como propietaria de una buena parte del déficit democrático del país. Esta actitud de la Audiencia Provincial de Madrid se suma a incontables decisiones de la llamada Justicia en sus diversos y múltiples brazos. Desde judicializar la política, reprimir libertades de expresión, sesgar ideológicamente muchas decisiones o aferrarse al cargo con uñas y dientes evitando dimitir para obligar la renovación …

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Carlos Tundidor

El reciente aval de la Justicia al vergonzante mural electoral de VOX que señala a los menas inmigrantes como responsables del aumento de delitos es otra gota que se suma al vaso de aberraciones y rubrica, a esta misma Justicia, como propietaria de una buena parte del déficit democrático del país.

Esta actitud de la Audiencia Provincial de Madrid se suma a incontables decisiones de la llamada Justicia en sus diversos y múltiples brazos. Desde judicializar la política, reprimir libertades de expresión, sesgar ideológicamente muchas decisiones o aferrarse al cargo con uñas y dientes evitando dimitir para obligar la renovación de los cargos.

La transición democrática se hizo blindando el aparato judicial franquista, elitista y juramentado con lo más oscuro y sangriento de la dictadura. Jueces con las manos teñidas de sangre siguieron carrera y llegaron al Supremo. De esos polvos, los actuales lodos.

Nuestra Justicia tiene una pobreza democrática brutal: es elitista porque ser juez es caro, carísimo; es ideológica porque una buena parte de esos cinco mil y pico jueces proceden de la clase económica más poderosa y de la ideológica más retrógrada, es gremialista, cuando interesa, hasta unos límites tremendos y es lenta hasta exasperar por su propia limitación de recursos materiales y humanos.

Pero la Justicia no es un ente abstracto. Solo lo es para poetas y soñadores. La Justicia es la suma de los jueces y de las leyes. Las leyes, muchas de ellas, basculan claramente hacia la defensa de privilegios (prescripciones por tiempos o formas, lentitud, justicia cara y cada vez más alejada de la gratuidad, excesivas plataformas judiciales que solo benefician a quienes tienen mucho dinero para gastarlo en recursos, en bufetes glamurosos…) y los jueces tienen nombres y apellidos. Nombres, apellidos e historial ideológico que imprimen carácter, tanto, al parecer, como ciertos sacramentos de la religión cristiana.

¿Soluciones? Difíciles. Probablemente, la justicia con minúscula, que es la actual, se irá deslizando en este país hacia la desnaturalización y hacia su instrumentación completa por parte de los poderes económicos que instrumentalizan, a su vez y a una velocidad geométrica, a buena parte de aquellos poderes políticos que, teóricamente, gobiernan.

Democratizar el sector, dar facilidades concretas para que las clases sociales menos pudientes y, curiosamente, más numerosas, tengan la misma correspondencia en el número de jueces; establecer una real gratuidad de la Justicia para todos, esta sí, con mayúscula; añadir los medios materiales y humanos necesarios para desterrar la lentitud; regular un sistema democrático, ajeno a la clase judicial y política, que controle de una manera eficaz y severa la prevaricación y a los jueces, apartando a las manzanas podridas, que no a la Justicia, de manera drástica, son unas cuantas medidas que contribuirían a que la Justicia se liberara de la porquería que la envuelve hoy.

Hoy por hoy, causa sonrojo, vergüenza, bochorno, escándalo al ciudadano normal una buena parte de las actuaciones judiciales de todo tipo. Esas que producen la corrosión, cada vez mayor y con más profundidad, como el barro marino, pura salmuera, de un sistema que se llama democrático pero que, de profundidad democrática, tiene muy poco.

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